diciembre 3, 2021

Inés Arredondo: tres cuentos sobre el incesto

La primera vez que leí a Arredondo fue casi que por azar. Recuerdo que entre compañeros tratamos de hacer un listado de escritoras mexicanas, el cual se complicaba cuando tratábamos de ver más allá de la gran Chayo Castellanos, las Elenas...

La primera vez que leí a Arredondo fue casi que por azar. Recuerdo que entre compañeros tratamos de hacer un listado de escritoras mexicanas, el cual se complicaba cuando tratábamos de ver más allá de la gran Chayo Castellanos, las Elenas (Garro y Poniatowska) y, desde luego, Juana Inés. En ese momento me di cuenta que casi siempre tendemos a leer literatura mayormente escrita por hombres y que son pocos los textos de las mujeres que se conocen. Así, cuando uno de mis mejores amigos mencionó a Inés Arredondo la curiosidad me asaltó y esa misma tarde tomé sus cuentos completos, miré el índice y tentada por el primer título que mis ojos vieron, me dispuse a leer “Orfandad”. En menos de tres cuartillas, la siniestra historia de una niña abandonada en una carretera y de cuatro muñones, cuyos parientes desconocen, me adentró al resto de los relatos de Arredondo. Descubrir los cuentos de Inés Arredondo pues, significaron abrir una ventana desde la cual podía adentrarme a otro tipo de narraciones fuera de este mundo, fue enterarme que la literatura tenía los puentes perfectos para ir de lo sutil a lo mordaz y que los miedos más perversos son, a fin de cuentas, los más comunes.

Arredondo pertenece a la llamada Generación de medio siglo, el nombre, queda claro, alude a la producción literaria que entre la década de los 50 y los 60 vieron nacer, así como al peculiar grupo de escritores que se formaron durante esos años como Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Emilio Carballido, Rosario Castellanos, Guadalupe Dueñas, Juan García Ponce, Octavio Paz y Amparo Dávila, por mencionar algunos. La principal característica de la literatura de medio siglo es que se encontraba justo en el momento de transición de los escenarios rurales hacia la modernidad que la vida en la ciudad proponía. Para entonces, la Ciudad de México había crecido a gran escala y la zozobra que dejó la revolución era solo un vestigio que se recordaba con nostalgia, pero para la que ya no había lugar en las nuevas preocupaciones de los escritores, basta recordar El laberinto de la soledad publicado en 1950, donde Paz se dedica a figurar una imagen de mexicano en aras de una búsqueda de identidad nacional.

De tal manera, por una parte, están los escritores que se colocan dentro de una tradición literaria sumamente culta y cosmopolita como el propio Paz, Elizondo, Pitol, Castellanos, Fuentes y Pacheco y, por otra parte, se encuentran los que volcaron la mirada hacia adentro, con enfoques más individuales que colectivos, echando un vistazo a lo que pasa en el interior del hombre, se encuentra la generación de medio siglo, cuyos textos encontraron en el cuento, principalmente, la forma perfecta para dar vida a cuestiones como el erotismo, lo sagrado, lo perverso, lo siniestro y, por supuesto, el incesto, así como las atmosferas oscuras, con una inclinación hacia lo fantástico (en algunos casos), así pues, gracias a la brevedad que supone el cuento, también lograban maquillarse de lenguaje para dejar entrever  el terror y el horror que esto supone. Es de este lado donde se instaura la poética de Arredondo.

En esta ocasión, me gustaría hablar de tres cuentos de Inés Arredondo donde el incesto es el motor que mueve a los personajes.

“Apunte gótico”

Una niña entra en una habitación donde se encuentra su padre, lo mira postrado en la cama, envuelto en las sábanas, y la contemplación se vuelve un espectáculo de insinuación donde se asoma el deseo sexual. Como el título señala, en este cuento la autora retrata una escena para presentarla casi que como una pintura al estilo de Goya; los claroscuros llenan el ambiente del cuento, las sombras y las luces que la vela produce en aquella noche donde ha caído una tormenta, permiten una visión curiosa de la niña cuya función es (ad)mirar al padre semidesnudo; este está tendido, la cama y las sábanas blancas son una metáfora del lienzo y el lecho sobre el cual yace un cuerpo masculino a la manera de un cuadro religioso, el padre es blanco, sus ojos entre abiertos, las manos extendidas en dirección a ella, una invitación y le petite morte que los acecha.

“Ahora sí creo que mi padre está muerto. Pero no, en este preciso instante, dulcemente sonríe: complacido. O me lo ha hecho creer la oscilación de la vela.”  (Arredondo, 1986)

“Apunte gótico” es un cuento lleno de imágenes, un artificio que logra en el lector un efecto justo como el de la pequeña que observa al padre, una especie de oscilación entre esos claroscuros que sugieren una situación de incesto donde no hay más que ellos, la ausencia de la madre y una rata como metáfora de lo sucio, de lo nocivo que representa ese deseo incestuoso que, por cierto, no se sabe si llega a culminar o no entre ambos.

“Estío”

Este cuento nos narra la historia de lo que bien podría parecer un triángulo amoroso; Román y su amigo Julio viven en la misma casa de la madre de Román, esta, sumergida en el calor del estío veraniego, el paisaje y la contemplación de los dos muchachos que viven con ella. Se sospecha que esta mujer es bastante atractiva para la edad en la que se es madre de un universitario, ha pasada mucho tiempo sola, cuidando de su hijo y ahora que este ha llevado a vivir a su casa a Julio, un deseo los enreda a los tres. Julio adopta comportamientos sugerentes y extraños hacia la madre, por momentos casi insinuante, ella un poco ajena a las intenciones del joven no hace más que permitirse descubrir los beneficios de esa soledad que la lleva de la mano a rozar apenas el erotismo; se suelta el cabello húmedo dejándolo caer por su espalda, se tira contra el piso hasta sentir cada parte de su cuerpo y, encuentra deliciosos unos mangos gordos, duros,  “Me senté a comerlos en las gradas que están al fondo de la casa, de cara a la huerta. Cogí uno y lo pelé con los dientes, luego lo mordí con toda la boca, hasta el hueso; arranqué un trozo grande, que apenas me cabía y sentí la pulpa aplastarse y al jugo correr por mi garganta…” (Arredondo, 1965)

Es difícil tratar de explicar qué está sucediendo en “Estío” dada la maestría con la que Arredondo camuflajea la situación, incluso en el final, cuesta trabajo entender a ciencia cierta cómo se ha resuelto el cuento, sin embargo, una pista arroja algo de luz: “Y pronuncié el nombre sagrado”., dice la mujer después de aquel acalorado beso con Julio. Sí, en efecto, Inés Arredondo vuelve a poner el tema del incesto en la mesa, se deduce que la madre ha pensado en el hijo, Román, mientras el amigo la ha besado, no obstante, nunca se habla de un contacto entre ella y Román, nunca se tocan y es, precisamente, la falta de este “toque” lo que no los mancha a ambos, por el contrario, el tacto con Julio ha valido para revelar a la mujer que su verdadero deseo está en su semejante, en su hijo.

“Lo que no se comprende”

Por último, pero no menos importante, el cuento que me ha parecido más visceral, “Lo que no se comprende” narra la historia de la pequeña Teresita quien observa con curiosidad y repulsión algo que sus padres guardan en la habitación continua. Informe, indecible, intocable, además de todo esto, la madre prohíbe y castiga la forma en la que cualquier niño miraría a ese algo. No, no comprende la pequeña Mayita (nombre por el cual también le dice el padre), por qué tanta desaprobación hacia el simple acto de observar, pero eso es solo una de las cosas que no logra comprender, lo segundo es la semejanza, el parecido físico que hay entre papá y mamá. El espacio aquí, desde luego, cobra relevancia, “Estaba fuera del poder de aquel sonido agudo como estaba fuera de todo, sola en aquel lugar horrible, fuera”. (Arredondo, 2011), la pequeña está alejada y, por ende, es una suerte de voyeur pues lo único que puede hacer es ver desde su lugar que le ha sido asignado para no enterarse de lo que hay dentro. Además, Arredondo toma la mirada inocente, curiosa e infantil, como el motor perfecto para echar a andar el motivo del incesto que se sugiere existe entre los padres y, lo que es peor, la cosa informe y asquerosa que mira entrar y salir es producto de esa relación.

Como en todos sus cuentos, Arredondo una vez más deja claro por qué es una maestra de la palabra, pues en este relato nuevamente deja las cosas flotando en el aire tenso, esconde entre líneas lo que realmente está sucediendo, de manera que, hay que irse con cuidado, recogiendo las pequeñas piezas para al final hacerlas encajar.  Queda claro que Inés Arredondo es una digna y fiel representante de lo que su grupo escribía en esa época y, sobre todo, lo revolucionaria que fue al poner este tabú (el incesto, como en estos cuentos) a discusión, por supuesto, de qué otra manera iba a hablarse de esta y otras perversidades si no era escogiendo las palabras y los silencios adecuados, porque aunque para medio siglo México había crecido muchísimo, todavía no era suficiente para que saliera a flote todo lo que le subyace al hombre, incluso ahora, parece que todavía no es suficiente.

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