abril 19, 2021

El seductor o las confesiones de un hombre solo (fragmento I)

Casi siempre hago lo mismo. Una vez que estamos en la cama las bocas se convierten en la piedra angular: besar y besar. Los labios se comunican a través de un lenguaje sin palabras. La lengua acaricia a la otra lengua,...

Casi siempre hago lo mismo. Una vez que estamos en la cama las bocas se convierten en la piedra angular: besar y besar. Los labios se comunican a través de un lenguaje sin palabras. La lengua acaricia a la otra lengua, la saliva se hace una. Mis manos recorren el cuerpo de Ella —aunque sean distintas mujeres, todo el tiempo es Ella—, por encima de la tela, por varios minutos, pues nunca hay que llegar a la desnudez tan rápido. Si algo he aprendido es que la premura no es bien recompensada. Los muslos, la espalda, los brazos y las manos, son tan importantes como los senos y las caderas. Me encanta entrelazar mis dedos con los de Ella mientras la beso; le hace sentir segura y amada, aunque sea por un segundo. Me gusta hacerlas pensar que no todo se trata del cuerpo, que hay algo más. Después, hay que quitar el sostén, tomar sus pechos para besarlos y lamer sus pequeñas cúpulas. A veces hay ligeros mordiscos, juegos con la lengua y las yemas de los dedos. Viene el instante decisivo, tocar su monte de Venus, su entrepierna y su sexo. Gusto de que mojen la ropa interior, casi nunca se las quito por completo si no se han mojado lo suficiente. En ocasiones, pequeños regueros han corrido por sus piernas, pero siempre sus labios esperan como un pórtico entreabierto. Húmedo y dispuesto a recibirme. Y bueno, llega el momento de introducir el dedo; con suavidad, como una lenta caricia, presionando un poco hacia arriba. Tocar con ritmo y delicadeza. Salir y frotar su clítoris, esa cima que esconde un secreto, ese iceberg de carne dulce y sensible. De forma paralela, besar el cuello, lamer su oído y morder el lóbulo de su oreja. Susurrar palabras bondadosas: “me fascinas”, “anhelaba este momento desde que te vi”. Deslizarme como un pez por su figura, sus hombros y su vientre. Nadar por encima del mar que es Ella, admirarla con deseo y darle la certeza de que no hay defecto alguno. Hacerle saber con el tacto que esa piel que habita es perfecta, que ninguna estría es desagradable, que las cicatrices y los lunares son hermosos, y que el vientre plano no es indispensable en absoluto. Que la belleza de un ser dispuesto al placer es completa. Esa es la oportunidad de poner mi boca en su sexo, de hacer algo que me haga permanecer en su memoria.

Pero, ¿cómo se llega a ese instante? ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿Cómo traspasar la frontera que hay entre un café por la tarde o una copa de vino por la noche, y la cama colmada  de sudor? La risa es una estrategia, la inteligencia es otra; además, ambas combinan a la perfección. Sin embargo, lo que probablemente me ha funcionado más es que intento ocultar mis verdaderas intenciones. La seducción es un juego de mentiras y verdades, de sinceridad y falsedad. No obstante, quiero dejar en claro que estas mentiras no son malintencionadas, me refiero más a una impostura, a una actuación. A la fingida sorpresa al momento de dar el primer beso; a la “tímida” invitación para ir a mi casa; a la cama bien arreglada, los pisos limpios y la botella de licor, a pesar de “no tener planeado nada”. Pero tal vez nunca he sido yo el que ha seducido a alguien, tal vez he sido la presa y no el cazador, pero sea como sea, las cosas han salido bien, casi siempre.

No puedo sostener que mi estrategia sea la mejor, ni tampoco asegurar que en otros pueda funcionar, pero sí puedo apelar a su eficacia. A la enorme satisfacción que me ha dado. A las experiencias que, pese a su reiteración, nunca han dejado de sorprenderme y de gustarme. Y aunque hay semejanzas en todas ellas, tanto sucesos como mujeres, hay también distinciones que convierten a cada evento en algo único. En algo que me transforma en un buscador insaciable. En alguien que se conduce de manera meticulosa hasta lograr su cometido.

Disto mucho de ser un hombre hermoso, porque no tengo reparo en aceptar y admirar, incluso, la belleza masculina. Tampoco poseo una enorme riqueza ni el menor vestigio de talento para las artes. El uso de la palabra es una de mis mejores virtudes. No obstante, generalmente he sido perezoso para escribir. Creo que las novelas son un género casi muerto y los poemas nunca me han gustado lo suficiente. Si algo pienso de mí, es que he logrado forjar una personalidad que aparenta seguridad y encanto. Me regocijo en conocer gente nueva a pesar de ir a los mismos lugares. De tener gustos flexibles y poder escuchar tan bien como hablo. Porque hay mujeres a las que no les agrada escuchar, que hablan y hablan, lo cual no me disgusta en absoluto. Tampoco es que finja interesarme en lo que dicen, de verdad me interesa casi cualquier cosa que sale de sus bocas. Desde el maquillaje que compraron en un viaje al extranjero, hasta la tesis de la maestría, pasando por la alergia a ciertos alimentos y lo molestos que son algunos compañeros de trabajo.

He tratado de liberarme de ciertos prejuicios, los que no me convienen, claro; por ejemplo, el de asumir que todas las mujeres se interesan por las cosas materiales, que caen rendidas ante los obsequios caros o que se fijan en la marca de la ropa y en los aspecto más superfluos de la vida. Es intimidante, es verdad, sentarse a comer con una mujer que carga más dinero en la cartera, más viajes en su haber, más estudios y mejores conocimientos sobre la realidad; pero he comprendido que la vida no siempre es una competencia, y me he percatado de que muchas de ellas se han despojado de la terrible costumbre de fingir que son menos, sólo para no lastimar nuestra sensible hombría. Asimismo, soy honesto al expresar mi admiración por sus logros, su tenacidad y talento. Sobre otros convencionalismos, he tenido sorpresas en sumo agradables. Acompañantes que no depilaron sus piernas, por ejemplo, porque en verdad no creyeron que las cosas llegarían a tanto. No me molesta el vello, es parte de la naturaleza, al contrario, por varios motivos me agrada hallarme en esas circunstancias, pues hay regocijo en que se sientan cómodas así y es un triunfo al deseo el no detenerse por un detalle que carece de importancia. Los hombres que dicen tener aversión por el vello, los olores, los kilos de más y las marcas en la piel, no desean mujeres reales, viven engañados por la ficción y el erotismo fraudulento.

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