La Jornada: Nosotros ya no somos los mismos

La Jornada: Nosotros ya no somos los mismos

Tomado de https://www.jornada.com.mx/

▲ La jornada electoral de la semana pasada, en la que demoraron los resultados del conteo rápido, es la que mayor participación ha tenido en la historia.Foto Roberto García Ortiz

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icen los que me conocen y con quienes trato, que no suelo ser precisamente un sujeto alegre y jacarandoso, optimista y hacedor de buenos augurios. Que mis predicciones tienden a lo oscuro y, en el mejor de los casos, a lo dubitativo. Yo lo dudo. Simplemente veo la realidad tal como es y no como me complacería que ésta fuera. Mi astigmatismo y miopía mentales están bajo control y las dioptrías han dejado de ser para mi visión, como la espada de Damocles (presidente municipal de Agujita, Coahuila, de los años 40), una amenaza constante.

El domingo 2, después de emitir mi voto, regresé a casa, preparé mi martini, prendí la televisión y vi durante varias horas las mismas imágenes con los juicios de comentaristas diversos, pero igual de sosos e ignorantes, proporcionando, eso sí, unánime desinformación a conveniencia, escrita por sus respectivos ghost writers, destacados intelectuales que ganan fortunas ideando y redactando a destajo las llamadas fake news, las noticias falsas del día, con las que, con creces, compensan los sobrantes de los libros de su autoría que no han logrado salir de los anaqueles de las librerías, ni siquiera ante la amenaza de un incendio.

La noche y la madrugada del 2 y 3 de junio me atacó un susidio galopante. Las informaciones a esas horas eran generalmente favorables a Claudia, pero no lo suficiente. Tenía miedo de una votación diferenciada que produjera unas cámaras legislativas adversas y la recuperación de los virreyes estatales jugándose el todo por todo. Temía mucho por Clara Brugada, por su mal concebida propaganda, que nunca pudo mostrar la dimensión humana, social y política de las Utopías y que no fue capaz de presentar su imagen tal como ella es: gozosa en su trato con la gente, singularmente sencilla, honorable, capaz e innegablemente integrada a su territorio pero… la Ciudad de México no es Iztapalapa. Un hecho innegable es que en múltiples colonias jamás habían escuchado el nombre de Clara ni menos visto su efigie. No me extrañaría que miles de personas que habitan al poniente de nuestra capital, cuando oyen el nombre de esta alcaldía, la ubiquen como un complejo turístico que colinda con Cancún (Iztapalapa, según el censo 2020, es una de las alcaldías más extensas, sólo Tlalpan, la más poblada de todas, tiene 300 kilómetros cuadrados, Iztapalapa sobrepasa los 116).

Ya más adelante les expondré mis muy modestas conjeturas, suposiciones o hipótesis, de por qué la coalición creada en torno de la 4T logró los innúmeros triunfos ya reconocidos en los lugares más insospechados y por enormes diferencias de sufragios. También me había propuesto intentar un recuento de las barbaridades y estropicios que con cargo a su cuenta nos ha venido propinando la titular de la recién finada candidatura presidencial, la señora X. Sin embargo, cuando había reunido los primeros incidentes dignos de comento, me quedó claro que ahora era yo quien iba por el fácil rumbo a la cuchufleta, la chacota que, asombran y divierten pero, al tiempo, diluyen o tergiversan el fondo y las implicaciones del asunto originario. Recapacité y, aunque más trabajo me represente, analicemos las ideas expuestas por la señora X durante su vida pública y, por supuesto, los comportamientos por ella exhibidos durante su ejercicio legislativo y los desbocados e irracionales arranques que caracterizaron su desaforada campaña proselitista.

Ya veremos lo que ustedes opinan, pero hoy, ya más sereno, me pregunto: ¿no habrá sido la señora X un peligro para México? Pensemos al respecto.

Dice el Larousse: Apapachar: mimar, acariciar con exceso a alguien. El Diccionario Inverso Ilustrado: Apapachar: chiquear. María Moliner: Abrazar, dar palmaditas cariñosas. Yo agregué: son muestras muchas veces físicas de amor, ternura, interés, como las caricias y las palabras querendonas. Eso le respondí a mi nieto Diego cuando me interrogó al respecto de ¿qué eran exactamente los apapachos? Ahora, me gustaría consultarles a ustedes, ¿cómo explicarle que, cuando los hermosos apapachos son producto de la corrupción y la impudicia por más generosos que sean, se llaman prostitución?

@ortiztejeda

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