El escritor Carlos Fonseca gana en Alemania el premio Anna Seghers

El escritor costarricense-puertorriqueño conversó con DW sobre su obra, premiada en Alemania, y la nueva visibilidad que alcanzan la literatura y la cultura latinoamericanas en el contexto global.#Sonora #Expresion-Sonora.com Tomado de http://rss.dw.com/rdf/rss-sp-all...

Cumpliendo el mandato de la escritora alemana Anna Seghers, la fundación que lleva su nombre distingue cada año a dos autores jóvenes, uno alemán y otro latinoamericano. Seghers huyó del nazismo en 1941 y se refugió en México, donde vivió hasta regresar a la entonces RDA, en 1947.

Entre los galardonados desde 1986, figuran Gioconda Belli, Pedro Lemebel y Fabián Casas. En 2024, el premio, dotado con 12.500 euros para cada uno, recae en el alemán Johannes Herwig y en el costarricense-puertorriqueño Carlos Fonseca.

El escritor centroamericano, autor de las novelas Coronel lágrimas, Museo animal y Austral, y profesor en la Universidad de Cambridge, celebra este premio con una feliz coincidencia. Al teléfono desde Londres, donde reside, Fonseca cuenta a DW que en el mes de febrero se publica la traducción al alemán de su última novela, por la editorial Wagenbach. En abril presentará Austral en Berlín, Múnich, Bremen, Hamburgo, Fráncfort y Halle, invitado por el Instituto Cervantes.

Deutsche Welle: Su vida está marcada por diversos orígenes y permanencias. ¿De donde diría que es?

Carlos Fonseca: Creo que soy un poco de esos cruces. Mi padre es costarricense, mi madre es puertorriqueña y muy tempranito, a los 7 años de edad, pasé de Costa Rica a Puerto Rico. Ese desplazamiento me determinó muchísimo. Sobre todo, porque después seguí desplazándome y esos viajes de alguna manera me han definido y también la forma en la que escribo y el tipo de itinerarios o de cartografías que trazan mis novelas.

Tienden a ser novelas que viajan o novelas sobre viajes transatlánticos, viajes norte sur. Creo que viene un poco de ese dato biográfico.

¿Es una marca evidente en su trabajo?

Sí, cada vez más. Sobre todo la última novela, Austral, trabaja el tema del desarraigo, de sentirse un poco extranjero en todas partes y de encontrar en esa extranjería un sentido de desarraigo, pero también sentidos de posibilidad, de convertirse en ciudadanos globales con todo lo que eso implica, para bien y para mal.

¿De qué manera influye en su escritura el vivir inmerso en un idioma que no es el suyo?

Creo que determina la relación que tengo con el español. A veces puedo pasar una semana en que la lengua que hablo es el inglés, incluso con mi esposa hablo en inglés, pero eso determina que el español se ha convertido en una lengua casi privada para mí, con la que tengo una relación de intimidad, que también es lo último que me queda de mis orígenes. Escribir en español, después de llevar 18 años afuera de América Latina, es una manera de mantenerme arraigado a esa tierra.

¿Se siente parte de la tradición de la literatura latinoamericana?

Sí, definitivamente, es la tradición que siento más mía, con todas sus complejidades. Es decir, me siento como un escritor centroamericano caribeño, pero que encuentra en la categoría de escritor latinoamericano una forma de identificarse. En su obra hay un interés por cruzar fronteras y explorar temas como la interculturalidad… Sí, me interesa qué pasa cuando esas fronteras se vuelven porosas y empiezan a viajar y a haber contacto entre distintas culturas, cómo podríamos definir la cultura, más allá de conceptos de pureza y de simplemente raíces, sino más por el lado de las rutas, del contacto, de la hibridez. Ese tipo de interacciones me interesa mucho y las exploro en las novelas.

¿Cuáles son sus referentes en la literatura?

Dependen mucho del libro. Diría que en Austral hay un referente inmediato alemán, que sería la obra

de W. G. Sebald, esa forma de acercarse a la historia a través de los relatos ruinosos que quedaron de varias historias de violencia y que se cruza con obras de escritores latinoamericanos que aprecio muchísimo, como el argentino Ricardo Piglia o el chileno Roberto Bolaño, también otro escritor trotamundos.

Vengo un poco de ahí y entro en diálogo con autores y autoras contemporáneos que respeto mucho, como Cristina Rivera Garza, que fue ganadora del premio Anna Seghers. Su obra se inserta en discusiones muy actuales, como las violencias y la memoria.

¿Por qué le interesa explorar esos temas?

Creo que ahí está la política de todo el asunto. Si uno viene de regiones como las nuestras, en el caso de Austral la región centroamericana, que a través de los 1980 pasó un período de violencia extrema, es inevitable regresar ahí y preguntarse qué significaría rendir testimonio.

¿Cuál es la situación de la literatura latinoamericana actual en el contexto global?

Yo creo que tiene muchísima visibilidad, respeto y prestigio en el extranjero. Después del efecto del bum de Roberto Bolaño, el mundo ha vuelto a mirar hacia América Latina como un lugar de superproducción literaria. Al día de hoy, muchas de las grandes figuras en el panorama internacional, como Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón Cámara y Benjamín Labatut, son escritores latinoamericanos. Ha habido una especie de nueva visibilización de la literatura latinoamericana en el aspecto global y, sobre todo, en términos de géneros que habían sido considerado como menores, como la literatura gótica o neogótica, que ahora se produce en América Latina.

¿Se encasillaba o veía la literatura latinoamericana de una manera uniforme?

Sí, todo el asunto del realismo mágico durante mucho tiempo determinó lo que se esperaba, en términos casi mercantiles. Bolaño y otros escritores vinieron a liberarnos un poco de eso y ahora creo que podemos hacer lo que queramos. Esa libertad ahora se aprecia y también la aprecian los lectores.

Desde la docencia ¿nota interés por conocer la literatura latinoamericana?

Sí, ha sido lindo ver que la mayor parte de los estudiantes ahora tienen cada vez más interés no solo en la literatura latinoamericana, sino que en la cultura hispanoamericana. Y eso no solo pasa por los libros, sino que por el fenómeno de las culturas de masas, como por ejemplo la música o las series de televisión, desde el reggaetón hasta Narcos, en Netflix.

Ha habido cierto resurgimiento de lo hispanoamericano. Me interesa mucho el hecho de que no están cantadas o traducidas al inglés. El español, como lengua, ha ganado cierta visibilidad y sonoridad, que tal vez no tenía antes, cuando los escritores y músicos latinoamericanos sentían que tenían que cantar o escribir en inglés para llegar a esa visibilización. Hoy día no. Lo veo en los estudiantes, que cada vez más se acercan al español, incluso en Europa, como el lugar donde están ocurriendo cosas.

¿Qué significa para usted el premio Anna Seghers?

Significa muchísimo, por dos razones. Los premios están un poco determinados también por la lista de ganadores anteriores y ahí encuentro escritores y escritoras a quienes admiro muchísimo. Por mencionar algunos, Cristina Rivera Garza, Lina Meruane, Fernanda Melchor, Alia Trabucco Zerán y Hernán Ronsino, son escritores que leo constantemente y son también amigos con quien converso.

Estar en esa compañía para mí significa muchísimo. La otra cosa linda es que, con respecto a la propia obra de Anna Seghers, tenía referencia porque en la universidad trabajo literaturas poscoloniales y específicamente al pintor cubano Wifredo Lam, que estuvo en Marsella e hizo el mismo viaje transatlántico que Anna Seghers hizo, en su caso hasta México y en el de Lam fue a través de Martinica, en el mismo barco, y llegó a Cuba. Pensar que este premio me lleva hacia ese mismo viaje transatlántico significa mucho, también por mis propios intereses, que no son nada más académicos, sino también de alguna manera vitales.(ms) 

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