Pedro Coronel pertenece a esa estirpe de creadores cuya obra no solo define una época, sino que la trasciende. Nacido en Zacatecas en 1921 y fallecido en Ciudad de México en 1985, el pintor y escultor construyó uno de los universos plásticos más intensos y rituales del arte mexicano. Su fuerza creativa, alimentada por raíces ancestrales y una sensibilidad moderna, continúa resonando con una profundidad que pocas voces artísticas han logrado alcanzar.
Formado en La Esmeralda, Coronel desarrolló una mirada interior poderosa. Su estancia en París —conviviendo con Brancusi y dialogando con la vanguardia europea— no diluyó su identidad: la agudizó. Regresó a México con una convicción firme de que el color podía ser espíritu, energía, destino. Sus obras no se contemplan: se enfrentan. Rojos volcánicos, amarillos solares y azules rituales construyen un lenguaje emocional que encarna tensión, vibración y misticismo.
Críticos mayores lo supieron desde temprano. Luis Cardoza y Aragón celebró su capacidad de hacer “vibrar al espectador”; Octavio Paz subrayó su maravillosa intuición para escuchar “lo que el color dice dentro de nosotros”; Juan Rulfo reconoció su poder para “volver presente lo antiguo sin copiarlo”. Esta triada crítica confirma que Coronel no era un pintor más: era un intérprete de lo profundo.
Aunque se le asocia con La Ruptura, su rebeldía antecede al movimiento. Coronel rompió con los parámetros del muralismo antes de que la ruptura se institucionalizara. No le interesaba ilustrar discursos ni representar narrativas ideológicas. Su misión era espiritual: transformar el mito en forma, la emoción en color, la memoria ancestral en una modernidad universal.
Su labor escultórica —máscaras, tótems, figuras míticas— amplifica esta búsqueda. Sus piezas tridimensionales parecen surgir de un tiempo remoto, aunque su lenguaje es absolutamente contemporáneo. Pocas obras en México logran este equilibrio entre pasado y presente, entre raíz e innovación.
Uno de los capítulos menos difundidos de su trayectoria es su presencia institucional fuera del país. Documentación familiar confirma que Coronel realizó un mural para la sede de la International Labour Organization (OIT) en Ginebra, Suiza. Este hecho, poco mencionado en revisiones críticas, dimensiona la proyección internacional del artista y subraya la universalidad de su mirada.
Tres obras condensan su legado visual:
Guerrero Rojo, una encarnación del espíritu combativo del color;
Animales Fantásticos, donde el mito renace con una fuerza luminosa;
La Lucha, una tensión del alma convertida en forma pura.
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El color como destino: la revolución silenciosa de Pedro Coronel
Estas piezas son testimonio de una verdad que atraviesa toda su producción: Coronel no usaba colores, los invocaba.
Su legado se consolida con la creación del Museo Pedro Coronel en Zacatecas, formado a partir de una de las colecciones de arte universal más importantes donadas por un artista mexicano. Es un museo que encarna la convicción del autor: el arte es patrimonio humano, puente entre culturas y herencia de la conciencia.
En tiempos donde lo inmediato desplaza a lo profundo, la obra de Coronel se vuelve aún más necesaria. Nos recuerda que el arte es confrontación, que el color es lenguaje y que la modernidad puede surgir —y resurgir— desde la raíz ancestral.
Pedro Coronel es, sin duda, uno de los pilares más vibrantes del arte mexicano del siglo XX, y su obra, como su legado, sigue encendida.
(*) Francesca Scapigliati Luna pertenece a una familia profundamente vinculada al arte y la cultura mexicana: es bisnieta del maestro Carlos Mérida y de la bailarina Ana Mérida. Su interés por el arte moderno latinoamericano forma parte de su historia familiar y de su propio quehacer diario.
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Tomado de https://www.forbes.com.mx/



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