En los 70 Alemania Oriental tenía escasez de café. Así que convirtió a Vietnam en una potencia industrial del café

Desde los lejanos tiempos de Kaldi, el pastor etíope del siglo IX que según la leyenda fue el primero en atreverse a probar las bayas del cafeto tras observar cómo las devoraban sus cabras, el café ha servido...

Desde los lejanos tiempos de Kaldi, el pastor etíope del siglo IX que según la leyenda fue el primero en atreverse a probar las bayas del cafeto tras observar cómo las devoraban sus cabras, el café ha servido sobre todo para dos cosas. Nos mantiene despiertos. Y nos mantiene unidos. En torno a los tazones del oscuro y humeante brebaje nos contamos confidencias, hablamos de cómo nos ha ido la semana o los planes para las vacaciones y, sobre todo, caldeamos amistades.

Ocurre con las personas, pero también con países, como bien demostraron hace medio siglo la extinta República Democrática Alemana (RDA) y Vietnam. Gracias a la pasión vorágine cafetera de la primera y las buenas condiciones del segundo para el cultivo se consolidó una relación que aún hoy tiene consecuencias.

La «crisis del café» en la RDA. Para entender el vínculo cafetero entre Alemania Oriental (RDA) y Vietnam hay que entender antes la crisis de suministro que encaró la primera en la década de 1970, cuando un cúmulo de desafortunadas circunstancias hizo que sus ciudadanos afrontasen una de sus peores pesadillas: la escasez del preciado, sabroso y excitante grano negro. Y eso son palabras mayores en un país como Alemania, donde se dice que un ciudadano consume de media al año casi diez litros de café y té sin alcohol y el gasto dedicado entre 2017 y 2018 a comprar la bebida matutina predilecta superó los 4.000 millones de euros.

Mirando el cielo en los cafetos… Con ese telón de fondo, hacia 1976 las autoridades de Alemania Oriental se toparon con serias dificultades para cubrir la demanda de café de sus ciudadanos. Más que de razón, hay hablar de razones, en plural. La más evidente es meteorológica: la «helada negra» que azotó Brasil.

Poco antes, en julio de 1975, a Brasil, gran productor de grano, le había tocado lidiar con un desplome de temperaturas que afectó a sus cafetos y congeló buena parte de las plantaciones de Paraná, São Paulo o Minas Gerais. El resultado: una escasez que no tardó en trasladarse a los mercados y el consecuente incremento de precios. Grunge asegura que en el 77 la tarifa fijada por la International Coffee Organization se había más que triplicado y los costes no bajarían hasta 1980.

… y la política y economía de la RDA. Las malas cosechas de los cafetos de Brasil o las guerras que afrontaban otros productores, como Etiopía o Angola, no son las únicas razones de la crisis cafetera que afrontaba Alemania Oriental en los 70. La ecuación se complica con factores de carácter político y económico. Entre mediados de los 50 y los 70 el país socialista había visto sus relaciones comerciales muy marcadas por la conocida como Doctrina Hallstein, aplicada por Alemania Occidental (RFA), y sufría además de escasez de divisas para importaciones.

Cumpa recuerda que en 1974 y 1975 Alemania Oriental se gastó cerca de 150 millones de valutamarks en café importado. Al año siguiente esa inversión casi se había quintuplicado, hasta los 700 millones. Para el 76 y 77 la escasez ya era difícil de disimular ante una población deseosa de arrancar los días con una taza cargada. «El precio del café aumentó más del 400% entre el 73 y 77. Para cubrir la demanda pública, la República Democrática necesitaba gastar una cantidad cada vez mayor de sus reservas de divisas en la compra de café», anota Patrick Thornyke en un artículo de Medium dedicado precisamente a la crisis cafetera de la RDA.

De sucedáneos y alianzas. Cierto, hablamos «solo» de café, pero en la RDA aquel líquido negro suponía mucho más: era un hábito arraigado en los hogares y su escasez podía traducirse en descontento, una nueva restricción y derivar incluso en una crisis de legitimidad de un gobierno que se había comprometido a «mejorar los niveles de vida» de la población. Aquellos granos tostados —o su escasez, más bien— acabaron convirtiéndose por lo tanto, recuerda Thornyke, en una «cuestión política del más alto nivel». Consciente del enorme problema, el Politburó optó por aumentar el precio y, en última instancia, se decantó por «reinventar» el café.

Si escaseaba la bebida tocaba aprovecharla al máximo, así que se apostó por una suerte de sucedáneo de café, el Kaffee-mix o Mischkaffe, que combinaba café real con una mezcla de otros ingredientes entre los que se incluía remolacha azucarera o harina de guisantes. No gustó. Al margen de que su sabor no convenciera a los paladares de la RDA, se dice que incluso obstruía los filtros de las cafeteras.

Tan poca fortuna tuvo el experimento que los alemanes orientales acabaron apodándolo con sorna «Erich´s Krönung», una combinación sarcástica entre el nombre del dirigente de Alemania Oriental Erich Honecker y Jacob´s Jrönung, la marca de café que consumían sus vecinos de Alemania Occidental. Las autoridades de la RDA esperaban que el sucedáneo acaparara el 80% del suministro. En vez de eso se toparon en 1977 con un aluvión de 14.000 quejas por su mala calidad.

Mirando a las tierras del Sur. Así las cosas, la RDA decidió jugar otra carta: buscó café en otros países socialistas del Sur, como Angola, Etiopía o Mozambique. Al fin y al cabo a Alemania Oriental tal vez no le sobrasen sacos de café, pero podía negociar con otras mercancías codiciadas, como armas. La propuesta convenció al líder Mengistu Haile Mariam, de Etiopía, que vio cómo a cambio de los valiosos granos llegaba equipamiento militar con el que aplastar a los disidentes.

Thornyke señala un acuerdo que permitiría a la RDA importar unas 5.000 toneladas anuales de café a cambio de armas y equipamiento, lo que ahorraría a Alemania Oriental un buen puñado de millones de dólares. El marco global es sin embargo más complejo: además de la filosofía de «solidaridad» ideológica, la URSS respaldaba a Etiopía en la confrontación contra Somalia, con lo que el apoyo de la RDA tenía de fondo a Moscú. Los alemanes crearon relaciones también con otros países del sur, como Mozambique, para el carbón, o Angola, para el níquel. Grunge calcula que hasta 1978 las importaciones del grano negro procedentes de Etiopía y Angola suponían alrededor del 40% de la entrada de café en la RDA.

Café con aroma vietnamita. El acuerdo con Etiopía no duró eternamente. A finales de esa misma década las autoridades del país africano exigieron dinero a cambio del grano de café y decidieron poner fin al pacto. En la RDA tocaba buscar alternativas y se topó con otro valioso aliado en el Sudeste Asiático: Vietnam, otra nación socialista que había acogido cultivos en la época colonial francesa y, una vez finalizada la guerra, veía una oportunidad para impulsar sus plantaciones. 

Recuperándose aún de la guerra concluida entre 1975 y 1976, Vietnam decidió ampliar la producción de café y hacia el 77 Alemania Oriental se fijó en el enorme potencial de la nación asiática para el cultivo. En el verano del 80 se había llegado ya a un pacto para crear una plantación en la provincia vietnamita de Dak Lak.

¿El acuerdo? Vietnam exportaría buena parte de su producción a Alemania Oriental, que a cambio se encargaría de proveerla de equipamiento, materiales y expertos para mejorar los cultivos. Grunge asegura que la RDA acabó invirtiendo alrededor de 20 millones de dólares en las plantaciones vietnamitas y que el pacto permitió plantar y cuidar más de 10.000 hectáreas de cafetos, lo que contribuyó al músculo agrícola del país asiático. El plan exigió además movilizar a decenas de miles de trabajadores, que acabaron asentándose en la zona de Dak Lak.

Un acuerdo con luces y sombras. La RDA facilitó la maquinaria, los fertilizantes, pesticidas, especialistas, infraestructura para reasentamientos… lo que permitió que en 1986 Alemania Oriental pudiese importar alrededor de 5.000 toneladas de grano. No logró mucho más. En noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín y en 1990 se declaraba la disolución de la RDA, lo que en la práctica suponía un varapalo para los acuerdos cafetaleros alcanzados en su día con Vietnam. 

La suya fue una victoria casi tan amarga como el propio café: Alemania Oriental no pudo recoger los frutos de su apuesta, pero contribuyó a regar la semilla de lo que hoy es uno de los grandes productores mundiales de café. Es más, a menudo se señala como la segunda potencia global y la mayor si se habla de café Robusta.

El Vietnam cafetero de hoy. Los datos de Statista muestran que en 2022 Vietnam fue el segundo mayor productor de café del planeta, con 29 millones de sacos de café de 60 kilos, un volumen solo superado por Brasil, con una marca de 69 millones. Sus plantaciones aventajan por mucho a las de Colombia, Indonesia o Etiopía, que completan el «Top 5». Según Statista, durante la campaña 2021/2022 se importaron a nivel mundial unos 139,5 millones de sacos de 60 kg de café, lo que supuso un alza de ocho millones de sacos con respecto al año anterior.

El peso de Vietnam es incluso más importante si se analiza la producción de plantas de Robusta, que en base a las estadísticas de World Coffee Research genera el 40% del café comercializado. Los principales productores son Vietnam, Brasil, Indonesia, Uganda y la India, con más del 90% de la aportación global.

Imágenes: Mr & Mrs Backpacker (Flickr), Wikipedia y Anshool Deshmukh (Visual Capitalist)

En Xataka: El tipo al que se le cayeron miles de kilos de café en el puerto de Bremen y, de paso, cambió el mundo: la ciencia detrás del descafeinado

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