La invasión de los imbéciles

En 2015, Umberto Eco se quejó de que “las redes sociales le dan voz a legiones de idiotas que antes sólo hablaban en el bar después de un vaso de vino y no dañaban a la comunidad. Eran silenciados rápidamente, mientras...

@dduplinski

En 2015, Umberto Eco se quejó de que “las redes sociales le dan voz a legiones de idiotas que antes sólo hablaban en el bar después de un vaso de vino y no dañaban a la comunidad. Eran silenciados rápidamente, mientras que ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Que uno de los autores que más se dedicó a estudiar la cultura y la comunicación desde perspectivas alejadas del academicismo y el elitismo, en libros como Obra abierta, Apocalípticos e integrados y Lector in fabula, donde deconstruye la concepción clásica de la narración, haya tenido una declaración que, en principio, va en contra de lo que sostuvo durante toda su carrera, es un síntoma preocupante. Pero la reacción a sus palabras no hizo más que confirmarlas, cuando de un momento a otro miles de personas en internet se dedicaron a atacarlo, calificándolo de elitista, reaccionario y defensor de una concepción antidemocrática del conocimiento.

Si el “linchamiento virtual” de Eco no trascendió más allá de unos días o unas semanas fue por el mismo ritmo que impone estas tendencias en las redes, y por su carácter de intelectual: aunque convertido en un best-seller por su novela El nombre de la rosa, Eco nunca fue una figura demasiado mediática, y siempre se dedicó a hablar de los temas que abordó en sus ensayos y sus otras novelas, más interesantes para un público especializado que para el público general. No fue demasiado difícil reemplazarlo por un nuevo escándalo o una figura más reconocible. La anécdota, sin embargo, quedó como triste demostración de las formas de polemizar en la actualidad. Podríamos decir que así como la modernidad mató a Dios, la posmodernidad hizo otro tanto con la polémica. Antes, ésta implicaba una confrontación de diferentes puntos de vista sobre un problema o una cuestión, para cuya demostración se desarrollaban argumentos y demostraciones lógicas, así como instrumentos retóricos destinados a convencer al auditorio o al adversario. La condición de posibilidad de estos intercambios era una obviedad que hoy resultaría redundante sino estuviera siendo cada vez más dejada de lado: quienes participaban en la polémica partían de un consenso. La imposibilidad o la inexistencia de ese consenso suprime la posibilidad de polemizar y da lugar, sin más, a la guerra, donde ya no se trata de refutar al otro sino de aniquilarlo.

La degradación del término es tal que en la cultura del espectáculo, lo polémico se convirtió en sinónimo de provocador o políticamente incorrecto. Un periodista hace una “declaración polémica”; un juez dicta un “fallo polémico”; un actor puede tener “opiniones polémicas”; un futbolista hace una “jugada polémica”; y un escritor puede escribir una “novela polémica” (como si el valor estético de una obra literaria fuera correlativo con su valor moral). Por su parte, lo que hasta hace no mucho se conocía como polémica le dio su lugar a una situación que se parece más a un diálogo de sordos que a un debate. Las maravillas de la posmodernidad, en la que no existen valores absolutos, la Verdad  y las ideologías son conceptos anticuados y superados y ya ni siquiera se habla de interpretaciones sino de relatos, le permitieron a la polémica despojarse de toda la ropavejería discursiva y argumentativa. Ya no hace falta demostrar nada, dado que toda opinión es igualmente válida y respetable (argumento que ya Sartre se encargó de refutar en Reflexiones sobre la cuestión judía, obra de 1946, pero que las legiones de opinólogos de internet resucitan a cada rato), por lo que la demostración sale sobrando. En vez de eso, resulta más cómodo y más fácil atacar al otro, insultarlo, descalificarlo, desautorizarlo recurriendo a cuestiones externas a la discusión, por la sencilla razón de que los puntos de vista y las tomas de posición ya no se sostienen sobre una búsqueda de conocimiento o de verificación de estos en la realidad, sino en la comodidad del grupo. Un ejemplo son los comentarios en páginas de periódicos o sitios periodísticos, en los que, según la línea editorial del medio, los comentarios serán a favor o en contra del contenido de la nota, en ambos casos con una animosidad que recuerda mucho a los Dos Minutos de Odio de Orwell. Curiosamente, este mismo relativismo es usado como excusa para evitar o neutralizar cualquier atisbo de confrontación o disenso, incluso cuando se trate de un disenso argumentado.

Es difícil establecer si este panorama, que anula la posibilidad de interactuar con puntos de vista diferentes al propio (aun cuando se trata un punto de vista que nos resulta repulsivo), tiene su origen o su consecuencia en las redes sociales; lo que sí es innegable es el peligro que representa el empobrecimiento de la capacidad discursiva y analítica en todas las esferas de la sociedad, desde la relación con terceros hasta la política. Términos como “zurdo”, “progre”, “chairo”, “pejezombie”, “comunista”, “feminazi”, “prianista”, “conservador”, “facho” o “gorila” circulan cada vez más, vaciándose de contenido y cuyo único propósito es, nuevamente, insultar, descalificar, anular al Otro como interlocutor, negarle la autoridad para discutir, un punto en el que los guerreros de la justicia social y los simpatizantes de la nueva derecha radical tienen más en común de lo que les gusta reconocer. Claro que a esto también contribuyen los partidos políticos y muy especialmente los medios de comunicación, hace mucho convertidos en mercachifles de la información, que recurren sin sonrojarse al click-bait y las fake news, contraviniendo las normas más elementales de ética periodística. Ese periodismo basura, que invoca la libertad de prensa con la misma hipocresía que los defensores de la “libertad de expresión” recurren a ella para eludir la confrontación y validar su discurso de odio, agrava el problema a proporciones gigantescas, y aunque se trata de una práctica que lleva décadas, en los tiempos de la posverdad se vuelven todavía más peligrosos.

Es un panorama desolador, y poco podemos hacer como individuos frente al avance de la invasión de los imbéciles. Con todo, esto no debe ser una excusa para sumirse en la apatía, la resignación o la misantropía a la Harry Haller. Incluso en estos tiempos donde la supuesta democratización del saber devino en el imperio del relato, y en el que cualquiera con acceso a internet se abre un espacio de opinión, el uso de la palabra sigue siendo un privilegio que hay que saber defender y aprovechar. Recuerdo la recomendación que le hace Osvaldo Soriano a Osvaldo Bayer, estando los dos exiliados en Europa, cuando la dictadura en Argentina estaba lejos de terminar: “No dejes de escribir por nada del mundo, acordate que es todo lo que podemos hacer en este momento, dejar papeles entintados sobre ciertas cosas que sentimos o vemos. Yo no creo que un escritor sea muy importante en estos tiempos, pero tampoco hay que restarle el valor que puede tener cualquier testimonio para el futuro”. Esa es, también, nuestra esperanza.

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