abril 19, 2021

El sexo prohibido de las mujeres según ‘La chica del brazalete’

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Jueves,
11
febrero
2021

08:16

El director Stéphane Demoustier propone una relectura del cine judicial tan atenta a la intriga como a las mecánicas sutiles del poder y de los prejuicios que lo informan y nos informan

Melissa Guers en un momento de 'La chica del brazalete'.

Melissa Guers en un momento de ‘La chica del brazalete’.
EL MUNDO

En el ideario de Robert Bresson cuando se planteó rodar ‘El proceso de Juana de Arco‘ se encontraba no tanto recrear la historia como refutarla. Y hacerlo de manera tan violenta que cada segundo de aquel suceso funesto ocurrido a principios del siglo XV acabara por transformarse en materia rigurosamente del presente. Quería, decía el director, “captar la esencia de una joven que poseía esa sed de libertad y de independencia que tienen los jóvenes hoy”. De alguna manera, y con las distancias adecuadas, ‘La chica del brazalete’, la película de Stéphane Demoustier que se estrena este viernes, quiere lo mismo. No es tanto arrogancia o ambición, que quizá también, como simple claridad.

La película debidamente avalada por la crítica y el público francés antes de que la pandemia cerrara los cines y la crítica y el público francés dejaran de avalar nada cuenta una historia tan tremenda como banal: un simple juicio. “Mi idea desde el principio fue recrear la tensión del cine judicial, pero desde una óptica diferente. Lo que me llamó la atención es que cuando te enfrentas a un tribunal de verdad, la verdad nunca aparece. Es todo una cuestión de credibilidad y duda. Por irrefutables que sean las pruebas. Y eso nunca es así en el cine de este género donde todo se resuelve al final”, dice a modo de prólogo a la vez que este cineasta con dos películas más en su haber cita como referencia un par de obras maestras que nada tienen que ver con la norma. Una de ellas es la de Bresson de arriba y la otra, algo más oculta, la cinta judía de los hermanos Elkabetz ‘Gett: El divorcio de Viviane Amsalem’. De la primera, se queda con la postura silenciosa e iluminada de la protagonista y mártir. De la segunda, con la capacidad de la palabra, que no la imagen, para construir un relato con alma de laberinto eminentemente cinematográfico.

Para situarnos, el brazalete al que hace mención el título es el aparato adosado al tobillo de la protagonista y que da noticia a la policía en todo momento de su posición. Ella, interpretada por la actriz de gesto hierático Melissa Guers, está acusada a sus 16 años de haber asesinado a su mejor amiga. Y haberlo hecho de la más brutal y sanguinaria de las maneras. Los indicios la señalan. Pero sobre todo la marcan con un bien visible estigma al haber sido el objeto de una broma pasada y pesada por parte de la difunta. Fue grabada mientras mantenía relaciones sexuales con un amigo y esas imágenes fueron distribuidas en red. ¿Venganza? ¿Cuánta culpabilidad es atribuible al sexo de por sí? ¿Cuánto mancha el sexo? Y así.

“No descubro nada si digo que lo que más ha cambiado la adolescencia en mucho tiempo son las redes sociales. A determinada edad, siempre ha habido un conflicto generacional y la familia se ha comportado en la vida de un joven a la vez como un lugar de refugio y una cárcel. Ésa es una experiencia compartida desde hace mucho tiempo por todos los adolescentes que han existido en el mundo. Sin embargo, las redes sociales lo cambian todo”, dice el director sin intención de mostrarse ni como sociólogo ni como polemista. Simplemente su idea es hacer patente su pavor. “A todas las inseguridades de la edad, súmale ahora la obligación de estar permanentemente expuesto y de reafirmarte constantemente ante los demás cuando sólo tienes dudas”, añade con un gesto de indisimulado terror.

La película se hace cargo de todo lo anterior y lo traslada al interior de una sala de juicios. Allí todo discurre con una extraña normalidad o, si se prefiere, una normal extrañeza. Todo es artificial, desde la postura paternalista de los abogados a la agresividad de la fiscal pasando por el desconcierto de los padres, pero todo ello cumple una función que se cree natural: llegar a la verdad. “Lo curioso es que se parte de una posición aséptica en la que no cabe o no debe caber ningún prejuicio o idea preconcebida. Pero eso no es así”, advierte el director. De repente, el tabú de la sexualidad de los hijos surge con toda la violencia. Nada más violento para un padre. Y de su mano, la libertad sexual como afrenta. “Por progresista que se quiera o pretenda, a la sociedad aún le cuesta aceptar que una mujer pueda ejercer plenamente su libertad sexual. Y mucho menos hacer gala de ello. O simplemente contarlo. No se ve como algo normal y en un juicio aún hoy se utiliza para manchar la reputación o atacar la credibilidad de las mujeres”, dice el director.

Precisamente en este último punto, el de los sobreentendidos que jamás una persona educada se permitiría aceptar como propios, es donde se hace fuerte ‘La chica del brazalete’. Y de ahí su poder de convicción y su magnetismo. El espectador es arrojado a un cruce de declaraciones donde los delatados, y hasta culpables, son tanto la Justicia (con la j mayúscula de la institución) como sistema para impartir justicia como la propia audiencia. La interpretación de Guers de la mano de una puesta en escena completamente desnuda de adornos guía los pasos a una fina y precisa disección de cada uno de los prejuicios, de cada uno de los errores, que nos habitan. Y ahí el acierto y el miedo incluso.

Quería Bresson convertir a una mártir del pasado en un ejemplo de libertad de hoy y ahora es Demoustier el que se empeña en poner en duda la propia libertad. La de hoy.¿Y si el brazalete lo llevásemos todos, pero muy adentro? ¿O en el móvil incluso? Bonita metáfora.

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