La hoguera perpetua

Solo alguien que no tiene ni siquiera el consuelo de la esperanza se revuelve y destruye el primer objeto que se encuentra, ya sea mobiliario urbano, motocicleta del vecino, escaparate del pequeño comercio o incluso la vida del agente policial. Cabe preguntarse si haría lo mismo si se tratase de su hogar familiar, por modesto que fuese, o de la cueva insalubre que comparte con colegas tan desclasados como él en la que atesoran sus sueños de anarquía y libertad.

El problema aquí y hoy no son los límites de la libertad de expresión. El problema no es la letra de unas canciones detestables que incitan a la violencia y a la revolución armada contra una sociedad decadente, injusta y neoliberal. Este no es el problema. Esto es simplemente el síntoma de una grave enfermedad, que se ha convertido en crónica, del sistema que los ha traído al mundo. Es una pandemia de injusticia que se extiende a lo largo de las décadas y de los territorios.

La crisis de 2008 golpeó en plena línea de flotación a la franja más joven de población. Decía un filósofo de barrio de aquel entonces: Aquí, de los cuarenta para abajo, todos al carajo.

La inaceptable violencia juvenil que asola estos días varias ciudades del país ha dejado en segundo plano la pandemia del covid-19. En definitiva, esta violencia juvenil es otra pandemia a nivel nacional. No sabemos todavía, y quizá no le sepamos nunca, qué o quién es el responsable del covid-19. Pero de lo que está pasando ahora, de esa insensata revuelta callejera que arrasa con todo lo que encuentra y se maneja al margen de los valores sociales ampliamente compartidos, sí tiene un responsable conocido: somos todos nosotros. Hay, sin lugar a dudas, un fracaso social y político que se concreta en la falta de integración de los jóvenes, del que la sociedad española entera es absolutamente responsable. Están o se sienten tan al margen como los inmigrantes ilegales. Aunque, como se dice con frecuencia, esos jóvenes sean “hijos de papá”.

En mi generación, la del 68 más o menos, la línea de flotación estaba mucho más alta. No se llamaba esperanza, sino ilusión y confianza. Estábamos convencidos de ser capaces de liquidar un poder tiránico. Estábamos convencidos de poder formar una democracia homologable que garantizaría derechos y libertades, que alcanzaríamos una educación universal, gratuita y de calidad que diese al traste definitivamente con el medievalismo endémico que aún permanecía inscrito en los genes patrios. Y estábamos convencidos de que una cierta fluidez y bonanza económica aparecería para acabar con la España perpetuamente rota de ricos y pobres.

No ha sido así, ni mucho menos. Se ha progresado mucho, pero también es cierto que el progreso ha creado mucha mayor desigualdad entre los distintos sectores sociales. Y lo que ha creado aún mayor desigualdad ha sido la quiebra de ese cierto progreso del que nuestros políticos se enorgullecen tanto.

En 2008 la crisis económica quiebra definitivamente la relativa paz social de los años anteriores. Pero en 2020 la pandemia viene a quebrar la precaria vía de recuperación que, a base de recortar derechos y salarios, parecía haberse instaurado iniciando así un proceso de recuperación que no se ha cumplido.

Y ahora, a los jóvenes que en 2008 tenían 20 años y que habían encontrado soluciones precarias a su precariedad con sus contratos basura, se les han venido a sumar los que en 2021 tienen 20 años. Ha crecido exponencialmente la tropa de desheredados sin esperanza. Ya decían los clásicos que la esperanza que quedó en la caja (vasija o tinaja) de Pandora no era un bien porque la esperanza, por sí sola, no es capaz de sacarnos de la desesperación: el 45% de los jóvenes españoles está en paro. ¿Cómo se les saca de ese agujero? ¿Cómo se erradica el estado de precariedad en el que viven millones de españoles como ejemplifica el caso de nuestra querida Cañada Real a las puertas de Madrid?

Con todo, no es esto lo malo. Lo peor es el otro platillo de la balanza. ¿Cómo se explica a esa juventud sin esperanza la vertiginosa espiral de corrupción, impunidad, soberbia y machismo que campa por el país entre las clases dominantes (políticos, empresarios, iglesia) sin ley que les eche el lazo ni prisión que nos defienda? La ejemplaridad de las clases política y empresarial, hasta hoy, y me temo que por siempre, ha sido eso, el espejo en el que la revolución callejera se mira a todas horas para saber si ha llegado el momento de lanzar adoquines o, directamente, matar policías. Cualquier cosa vale para demostrar un estado de desesperanza que parece no tener otra salida que la violencia, violencia en su más amplio sentido, pues el famoso botellón no deja de ser otra manifestación de la violencia en estado latente. Algo estamos haciendo mal.

Es posible, bueno es seguro, que fuerzas interesadas en la desestabilización permanente estén azuzando a sus propias tropas semi profesionales de la guerrilla a mantener el estado de revuelta permanente, de inquietud social, de quiebra de confianza en los valores democráticos. Y es seguro que esas mismas fuerzas alientan a los muy jóvenes a sumarse a su empeño de destrucción y terror. Pero cuando un joven de 17 años, sin afiliación ni antecedente revolucionario ninguno confiesa a la policía que él es un anarquista, que lo que aspira es a demoler una sociedad corrupta e injusta, está señalando, aunque él no lo sepa o solo lo intuya, como decía líneas más arriba, a los responsables de su desesperanza: todos nosotros. Algo seguimos haciendo mal.

 Hace unos días, un ex político profesor universitario lanzó el mensaje de que, vista la situación crítica de la juventud, habría que crear un plan Marshall para los jóvenes. No está mal la idea, lo que pasa es que habría que ver cómo articular ese plan. No creo que sea cuestión de una lluvia de millones. Formación, trabajo, integración y, sobre todo, moralización de la vida pública ya que se ha convertido en algo tan mezquino que la gente es capaz de venderse por un diploma universitario, aunque sea falso.

De todas formas, no podemos perder de vista lo que significa la libertad de expresión. La letra de una canción que pone un nombre y apellido y señala el objeto y la forma de matarlo, como hace el raperillo encarcelado, en manos y mentes de una multitud enfervorizada y convenientemente manipulada convierte el “inocente” mensaje en una fatwa. ¿Qué otra cosa hicieron con Salman Rushdie? No se pudo encarcelar a los responsables de la fatwa, pero hubo que poner a buen recaudo al escritor de los “Versos satánicos” porque nadie se tomó a broma la amenaza.

¿Qué otra cosa le pasó a Tomás y Valiente a manos del bien adoctrinado Benzobas? No pensemos en Charlie Hebdo o en los paseos en camioneta asesina por las ramblas y paseos de Cataluña. Detrás de esas acciones criminales hay una doctrina, aunque sea en forma de canción.

Una canción se convierte fácilmente en un himno. Y en determinadas circunstancias en un himno de guerra capaz de movilizar fanáticos y llevarse por delante los valores y las vidas de cientos o miles de ciudadanos.

Recuérdese que cuando hace pocos años el gobierno de la R. P. China invitó a Joan Báez a una gira de conciertos por el país, la única condición que le pusieron fue que no podría cantar “Blowin in the wind” por su alto valor simbólico como mensaje de libertad pues podría enardecer a las masas.

Compárese la letra de la canción de Dylan con las de este iluminado encarcelado que está provocando en España el estado de “hoguera perpetua”.

Arturo Lorenzo.
Madrid, febrero de 2021

Tomado de https://losamigosdecervantes.com/