El derecho de no hacer | por Alberto I. Gutiérrez

El decrecimiento sufrido no tiene evidentemente nada que ver con el decrecimiento elegido. El proyecto de una sociedad de decrecimiento es radicalmente distinto al crecimiento negativo. Dicho proyecto es comparable a una cura de austeridad emprendida voluntariamente para mejorar el propio bienestar cuando el hiperconsumo llega a amenazarnos con la obesidad. En cambio, el crecimiento negativo es la dieta forzada que puede llevarnos a la muerte por inanición.

Serge Latouche y Didier Harpagès (2010:20) | La hora del decrecimiento

En una ciudad gris, a finales del mes de diciembre, Raquel Salgado, pintora y docente de la Academia Estatal de Bellas Artes, recibió un paquete de parte de uno de sus exalumnos. Por la inscripción que lo acompañaba apenas pudo saber de quién se trataba, y para confirmar sus sospechas, tuvo que recurrir a un anuario escolar para conferirle un rostro a ese ser del pasado que convirtió al olvido en su morada.

Una vez aclarada esta primera parte del enigma, del misterio, Raquel se dispuso a remover el envoltorio de papel, algo que le recordó por unos breves instantes cuando de niña se disponía a abrir los regalos de navidad. Al principio, ella sospechaba que se trataba de un cuadro, algo que dedujo a partir de la forma rectangular del objeto, sin embargo, el peso del mismo la desconcertó. Posteriormente esta conjetura se vendría abajo cuando se topó con una caja de cartón que contenía unos cuantos tubos de óleo, pinceles, espátulas y un par de hojas de papel acomodadas delicadamente entre los materiales. Raquel pensó que tal vez su antiguo estudiante había logrado el sueño, la quimera de ser artista, o que simplemente trabajaba en una compañía de utensilios para creadores, e intentaba hacer migas con ella como ya le había ocurrido en el pasado. Pero de pronto, esas sospechas fueron descartadas cuando la maestra leyó las líneas del documento adjunto.

Resulta que su exalumno había decidido renunciar al mundo del arte debido a que su hacer era intrascendente y no quería contribuir a la saturación de dicho campo. El remitente afirmó que su obra no le había cambiado la vida a nadie, ni siquiera a él mismo, y era por estas razones que quería materializar su dimisión a través de este inusual obsequio. El texto concluía haciendo énfasis en la finitud de los recursos del mundo y con una petición a su maestra para que aprovechara al máximo sus viejos materiales, que hiciera algo extraordinario con ellos, ya que él era incapaz de alcanzar dicho objetivo. Aquel documento, resultado probable del conocimiento de los propios límites, dejaba entrever una suerte de rechazo contra la tesis de producción sin conciencia, para esbozar una idea curiosa: si existen derechos para producir o hacer ciertas cosas, es menester que también se promueva el “derecho de no hacer”, de no desarrollar algo a menos que sea indispensable o se esté seguro de que se logrará la excelencia.

Después de la lectura, la pintora no pudo evitar sentirse halagada por todo lo que acababa de ver en aquellas líneas. Sencillamente, no era el tipo de lambisconería al que estaba acostumbrada. Así que antes de proseguir con sus deberes, decidió hacer una pequeña pausa, tomando asiento para meditar un poco, reajustando los contornos de su vida psíquica. Con gran esfuerzo, Raquel intentó recordar la obra de su antiguo alumno, cosa que no pudo lograr a pesar de sus esfuerzos, dando como resultado una decepción minúscula. En efecto, su producción artística debió haber sido mediana, al no poder hallar testimonio de ésta en los recovecos de su mente.

En eso su madre, la señora Luisa de Salgado, quien se encontraba de visita para pasar las fiestas de fin de año, ingresó al recinto para preguntarle a su hija sobre la correspondencia recibida. Raquel simplemente le dijo que un estudiante suyo no había conseguido el éxito, pero que juntos podrían alcanzar un par de metas, una revolución, quizás el comienzo de un movimiento. Su madre le contestó que eso le parecía adecuado, una gran idea en verdad, para después salir de ahí en busca de Manchas, su perrita criolla de siete años de edad. Luego de buscarla por unos instantes en el patio trasero, doña Luisa por fin dio con su paradero, hallándola dormida en una de las sillas del desayunador de exterior. Fue entonces que la alzó con sus brazos, le dio unos besos en los cachetes para después revelarle su opinión sobre los habitantes del mundo del arte, diciéndole que eran personas que siempre le habían parecido enigmáticas, individuos simplemente incomprensibles.

Tomado de http://Notaantrpologica.com/