En mi tierra

En mi tierra

Tomado de Ethic.es

Hace ya un año y medio que trabajo como médico en la pequeña ciudad de N., capital de distrito de una región pegada a Moscú. Y ya es hora de hacer balance de mis impresiones.

En primer lugar y lo más espantoso es que entre los pacientes, como también entre los médicos, los sentimientos más habituales son dos: el miedo a la muerte y el poco amor a la vida. No quieren pararse a pensar en su futuro: que todo siga como está. No es una vida, sino un fin de vida. Celebran las fiestas, beben y cantan, pero si los miras a los ojos, no ves ninguna alegría.

Estenosis crítica de aorta; hay que operar. Si no, no tiene sentido quedarse ingresado en el hospital. ¿Y entonces qué hago, morirme? Así es: la solución es morirse.

No, no quiere morirse, pero tampoco dirigirse a la administración regional para que le autoricen la operación, ni perder el oremus durante el proceso.

«Ya tengo cincuenta y cinco años, ya he vivido lo mío». ¿Y entonces qué quiere? «Una invalidez total, eso es lo que quiero». No confía en que pueda curarse. Pero, como mínimo, que las medicinas sean gratis.

«Doctor, ¿por lo menos llegaré hasta la pensión?» (Los fracasados no llegan a vivir hasta la edad de jubilación; si llegas, has triunfado en la vida.)

En segundo lugar: el poder se divide entre el dinero y el alcohol, es decir, entre las dos encarnaciones de la nada, del vacío, de la muerte. A muchos les parece que los problemas se pueden resolver con dinero, pero esto casi nunca es verdad. ¿Cómo despertar con su ayuda el interés por la vida, por el amor? Es entonces cuando aparece el alcohol. Un ejemplo: no hace mucho un niño de dos años llamado Fedia cayó desde un primer piso. La madre borracha y su boyfriend, es decir, oficialmente su conviviente, recuperaron el cuerpo de Fedia y se encerraron en casa. Por fortuna, los vecinos lo vieron todo y llamaron a la policía. Estos reventaron la puerta y llevaron al niño al hospital. La madre, como corresponde, no paraba de aullar en el pasillo. Rotura del bazo, que será amputado; Fedia salva la vida e incluso él mismo se retira el respirador (los sanitarios no lo vieron, centrados en otra operación) y luego se arranca el catéter de la vena.

A muchos les parece que los problemas se pueden resolver con dinero, pero esto casi nunca es verdad

En tercer lugar: en casi todas las familias ha habido en un pasado no lejano una serie de muertes violentas. Ahogamientos, explosiones de petardos, homicidios y desapariciones en Moscú. Todo esto crea el trasfondo sobre el que se despliega la vida, en particular, también de nuestra familia. No son raros los casos en que nos encontramos con mujeres que han enterrado a sus dos hijos adultos.

En cuarto lugar: casi no he conocido a personas interesadas en su trabajo, el que fuera, y de ahí esa indolencia e imposibilidad de centrarse en su propio tratamiento. Cuesta aclararse también con todos esos nombres de medicamentos (comerciales, genéricos) y con las dosis: para tomar veinticinco miligramos hay que partir en dos una pastilla de cincuenta, o en cuatro una de cien. Es complicado y da pereza. Hay que pesarse cada día, pero si el peso ha aumentado conviene tomar una dosis doble de diuréticos: empresa imposible. No hay báscula, y la idea de que el aparato se pueda comprar no le entra en la cabeza, y no es una cuestión de dinero. La gente es prácticamente analfabeta: saben construir palabras juntando letras, pero en la práctica esta habilidad no se aplica. La respuesta más habitual cuando les pido que lean mis recetas, impresas en letras grandes, es: «No llevo gafas». Pero si no lleva gafas, eso quiere decir que hoy tampoco se propone leer nada, cosa que nos indica su analfabetismo. Otra prueba: «Han comprendido adónde dirigirse, ¿han comprendido a quién han de referirse, y que tienen que decir que los he mandado yo?». Parece que sí. «Y ¿cómo me llamo?» El paciente, rabioso: «¿Y yo qué sé?».

La gente es prácticamente analfabeta: saben construir palabras juntando letras, pero en la práctica esta habilidad no se aplica

En quinto lugar: resulta que la amistad es cosa de intelectuales. La gente que llamamos «sencilla» no tiene amigos: nadie, salvo los familiares, me ha preguntado nunca sobre el estado de los enfermos. La ayuda mutua brilla por su ausencia, somos los mayores individualistas que uno se pueda imaginar. Se diría que nuestra nación carece del instinto de autoprotección. Valle de lágrimas: es más sencillo morirse que pedirle al vecino que lo lleve a uno a Moscú. No tiene mujer, ¿y los amigos? No los hay. Tiene un hermano, pero vive en Moscú, no sabe dónde ha apuntado su teléfono.

En sexto lugar: el varón es casi siempre un idiota. Un hombre con insuficiencia cardíaca; si su mujer no lo controla a cada paso, está condenado a morirse pronto. Este idiotismo aparece ya en su juventud y luego no hace más que progresar, incluso en el caso de que el hombre se convierta en ingeniero jefe, o en agrónomo, por ejemplo.

La persona que se preocupa por los demás es una rareza y por eso mismo suscita el mayor respeto. Estoy tratando a una de ellas, Alexéi Ivánovich. El hombre ha conseguido que a su mujer le practiquen un trasplante de riñón; ha vendido todo lo que tenían, se ha gastado cuarenta mil dólares. Por lo general, no suele ocurrir lo mismo: Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado; a lo que seguirán el entierro y el funeral.

Es repugnante la gente «que se ha abierto camino». Hace poco vino una de este género, con un infarto reciente. Gracias a lo que ha robado su marido, se ha construido una enorme casa de piedra al lado del hospital. En mí ve a un igual, o casi, y por eso llega quejándose de que ha sentido sacudidas en el coche, «aunque el coche es bueno, un Volvo», y continúa: «Ahora tengo que mandar al nieto a Chipre, a casa de mi hija. Y le diré que Chipre ya no es lo que era: demasiados maricas». Y así todo el tiempo. Por cierto, el ambiente en el hospital es en general asexual, a diferencia de otras clínicas moscovitas, donde el sexo se respira.

Y una más: aquí no se atiende bien a la gente mayor.


Este texto es un fragmento de ‘Kilómetro 101’ (Libros del Asteroide, 2024), de Maxim Óxipov.

Tomado de Ethic.es