First cow y el nuevo western contra la cultura de la violación

Kelly Reichardt, Chloe Zhao y Mona Fastvold proponen una revisión de los códigos tóxicos machistas heredados de la historia del cine Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Actualizado Domingo,
23
mayo
2021

09:23

Kelly Reichardt, Chloe Zhao y Mona Fastvold proponen una revisión de los códigos tóxicos machistas heredados de la historia del cine

John Magaro en una imagen de 'First cow'.
John Magaro en una imagen de ‘First cow’.AVALON

A finales de 2017, con el caso Weinstein aún supurando, la revista Filmmaker sorprendió con un artículo de Nina Menkes. En él, la directora independiente pasaba a limpio buena parte de lo que ya era lugar común en la crítica especializada no estrictamente feminista. No se trataba tanto de una revelación lo que se leía en The visual language of oppression (El lenguaje visual de la coerción) como de una certeza que los delitos groseros, conocidos y permitidos del dueño de Miramax corroboraban hasta la náusea. A saber, la cultura de la violación como epifenómeno de eso llamado machismo no es sólo una cuestión de argumentos, tramas, arquetipos y poéticos lugares comunes sino que, más crudo, llega a la médula de la propia manera de mirar. Es la iluminación, el encuadre, la banda sonora… todo eso que genéricamente constituye el lenguaje del cine lo que justifica «la acción de los acosadores y el silencio humillado de las víctimas». Los códigos que se ha dado a sí mismo el cine, continuaba, idealizan «el ego, el poder masculino y el beneficio económico a cualquier coste por encima de todo». Y así.

Y en ésas aparece First cow, recién estrenada, y, más concretamente, el western, como quizá paradigma de buena parte de los males que expone el primer párrafo, repensado tanto por su directora Kelly Reichardt como por alguna colega más (Chloé Zhao y Mona Fastvold, por ejemplo) que como ella recomponen su lenguaje visual desde un punto de vista diferente, sostenible, feminista, ilustrado o simplemente no cavernícola. «El western», razona Reichardt, «es un género que pone constantemente el foco en situaciones intensas dedicadas a probar la masculinidad del héroe. Cuando veía películas como Centauros del desierto, de Ford, me preguntaba qué diría la mujer que sirve la sopa si alguien le preguntara sobre la absurda bravuconería de lo que estaba escuchando».

Ése fue, razona la directora, el punto de partida para su película Meek’s Cutoff, un western desértico rodado en 2010 que se detenía en la silenciosa desesperación de unos colonos rumbo al Oeste. Ahora, en First cow, se cuenta la historia de un cocinero que recorre Oregón con unos tramperos. Allí, en mitad de la fiebre por las pieles de los castores, el protagonista y un misterioso inmigrante chino emprenderán un negocio de venta de buñuelos. Tal cual. La leche de la única vaca en la región, de ahí el título, se convertirá en un tesoro y en la clave de todas las conquistas. De repente, desde un presupuesto entre surreal y simplemente brillante se cuestiona el gran mito americano y, dado el caso, hasta el propio capitalismo basado en el expolio, la dominación y el privilegio heredado.

«Me sorprendió el efecto de la caza de castores en la zona y, sobre todo, me llamó la atención la arrogancia sobre el mundo natural. La idea era recuperar para el heroísmo y la exaltación un gesto digno y respetuoso. Lo heroico no es que un tipo duro sobreviva, venza y se emborrache después, sino que lo haga un hombre amable que hace pasteles… Ya está bien de ese heroísmo de la masculinidad, de la masculinidad blanca que nunca muere…», dice Reichardt a buen paso. Si su anterior western se ocupaba de analizar la propia esencia del tiempo a través de la mirada de esas mujeres que escribían en sus diarios el discurrir pausado de unos paisajes y unas jornadas interminables, ahora la idea es reescribir los modos, usos y costumbres. Hay algo, además, que liga a cada película con el momento concreto de su estreno. «La primera trata de un tipo que no parece saber lo que está haciendo y lleva a su gente al desierto sin tener un plan para sacarlo», dice. ¿Bush? «Yen la segunda la réplica al protagonista se la da una abusador». ¿Trump? «Que cada uno saque sus conclusiones». Y ahí lo deja.

Sea como sea, y a pesar de que la pulsión por refutar las reglas siempre ha estado ahí en clásicos sin tiempo como Johnny Guitar o en clásicos modernos como Brokeback Mountain, lo cierto es que pocos géneros invitan de forma tan explícita a la revuelta ahora mismo. La realizadora recientemente laureada en los Oscar por Nomadland, proponía en The rider (2017) algo parecido. Chloé Zhao recordaba lo paradójico que le resultó encontrarse en una reserva india en Dakota a un nativo americano dedicado profesionalmente a los rodeos. Y de ahí, de la contradicción que no de la claridad del mito, nació la necesidad de retratar «una vida, la de los profesionales del rodeo, esencialmente azarosa e inestable a años luz del universo romántico e intacto del western», razonaba. Y seguía: «El héroe tiene que recuperar su rostro vulnerable. La mirada masculina elimina matices, deshumaniza». No lejos, Mona Fastvold daba el año pasado en The world to come el protagonismo a dos mujeres enamoradas. Vanessa Kirby y Katherine Waterston interpretaban a dos colonas en mitad de ninguna parte sorprendidas de golpe por la incapacidad de comprender un amor para el que no habían sido educadas y cuyas reglas estaban por escribir sobre la superficie misma tanto de su cuerpo como de una tierra indómita y salvaje. Su aventura de dar un relato a su sentimiento se convertía también en la obligación de recusar todos los relatos heredados. «Mi idea no era repensar el western sino utilizar su paisaje para hacer algo forzosamente distinto», comentaba la directora en el Festival de Venecia.

Menkes escribía sobre su experiencia de profesora y sobre cómo sus estudiantes mujeres han acabado por interiorizar lo que Tarantino llamó «sistema Jim Crow» (en referencia a las monstruosas leyes de segregación incorporadas a la cotidianidad). Pues bien, Reichardt y las suyas resisten.

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