abril 29, 2022

La guerra y la naturaleza humana | por Bronisław Malinowski


A lo largo de la historia de la humanidad han estallado innumerables batallas que han matado a millones de personas en todo el mundo. En este ensayo, Malinowski indaga en el carácter intrínseco de la guerra en la naturaleza humana. El antropólogo polaco piensa que la cultura tiene un papel fundamental en la solución.

Esta parte es la continuación del texto La guerra a través de las edades | por Bronisław Malinowski, el cual es parte de un articulo mas amplio titulado “Un análisis antropológico de la Guerra” (1941).

Este artículo fue escrito por el antropólogo Bronislaw Malinowski, y se publicó en 1941 en The American Journal of Sociology, traducido al español por Oscar T Ritcher.


Tenemos entonces, primero, que enfrentarnos con el caso de “la agresividad como conducta instintiva”; en otras palabras, de la determinación de la guerra por motivos intrínsecamente biológicos. Las expresiones de “la guerra es tan antigua como el hombre”, “la guerra es inherente a la naturaleza humana”, “la guerra está determinada biológicamente”, o carecen de sentido o nos quieren significar que la humanidad tiene que producir guerras, lo mismo que todos los hombres tienen que respirar, que dormir, que procrear, que comer, que caminar, que evacuar, donde quiera que vivan y cualquiera que sea su civilización. Muchos escolares saben esto y muchos antropólogos ignoran justamente los hechos que acabamos de mencionar. El estudio del hombre ha eludido ciertamente lo concerniente a las relaciones entre la cultura y los fundamentos biológicos de la naturaleza humana.

Digamos simple y sencillamente que el determinismo biológico quiere decir que en ninguna civilización puede sobrevivir el organismo individual y continuar la comunidad sin una incorporación integral dentro de la cultura de aquellas funciones corporales como la respiración, el sueño, el descanso, las excreciones y la reproducción. Esto parece tan obvio que ha sido pasado por alto constantemente o bien omitido intencionalmente en el análisis cultural de la conducta humana. Sin embargo, desde el momento en que las actividades biológicas son determinantes en cierto sentido de la cultura, y desde que, recíprocamente, toda cultura refina, dirige y transmuta muchas de estas actividades biológicas, la interrelación e interdependencia actual no puede ser olvidada por la teoría antropológica. Tendremos que definir brevemente en qué sentido ciertas fases de la conducta humana son invariantes biológicas y entonces aplicar nuestro análisis a la agresión y a la pugna.

Todo organismo humano experimenta a intervalos el impulso del hambre. Esto lo lleva a buscar alimento y en seguida a tomarlo, que es el acto de comer, y cuya satisfacción produce la saciedad. La fatiga exige descanso; la acumulación de la misma, sueño; seguidos ambos por un nuevo estado del organismo que el fisiólogo puede definir dentro de los términos de las condiciones de los tejidos. El impulso sexual, más esporádico en su incidencia y rodeado por determinantes culturales más elaborados y circunstanciales del cortejo; de los tabús sexuales y de las normas legales, lleva no obstante a una definida función de ayuntamiento -la conyugal-, que a su vez es seguida por un estado temporal de quietud en lo que a este impulso se refiere. Esta función puede dar comienzo a una nueva serie de eventos biológicos: la concepción, la preñez, y el nacimiento del niño, que deberán ocurrir regularmente en toda la comunidad si ha de sobrevivir y continuar su cultura.

En todos estos hechos sencillos y “obvios” existen unos cuantos principios teóricos de gran importancia. La cultura en sus innumerables variedades define las circunstancias dentro de las cuales un impulso puede satisfacerse y puede en algunos casos tildelar el impulso y transformarlo en un valor social. La abstinencia y las sujeciones prolongadas pueden modificar ligeramente las funciones del organismo en lo que al sexo y al hombre se refiere. Las Vigilias y los largos períodos de intensa actividad pueden determinar el descanso y el sueño no solamente por reglas orgánicas sino también culturales. Hasta las actividades fisiológicas más regulares y aparentemente más puras como la de la respiración están eslabonadas con las determinantes culturales, en parte en la habitación y en los dormitorios que acondicionan un tanto la cantidad de oxígeno disponible, y tasan el aliento en el acto de la respiración, identificadas con la vida misma·, han sido el prototipo de toda una serie de prácticas y de creencias relacionadas con el animismo. Lo que, sin embargo, nunca podrá hacerse en ninguna cultura es la completa eliminación de cualquiera de estas funciones vitales impuestas a todas las culturas por la naturaleza humana. Podemos condensar nuestro argumento en la forma de un simple diagrama:

Impulso – – Reacción Corporal – – Satisfacción


Podemos decir que la menos variable de estas tres fases, en lo que se refiere a las influencias culturales, es la del centro. La respiración, la alimentación, el acto del ayuntamiento y el proceso del sueño son fenómenos que tienen que describirse dentro de los términos de la anatomía, la fisiología, la bioquímica y la física. El segundo punto de importancia es el de los dos eslabones -entre el impulso y la reacción corporal y entre esta y la satisfacción- son realidades fisiológicas y psicológicas bien definidas como la misma reacción corporal. En otras palabras, toda cultura tiene que incorporarse integralmente la serie completa de funciones vitales de las tres fases. Porque cada una de estas funciones vitales tripartitas son indispensables para la vivencia del organismo y en el caso de la conjugación sexual y de la preñez para la conservación de la comunidad. Sin embargo, por complicadas y substanciales que sean las respuestas culturales a las necesidades básicas del hombre, por ejemplo el cortejo, el matrimonio y la familia en relación con el sexo; los arreglos económicos domésticos, las actividades productoras de alimentos y el comisariado tribal o nacional, en respuesta al hambre -son determinadas en cierto modo biológicamente, ya que tiene que incorporarse íntegramente a la cultura, la serie vital con sus tres fases y los eslabones que las unen, intactos y completos.

¿Podemos considerar la pugna y la agresividad y todas las demás reacciones hostiles, el odio y la violencia como comparables a cualquier serie vital que acabamos de discutir? La contestación deberá ser enfáticamente negativa. No es que el impulso de la agresión, de la violencia y de la destrucción estén ausentes de todo grupo o de la vida de cualquier ser humano. Si la actividad de la respiración es interrumpida: accidentalmente o por un acto deliberado de otro individuo, la reacción inmediata contra él será la de una violenta lucha para remover el obstáculo o para vencer el acto humano de la agresión. Con puntapiés, a mordidas o empujones, empieza inmediatamente un combate que tiene que terminar con la destrucción del organismo sofocado o con la remoción del obstáculo. Arrebátesele la comida al niño hambriento, al perro o al mono y provocará usted inmediatamente fuertes reacciones hostiles. Cualquier intromisión en el curso progresivo de los preliminares sexuales -más aún, cualquier interrupción del acto fisiológico– lleva tanto en el hombre como en el animal a un violento acceso de ira.

Este último punto, sin embargo, nos lleva directamente al reconocimiento de que el impulso de la cólera, las hostilidades de los celos, la violencia emocional de la posesión sexual y del honor lastimado, son productores de hostilidad y de pleitos, directamente o con retardo, como lo es el impulso biológico cuando se difiere la satisfacción inmediata.

Podríamos sumar estos resultados con decir, que el impulso que controla la agresión no es primario sino derivado. Es contingente a las circunstancias en las que ha sido contenido un definido impulso biológico primario. Se produce también en una gran variedad de modos orgánicos, determinados por factores puramente culturales como la propiedad eco nómica, la ambición, los valores religiosos, los privilegios de los rangos, los sentimientos personales de arraigo, de pendencia y autoridad. Por tanto, el hablar del impulso de la pugna como determinado biológicamente no es correcto.

Todo esto se aclara, cuando reconocemos mirando el diagrama anterior, que la esencia de un impulso es la de producir una clara y definida reacción corporal, que a su vez produce la satisfacción del impulso. En las sociedades humanas, por el contrario, encontramos que el impulso de la ira se transforma en casi todos los casos en estados crónicos de la mente y del organismo humanos -de odio, de venganza y actitudes permanentes de hostilidad.

Que semejantes sentimientos definidos culturalmente pueden llevar y llevan a cometer actos de violencia, quiere decir simplemente que dichos actos son determinados culturalmente y no biológicamente. En verdad, cuando contemplamos los casos actuales de acción violenta, individual u organizada colectivamente, encontramos que la mayoría de ellos son el resultado de imperativos puramente convencionales, tradicionales e ideológicos, que no tienen nada que ver con un estado mental determinado orgánicamente.

Es interesante saber, que cuando se defiende el determinismo biológico o psicológico de la agresividad, como algo inherente a la naturaleza animal del hombre, son fáciles de encontrar los ejemplos de conducta prehumama. Y es fácil demostrar que los perros, los monos, los cinocéfalos y hasta los pájaros luchan por las hembras, por los alimentos o por derechos especiales o territoriales.

El estudio de los niños no maduros en las tribus primitivas, o en nuestros propios planteles de crianza, pone al. descubierto, que el argumento de la violencia es usado con mucha frecuencia, por lo que tiene que haber una constante vigilancia. Esto, verdaderamente, podría sugerir a cualquier observador competente que la eliminación de la violencia y de la agresión y no el fomentarlas, es la esencia de cualquier proceso educacional.

Cuando nos enfrentamos con la cuestión, de dónde, cómo y bajo qué circunstancias actúa la agresión, puramente fisiológica entre gente adulta, llegamos nuevamente a un resultado interesante. Suelen ocurrir casos en que gente normal y sana ataque, hiera o mate a otra persona bajo el influjo de la cólera, pero son extremadamente raros. Pensemos en nuestra sociedad. Se podrá aducir un número indefinido de casos tomados de un manicomio.

Se puede demostrar también que en situaciones muy especiales, como las de las prisiones o de los campos de concentración o en los grupos cogidos por un naufragio o cualquier otro accidente, la agresión es muy frecuente. Catástrofes como la de un incendio en un teatro o el hundimiento de un barco, tienen algunas veces el efecto, aunque no siempre, de producir luchas por la vida, en que la gente se rompe los huesos y se pisotea hasta matarse, en los actos de violencia determinados por el pánico y el miedo.

En todos los récords criminales primitivos o civilizados existen casos de homicidio y golpes que ocurren durante los accesos de cólera y de odio o en el paroxismo de los celos. Vemos pues que la “agresividad” dentro del marco cultural de un grupo adulto tiene lugar en los casos de “pánico”, de “locura” o en los “momentos artificiales propicios” y en los que por ser tipo de conducta antisocial y anticultural son calificados como “crímenes”. Son siempre parte y producto de la bancarrota de la personalidad o de la cultura. Pero no es el caso de una serie vital que tenga que ser incorporada en toda cultura. Más aún, dado que es el tipo de una serie de impulsos que amenazan constantemente el curso normal de la conducta cultural, tiene y tendrá que ser eliminada.


Tomado de http://Notaantrpologica.com/