‘El Brujo’ estrena a lo grande las obras teatrales del Festival de Mérida

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Actualizado Jueves,
1
julio
2021

14:30

El dramaturgo cordobés, con constantes guiños a los personajes populares de la actualidad, reflexiona sobre la relación entre los hombres y los dioses

'El Brujo' en el Festival de Mérida
‘El Brujo’ en el Festival de MéridaJero Morales

Rafael Álvarez ‘El Brujo’ no deja indiferente a nadie. O se le ama y se le disfruta apasionadamente en su habitual ejercicio de maestría, saber estar y oficio o, por el contrario, recuerdas que, por encima de las carcajadas que provoca sin cesar, que su monólogo ya lo tienes interiorizado en la memoria de su excelsa y brillante trayectoria. No hay grises a la hora de valorarlo. Ocurrió de nuevo en la noche del miércoles en Mérida porque Jesús Cimarro, el director del certamen, le dio cuatro años después al dramaturgo cordobés la responsabilidad de inaugurar las obras teatrales del verano emeritense. Y no defraudó, muy al contrario.

Su espectador es fiel, le espera con anhelo y sabe de antemano que va a saborear, durante más de hora y media en escena, un monólogo brillante, lleno de humor inteligente, con gusto. Utiliza para ello las herramientas precisas que le han llevado al éxito durante su excelsa carrera: relación muy estrecha con el público, transmisión de honestidad intelectual, crítica ácida a los personajes actuales que, sobre todo, aparecen a diario en televisión (desde políticos, artistas, periodistas, monarcas, banqueros, sindicatos, compañías eléctricas,… el establishment en definitiva), pero partiendo siempre de la sabiduría clásica como hilo conductor de todo el montaje, desnudo -como el mismo reconoce- de cualquier elemento complementario en la escena.

La obra es él. Nada más y nada menos, con todo el mérito para descomunal espacio físico que tienen las dimensiones de la escena del Teatro Romano. Y lo llena con el mérito que eso conlleva para atrapar al espectador desde el primer minuto de la representación hasta el último. Sólo la compañía del músico Javier Alejano, que introduce efectos tan breves como eficaces, a veces entre únicamente dos palabras, para apoyar y complementar la representación de la comedia, en este caso basada en los textos de Plauto ‘Los dios y Dios’.

Se trata de una reflexión absolutamente libre -como no podía ser de otra forma- de la obra ‘Anfitrión’, ya representada en varias ocasiones en Mérida (entre ellas por el propio Rafael Álvarez, como él mismo advirtió durante la representación), la última sin ir más lejos en la edición anterior. Un enredo amoroso como telón de fondo entre el dios Júpiter y su hijo Mercurio para engañar al esclavo Sosias y poder pasar una noche de amor con Alcmena, la esposa de Anfitrión, un gran héroe guerrero que regresa de la batalla.

Pero el texto clásico es la excusa para El Brujo, porque detrás de la permanente ironía y el chiste más o menos fácil –utilizando para ello los personajes populares (desde ‘Rociito’ hasta Pedro Sánchez, pasando por Fernando Simón, Isabel Díaz Ayuso, Belén Esteban, Santiago Abascal, Pablo Casado, Miguel Bosé y un largo etcétera)- se encuentra todo un tratado de filosofía -y más tras la incidencia de la pandemia-.

Jero Morales

Hay reflexiones muy profundas sobre algunas preguntas sin respuesta que persiguen al hombre desde su creación; entre ellas, su relación con Dios, con los seres mitológicos, el bien y el mal, la luz y la sombra o la sabiduría o el propio conocimiento interior del ser humano. En definitiva, el misterio de la vida, las catástrofes mundiales, las guerras, la fragilidad humana o la supuesta desatención de Dios en las desgracias. Hasta cita con precisión el Nuevo Testamento.

“Nosotros somos la pregunta y la respuesta”, se interroga constantemente, el principio y el final, el alfa y el omega, y “si hemos creado a los dioses, es que realmente los dioses somos los hombres“, concluye, siempre en clave de humor, pero con una profundidad interna en sus reflexiones. Parte siempre de los clásicos, que conducen al espectador a una catarsis interna después de la obra, si es que no lo impiden -cómo él critica constantemente- el abuso del consumo de la televisión, las redes sociales o el whatssap que nos invaden (“Mercurio era el dios de la tecnología digital”, ironiza).

Todo, y por supuesto también la política, “es un constante reality show”, se queja amargamente mientras le da tiempo a reivindicar la importancia histórica de la comedia (más pensada para la plebe, más chabacana si se quiere, más ‘basura’ para los grandes intelectuales pero realmente -apuesta- la más popular) frente a las tragedias más sofisticadas: “Como la ópera actual”, ironiza.

Con un grandioso dominio de las tablas, un constante juego entre lo humano y lo divino, y siempre desde la elegancia y el respeto en las críticas (también a él mismo, para que no quepa duda), el cordobés ofrece a su vez un homenaje a las grandes obras que han marcado la historia. El Quijote o Hamlet, personajes como Alejandro Magno o hasta recursos históricos teatrales como los ‘lazzi’ (juegos de Arlequín y máscaras que también influyeron en las representaciones del Siglo de Oro). La comedia atelana, con las improvisaciones constantes de los actores, frecuentemente bastante borrachos a la hora de subir al escenario, y la comedia de lo absurdo.

En definitiva, el último de los grandes rapsodas de nuestro país nos vuelve a embarcar en un viaje temporal extraordinario. Un monólogo existencialista, creativo y vital (“vivir sin miedo”, imploró en su despedida a un público entregado de principio a fin) en búsqueda permanente de la verdad y que provoca una profunda terapia psicológica que nos la introduce, casi sin darnos cuenta, con el método infalible de las carcajadas. ¿Se puede pedir más?

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