Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Un gran enemigo del periodismo del sigo veinte, el vienés Karl Kraus, decía que “al arte no le importa la opinión: se la regala al periodismo para que la valore por su cuenta. Cuando éste le da la razón, el arte está en peligro.” Para Kraus, como para tantos otros pensadores y artistas del siglo pasado y comienzos del presente, el periodismo y los periódicos (y ahora las redes sociales) eran el vómito matutino, el anuncio diario de la inhabitabilidad del mundo, el registro de sus miserias y el pormenor de su banalidad. “No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista”, afirmaba Kraus, antes de rematar con su legendaria descripción del oficio: “Los periodistas escriben porque no tienen nada que decir, y tienen algo que decir porque escriben.”
A pesar del riguroso desprecio, de la vitriólica dureza definitoria del escritor austríaco —y también de su contradicción activa: Kraus antes que otra cosa fue periodista y logró la perfección en el género desempeñándose por años como único director, articulista, reportero, diseñador, formador y distribuidor de su legendaria publicación Die Fackel—, es más que un lugar común en el periodismo de cualquier lugar del planeta escribir sin tener nada que decir y convertir en algo trascendente —opinión o noticia— ese vacío, gracias a la cultura alfabetizada que aún conserva actitudes reverenciales, acríticas, ante todo aquello que se plasma en letras de molde.
Pero como siempre, la verdad está en los matices, las excepciones confirman las reglas y la multiplicidad de nuestra época permite que el veneno se contrarreste con el mismo veneno. Es decir, si el periodismo ha sido el reino de lo frívolo intrascendente, de la irresponsabilidad operativa, del engaño social, también ha sido el horizonte primordial donde se ha construido el mundo contemporáneo, las nuevas sensibilidades e intercambios de lo humano y las posibilidades para el porvenir. La historia de las ideas, a pesar de su disfraz como acontecimiento, no sería la misma en la modernidad sin esos instrumentos cotidianos y adictivos, los periódicos, cuyo trasiego nos permite ser parte del delirante espectáculo que protagonizamos al vivir.
Por otra parte, la historia de la literatura como tal tampoco podría explicarse sin la existencia de los periódicos. La dilatadísima nómina de escritores cuyo oficio primario ha incluido el periodismo bastaría para demostrar que el género es una necesidad insustituible para el espíritu profundo de la modernidad, que ha sido el laboratorio de pruebas de esa red que llamamos civilización y que en él concurren todas las líneas que fabrican el tiempo: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro.
Alguna vez, configurando los términos positivos de la cultura de la época, Susan Sontag reivindicó una estética, la de la resistencia, que por años ha transcurrido entre publicaciones periodísticas y perentorias, algunas de ellas heroicas y otras hasta clandestinas, al modo de un gigantesco cuerpo de signos donde el espíritu crítico manifiesta su irreductibilidad. “Tal o cual estrategia de seriedad o de transgresión puede volverse obsoleta —escribió Sontag—. Pero no así la legitimidad y la necesidad de seguir formulando una estética de la resistencia, resistencia a las barbaridades de nuestra cultura, a los apocalípticos juegos de planificación de nuestros líderes, y al conformismo de nuestras imaginaciones y nuestras vidas.”
Simplificando, podría postularse que el buen periodismo (ni viejo ni nuevo, sino simplemente bueno) es un mero pretexto para hacer literatura con lo inmediato y convertir a las palabras en los memorables caracteres desde los cuales la conciencia observa, fija y describe aquello que lo compone mediante la escritura, y escribir, ya se sabe, es un acto cargado de misterio porque es inacabado e indefinido.
El escritor Etiemble aseguraba que “la escritura no ha hecho, pues, otra cosa que exasperar la tendencia de los hombres a considerar no sólo sagrada sino también creadora a la palabra, tendencia de la que se burla Kabir en el Cabaret del amor: ‘Si repitiendo (la sílaba) Râm —escribió el viejo poeta persa—, el mundo está salvado, entonces diciendo azúcar, la boca se azucara’.”
Aunque la escritura es menos antigua que el lenguaje articulado, su milenaria edad la hace una sustancia con lógica y voluntad propias, que escapa como un resbaloso pez de quienes tienden la red para atraparla. Una canción triste dedicada a Ts’ang Kie, el épico inventor chino de la escritura, asegura que éste lloraba por las noches después de haber conseguido su hallazgo, y que tenía motivos para ello porque quienes practican la escritura no alcanzan nunca lo deseado y aprenden en cambio, trabajosamente, que los dioses no conceden más que la alusión o la mención y nunca, o casi nunca, la expresión.
Muchas leyes, tradiciones y preceptivas han desaparecido entre nosotros, pero no aquellas que rigen y determinan la creación mediante el lenguaje. La razón de esa permanencia transhistórica proviene del origen mismo de las palabras, cuya esencia está en la germinación del universo. “En el principio fue el Verbo”, establece el libro fundacional de nuestra era judeocristiana, en el cual la divinidad crea el mundo nombrándolo, designándolo a través de las palabras. Los Upanishadas, textos sagrados de la tradición hindú, garantizan que quien medite en el sonido de una sílaba llegará a saberlo todo, porque en esa sílaba está todo. El primer contacto de un ser humano con el mundo es la voz de la madre que se escucha desde el vientre, y el último contacto con el mundo es a través del oído, percepción terminal del agonizante.
Más todavía: la metáfora, operación básica de las palabras, consiste en romper las asociaciones de uso común de los elementos habituales del lenguaje para instalarlos en otro contexto, donde gracias a la súbita diferencia que les confiere el desplazamiento cobran nueva vivacidad y componen otro significado. Al ser llevadas más allá de sus sentidos, las palabras acercan el universo que está más allá de los sentidos: muestran lo otro de lo mismo. El ejemplo es clásico: palabras como “tierra”, “habitar”, “poesía”, “hombre”, poseen un significado estable, petrificado por el uso; pero si alguien como Hölderlin escribe: “Poéticamente habita el hombre sobre la tierra”, esas mismas palabras se liberan del pétreo significado común y se funden en una serpiente que avanza, tensa y sutil, para revelar el otro mundo que hay en ellas.
De ahí que pueda informarse que los sexos se juntan, las razas se mezclan, los patos se vampirizan en petróleo catastrófico, las plañideras lloran la sangre derramada, los gemelos se abrazan, las cruces son un punto de fuga, los pezones negros amamantan carne blanca, los genitales se repiten únicos e iguales, los condones de colores flotan, los transterrados sufren, la muerte multiplica sus imágenes, el plasma sanguíneo se trasvasa, las llamas destruyen con su flama encadenada. Son las noticias de hoy, la realidad que danza, los contrarios que se disuelven. O sea: periodismo puro, y en él la época documentada.
Tomado de https://morfemacero.com/



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