El Café Anglais: gastronomía literaria

El Café Anglais: gastronomía literaria

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

A Fernando Solana Olivares 

I. El festín de Babette, de la baronesa Blixen

Karen Dinesen firmó como hombre –Isak Dinesen– y al casarse con el barón Brör Blixen, empezó a firmar como la baronesa Blixen. Escritora danesa, se fue a África a administrar una granja, aventura de la que nació su libro África mía. Extraordinaria cuentista –quizá ella y la recién fallecida Alice Munro fueron las mejores cuentistas del siglo XX– escribió un cuento inolvidable: El festín de Babette, protagonizado en el cine por Stéphane Audran en 1987.

En este relato se nos narra cómo Babette llega a Jutlandia, una región danesa olvidada y casi ártica, para servir a cambio de nada a dos hermanas protestantes, que la reciben por caridad. Ellas le enseñan a hacer sopa de pan, sin saber que ella fue la cocinera, en París, del Café Anglais. Un día se gana la lotería. Las hermanas se entristecen, convencidas de que las abandonará, toda vez que acaba de recibir una fortuna –10 mil francos–. Ella les pide como un favor –nunca les ha pedido algo– que le pemitan cocinarles a ella y su círculo íntimo una cena francesa.

El menú es codornices «au sarcophage«, es decir, codornices en un volován (vol-au-vent), sopa de tortuga, frutas, amontillado, vinos y champaña del más alto nivel. Nos dice el cuento:

«El general Loewenhielm dejó de comer y se quedó inmóvil. Una vez más se sintió transportado a aquella cena en París, cuyo recuerdo le había venido a la memoria en el trineo. En ella habían servido un plato increíblemente suculento y recherché; en aquella ocasión le había preguntado el nombre a su vecino, el coronel Galliffet, y el coronel le había dicho sonriente que se llamaba cailles en sarcophague. Le había dicho además que el plato lo había inventado el chef del mismo café en el que estaban cenando, persona conocida en todo París como el genio culinario más grande de su tiempo, que –sorprendentemente– ¡era una mujer! ‘Y en efecto’, había añadido el coronel Gallifet, ‘esta mujer está convirtiendo una cena en el Café Anglais en una especie de aventura amorosa…, ¡en una aventura sentimental de esa noble y romántica categoría en la que uno ya no distingue entre el apetito corporal o espiritual y la saciedad!». (Por cierto, amigos lectores, pueden encontrar la receta en internet, lleva trufas, cognac, paté y echalotes, entre otras delicias).

Siempre pensé que el Café Anglais era una invención de la escritora danesa, hasta que…

II. La educación sentimental, de Gustave Flaubert

En una relectura de esta novela de Flaubert, publicada en 1868, me di cuenta –con la satisfacción y la alegría del arqueólogo que descubre un vestigio enterrado que da luz sobre una civilización–, que el Café Anglais sí existió. 

Se encuentran la Mariscala y Fréderic Moreau:

          » –¿Volverá la señora a cenar?

           — No. Cenaremos juntos en algún sitio, en el Café Anglais, donde usted quiera». (…)

           A la puerta del Café Anglais, despidió al coche. 

           –Sigue tú, ahora mismo voy -dijo ella.

Entró solo en el reservado. (…) Entró Rosanette (la Mariscala) y le besó en la frente. 

          Pidió ella ostras y se sentaron a la mesa. 

          La Mariscala se puso a leer la carta: se detenía en los nombres raros. 

          –¿Y si comiéramos, por ejemplo, conejo a la Richelieu y un pudding a la Orléans?

          –¿Preferiría un rodaballo a la Chambord?

          La Mariscala se decidió por un simple solomillo, unos cangrejos de río, trufas, una ensalada de piña y un helado de vanilla. Pidió un Borgoña. (…)

Acodada sobre la mesa, mordía una granada. Las bujías del candelabro que tenia ante ella temblaban al aire, y esa luz blanca le daba unos tonos de nácar a su piel, sonrosaba sus párpados y hacía brillar sus ojos; el vino rojo de la fruta se confundía con el de sus labios; las finas aletas de su nariz se estremecían; y toda su figura tenía algo de insolente, de ebriedad y de perdición que exasperaba a Fréderic, y sin embargo le llenaba de locos deseos».

Esa exultante embriaguez es similar a la que sienten los comensales del festín de Babette aunque esa excitación se traduce en el cuento en una epifanía, en un momento de felicidad perfecta, en una sabiduría sin matices.

III. Una hipótesis

Al comparar estas obras, formulo esta hipótesis:

Creo que Karen Dinesen leyó La educación sentimental de Flaubert y la lectura del fragmento que acabas de leer, amigo lector de Morfemacero, fue la inspiración de su relato El festín de Babette.

Después de releer ambos textos, la novela del escritor francés y el cuento de la escritora danesa, ¡estoy seguro de que tengo la razón!¡Que viva el Café Anglais y sus cailles au sarcophage

Haremos una pausa en estas entregas semanales. Nos vemos pronto… 

Tomado de https://morfemacero.com/

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

A Fernando Solana Olivares 

I. El festín de Babette, de la baronesa Blixen

Karen Dinesen firmó como hombre –Isak Dinesen– y al casarse con el barón Brör Blixen, empezó a firmar como la baronesa Blixen. Escritora danesa, se fue a África a administrar una granja, aventura de la que nació su libro África mía. Extraordinaria cuentista –quizá ella y la recién fallecida Alice Munro fueron las mejores cuentistas del siglo XX– escribió un cuento inolvidable: El festín de Babette, protagonizado en el cine por Stéphane Audran en 1987.

En este relato se nos narra cómo Babette llega a Jutlandia, una región danesa olvidada y casi ártica, para servir a cambio de nada a dos hermanas protestantes, que la reciben por caridad. Ellas le enseñan a hacer sopa de pan, sin saber que ella fue la cocinera, en París, del Café Anglais. Un día se gana la lotería. Las hermanas se entristecen, convencidas de que las abandonará, toda vez que acaba de recibir una fortuna –10 mil francos–. Ella les pide como un favor –nunca les ha pedido algo– que le pemitan cocinarles a ella y su círculo íntimo una cena francesa.

El menú es codornices «au sarcophage«, es decir, codornices en un volován (vol-au-vent), sopa de tortuga, frutas, amontillado, vinos y champaña del más alto nivel. Nos dice el cuento:

«El general Loewenhielm dejó de comer y se quedó inmóvil. Una vez más se sintió transportado a aquella cena en París, cuyo recuerdo le había venido a la memoria en el trineo. En ella habían servido un plato increíblemente suculento y recherché; en aquella ocasión le había preguntado el nombre a su vecino, el coronel Galliffet, y el coronel le había dicho sonriente que se llamaba cailles en sarcophague. Le había dicho además que el plato lo había inventado el chef del mismo café en el que estaban cenando, persona conocida en todo París como el genio culinario más grande de su tiempo, que –sorprendentemente– ¡era una mujer! ‘Y en efecto’, había añadido el coronel Gallifet, ‘esta mujer está convirtiendo una cena en el Café Anglais en una especie de aventura amorosa…, ¡en una aventura sentimental de esa noble y romántica categoría en la que uno ya no distingue entre el apetito corporal o espiritual y la saciedad!». (Por cierto, amigos lectores, pueden encontrar la receta en internet, lleva trufas, cognac, paté y echalotes, entre otras delicias).

Siempre pensé que el Café Anglais era una invención de la escritora danesa, hasta que…

II. La educación sentimental, de Gustave Flaubert

En una relectura de esta novela de Flaubert, publicada en 1868, me di cuenta –con la satisfacción y la alegría del arqueólogo que descubre un vestigio enterrado que da luz sobre una civilización–, que el Café Anglais sí existió. 

Se encuentran la Mariscala y Fréderic Moreau:

          » –¿Volverá la señora a cenar?

           — No. Cenaremos juntos en algún sitio, en el Café Anglais, donde usted quiera». (…)

           A la puerta del Café Anglais, despidió al coche. 

           –Sigue tú, ahora mismo voy -dijo ella.

Entró solo en el reservado. (…) Entró Rosanette (la Mariscala) y le besó en la frente. 

          Pidió ella ostras y se sentaron a la mesa. 

          La Mariscala se puso a leer la carta: se detenía en los nombres raros. 

          –¿Y si comiéramos, por ejemplo, conejo a la Richelieu y un pudding a la Orléans?

          –¿Preferiría un rodaballo a la Chambord?

          La Mariscala se decidió por un simple solomillo, unos cangrejos de río, trufas, una ensalada de piña y un helado de vanilla. Pidió un Borgoña. (…)

Acodada sobre la mesa, mordía una granada. Las bujías del candelabro que tenia ante ella temblaban al aire, y esa luz blanca le daba unos tonos de nácar a su piel, sonrosaba sus párpados y hacía brillar sus ojos; el vino rojo de la fruta se confundía con el de sus labios; las finas aletas de su nariz se estremecían; y toda su figura tenía algo de insolente, de ebriedad y de perdición que exasperaba a Fréderic, y sin embargo le llenaba de locos deseos».

Esa exultante embriaguez es similar a la que sienten los comensales del festín de Babette aunque esa excitación se traduce en el cuento en una epifanía, en un momento de felicidad perfecta, en una sabiduría sin matices.

III. Una hipótesis

Al comparar estas obras, formulo esta hipótesis:

Creo que Karen Dinesen leyó La educación sentimental de Flaubert y la lectura del fragmento que acabas de leer, amigo lector de Morfemacero, fue la inspiración de su relato El festín de Babette.

Después de releer ambos textos, la novela del escritor francés y el cuento de la escritora danesa, ¡estoy seguro de que tengo la razón!¡Que viva el Café Anglais y sus cailles au sarcophage

Haremos una pausa en estas entregas semanales. Nos vemos pronto… 

Tomado de https://morfemacero.com/