Fotorreportaje: Yo soy palestino

Fotorreportaje: Yo soy palestino

En este texto, nuestra corresponsal se despoja de sí misma para ejercer la posición de puente entre el mundo y los palestinos que intentan construir una cotidianidad que, aún a pesar de la masacre de la que son víctimas, no les...#Expresion-Sonora.com #Sonora
Tomado de https://warp.la/

En este texto, nuestra corresponsal se despoja de sí misma para ejercer la posición de puente entre el mundo y los palestinos que intentan construir una cotidianidad que, aún a pesar de la masacre de la que son víctimas, no les permita olvidar quiénes son, a dónde van, qué les gusta comer y desde dónde se ven mejor sus atardeceres.

Texto y fotografías por Maria Tielve

Ella, de tez morena y ojos cálidos, guardaba en sus manos el peso de las rocas de sus mártires, quienes volaron en miles de pedazos y se desvanecieron en las cenizas que hoy forman el muro que los disecciona. Los ríos de sangre ya no navegan más en sus cuerpos; ahora son destilados en la frialdad de sus armas, de aquella tierra amada.

Sigo sus pasos, y siento su tristeza e impotencia. Solo me quedan aquellos recuerdos y me rehúso a olvidarlos. Recordarla es todo lo que puedo hacer.

En las tierras del 48, los observan con gran indiferencia. Cuando la realidad es que nacemos del dolor y morimos suspendidos en el mismo. Llegamos con la esperanza de amar esta vida,
mientras que a los palestinos se les arrebata día a día la libertad del simple hecho de existir.

En el centro de la hermosa ciudad de Ramallah, ubicada en West Bank, puedes disfrutar del brillante humor palestino, plasmado en cafeterías como Stars and Bucks Cafe, o del jugo fresco en Silwadi, donde degustarás el mejor jugo de aguacate que probarás en tu vida, acompañado del sonido incesante de los carros, la música y las palabras llenas de vida.

Aquella tarde de verano, me encontré con una Ramallah diferente, una que nunca ha olvidado, una que no ha perdido la fe y una que vive con la esperanza de la libertad. Seguí sus pasos y los acompañé a lo largo de las calles. Niños, abuelos, mujeres y hombres unificaron sus cantos, exigiendo el retorno de sus seres queridos, la justicia de sus mártires y el fin de todas las atrocidades que la ocupación israelí ha cometido contra su gente a lo largo de más de 76 años. La Nakba no es un acto del pasado; es algo que el pueblo palestino sigue viviendo día a día.

Lo que sucede en Gaza hoy en día no es algo nuevo. Ellos han atravesado guerra tras guerra, y cada Ramadán la dicha es removida, exponiendo ante sus ojos la brutalidad de lo que es sobrevivir en la prisión más grande al aire libre. El tiempo pasa cada vez más rápido, y me parece increíble decir que han transcurrido más de ocho meses desde el comienzo del genocidio en Gaza.

Y a la par, los palestinos en West Bank son asesinados; noticias de mártires en los Campos de Refugiados en Jenin, en Tulkarm, en Kalandia, solo se han tornado en imágenes y noticias reemplazadas por la banalidad y cotidianidad del mundo al que pertenecemos.

Hoy recuerdo lo que fue vivir en Palestina, lo que fue experimentar mi primera marcha con el pueblo palestino y donde comencé a documentar lo que estaba pasando. Una verdad que muy pocos vivirán, una verdad de la cual me tocó ser parte, una verdad que cambio mi vida. Así fue que, sin un chaleco de prensa o casco, me sumé a la marcha, acompañada de otros fotógrafos.

Me preguntaban de qué medio era, y solo les contesté con una sonrisa: soy mexicana. Ellos se ponían felices y me decían: “Tú nos entiendes, México también tiene un muro.” Continúe mi camino y comencé a capturar esos sentimientos que me dejaron retratar.

No hay imagen o palabra que haga justicia a lo que mis ojos vieron. Lágrimas, enojo, dolor, furia, esperanza y fe recorrían sus cuerpos. La muerte no ha perdonado la edad en aquella
tierra de olivos, y es que entre las pupilas más jóvenes veía ondear la bandera de Palestina en
alto.

Tuve la oportunidad de entrevistar a gente que me hablaba de la importancia de seguir
protestando. Había quienes abrazaban las fotos de sus familiares que llevan años en la cárcel, quienes lo habían perdido todo… pero nunca la esperanza de seguir luchando. Recuerdo a un
señor que venía saliendo de la cárcel; me dijo: “No me da miedo regresar a las protestas, ya
que es mi deber luchar por la liberación de mi gente.”

Esta fue una tarde donde el cielo se mezclo con los colores de Palestina, donde se escucharon los cantos por la lucha y la liberación, donde las fotos de sus mártires no fueron olvidadas. Una tarde donde el polvo no extinguió el pasado, sino que trajo consigo la historia de un presente inquebrantable. Hoy en día, Palestina es conocida y celebrada en todo el mundo. Es un país que sigue ocupado, uno que sigue luchando y resistiendo, uno que tiene historia, tradiciones, cultura y alma.

Ellos son el pueblo que plantó semillas donde la ocupación pensó que no brotaría nada. Los
palestinos nos enseñan lo que es vivir y amar la vida, sin importar las adversidades. Ellos son
el pueblo que pisa fuerte al ritmo del Dabke, desvaneciendo el dolor de las heridas más profundas, quienes nos e  enseñan día a día el verdadero significado de la gratitud, ٱلْحَمْدُ لِلَّٰهِ. Ellos son quienes ponen la kufiyyeh en alto como un símbolo de paz y resistencia. Ellos son quienes hacen maqluba para demostrar lo rica que es su comida.

Palestina no solo está en West Bank, Gaza o las tierras del 48. Está en los palestinos que
fueron forzados a dejar sus tierras, convirtiéndose en refugiados. Está en las personas valientes que fueron obligadas a caminar por horas, cargando a sus hijos, a sus hermanos y
llevando su equipaje, atesorando la llave del regreso y fotografías de lo que fue parte de su
pasado.

Palestina vive en todas las nuevas generaciones de palestinos que han nacido y crecido lejos de la tierra de olivo, en todos aquellos que no tienen permitido regresar o incluso visitar su tierra. Palestina vive en las incontables historias de cómo eran sus vidas antes, en los árboles y sus deliciosas naranjas, en sus poetas y músicos, en lo simple y bella que era la vida en su tierra ocupada.

Palestina vive en todo el mundo, especialmente en países como Jordania, Líbano, Kuwait, Arabia Saudita y Chile. Y es que cuando conoces a un palestino en tu vida, es verdad que nunca te dejarán olvidarlos, porque cuando les preguntas de dónde son, con una sonrisa te responderán: “Yo soy palestino”.

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