La belleza impredecible (III) – Rodrigo Montera

Madrid. En un campo de futbol un hombre entrena en solitario. En su indumentaria no luce el escudo de ningún equipo. Es el 7. Ha ganado cinco balones de oro. Veinte títulos a nivel de clubes y ha anotado más de 700 goles a lo largo de su carrera. Y en un campo de entrenamiento madrileño se encuentra solo, sin compañeros ni director técnico. Luego de participar en la copa del mundo, el 7 no tiene un club con el que disputar el resto de la temporada. Su soledad también es institucional.

En cambio, otro hombre, el 10, está en el escenario deportivo más importante del momento. Lo acompaña un país albiceleste y una nación de aficionados, dispersos por todo el mundo, que anhelábamos verlo alzar la copa más hermosa. Todos sus compañeros lo buscan para abrazarlo, como si hacer ese contacto con él fuera tan memorable como cuando les entreguen su medalla.

El 7 y el 10.

Durante años, casi dos décadas, estos dos hombres han ascendido juntos al Olimpo futbolístico. Si uno subía un peldaño, el otro, por un breve momento, quedaba rezagado, pero eventualmente alcanzaba a su oponente. Entre los dos suman más de 60 títulos, 12 balones de oro y más de mil 500 goles. El 10 y el 7 son una era del futbol.

Y el domingo 18 de diciembre de 2022 vivían dos ocasos muy distintos de esa era; uno de ellos con la mirada en el cielo, el otro con la mirada en el trabajo.

El 10 jugaba por segunda vez una final de la copa del mundo. En el partido anotó dos goles, siete en total en el certamen. Ese mismo día, el 7 entrenaba en solitario en un campo del club al que tantas glorias le ofreció; se desconoce cuántos de sus disparos entraron en portería. El 10 corría por el campo buscando conseguir el título mundial, cada jugada contribuía a la obtención del trofeo, una barrida, un pase, un sprint, una falta, un gol, una asistencia. En el campo de entrenamiento, el 7 disputaba, sin disputar ningún encuentro, contra el único adversario en el terreno de juego: él mismo. El 10 jugaba el partido de futbol más importante, aquel que sólo ocurre cada cuatro años. Y el 7 realizaba el trabajo diario; una jornada más entre las muchas que se requieren para alcanzar la excelencia, sin embargo, uno se pregunta, ¿una excelencia con miras a…?

Cuando uno es niño y juega en solitario es muy posible que fantasee con la idea de que el disparo que está por ejecutar acontezca en un partido determinante. Jugar solo invita a esa fantasía, a esa capacidad de verse a uno mismo en uno de los tantos y bellos escenarios que ofrece el futbol. Es liberador y necesario: jugar, entrenar y soñar.

El domingo 18 de diciembre, el 10 vivía la fantasía más grande que este deporte ofrece. Y el 7 pateaba un balón sin adversarios, sin prensa, sin aficionados, sin que la realidad de la fantasía lo acompañara. ¿Con qué soñaba? ¿Qué ilusión le quedaría por cumplir? Imposible saberlo, lo único cierto es la belleza de la imagen, una de las últimas de esta era: un hombre en el ocaso celebrando, un hombre en el ocaso entrenando.

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Last modified: 22 diciembre, 2022Tomado de https://lalupa.mx/