El auge del liderazgo narcisista en la política moderna: del carisma mediático al personalismo de poder

Desde finales del siglo XX, investigadores en psicología política y ciencia del liderazgo han documentado el crecimiento de un estilo de conducción gubernamental cada vez más visible en distintas regiones del mundo: el liderazgo con rasgos narcisistas. No se trata de un diagnóstico médico, sino de un perfil conductual aplicado al ejercicio del poder.

Este modelo se caracteriza por la centralidad del líder, una autoimagen grandiosa, necesidad constante de validación pública, baja tolerancia a la crítica y una tendencia a personalizar las instituciones.

La política se volvió espectáculo

El fenómeno comenzó a hacerse evidente en la década de 1990, cuando la política se integró de lleno a la lógica mediática. Con la televisión primero y las redes sociales después, la legitimidad dejó de depender solo de estructuras partidistas y comenzó a construirse alrededor de la imagen individual del líder.

En este entorno, los perfiles con rasgos narcisistas encontraron terreno fértil: dominan la narrativa, simplifican mensajes, generan identificación emocional y convierten la política en una historia centrada en su figura.

Figuras frecuentemente analizadas bajo este perfil

Analistas han estudiado a distintos líderes —de ideologías opuestas— que comparten patrones de liderazgo personalista. Entre los casos más citados en análisis político comparado se encuentran:

Silvio Berlusconi (Italia): fusión de política y espectáculo, centralidad mediática del líder.
Hugo Chávez (Venezuela): identificación del proyecto nacional con su figura personal.
Vladimir Putin (Rusia): construcción de imagen de líder fuerte y protector de la nación.
Recep Tayyip Erdoğan (Turquía): personalización del poder y confrontación con contrapesos.
Donald Trump (Estados Unidos): comunicación centrada en sí mismo, discurso binario y uso constante de medios para validación.
Nayib Bukele (El Salvador): uso intensivo de redes sociales y liderazgo altamente personalista.
Javier Milei (Argentina): retórica disruptiva, protagonismo individual y confrontación directa con la “casta política”.

Aunque pertenecen a corrientes políticas distintas, comparten un patrón: el liderazgo se convierte en el eje del sistema político.

¿Por qué estos perfiles ganan las elecciones?

Este tipo de liderazgo tiende a prosperar en contextos de crisis económica o de seguridad, desconfianza en partidos tradicionales, sensación de decadencia institucional y polarización social.

En ese escenario, la seguridad que proyecta el líder se percibe como capacidad de control. La grandiosidad se interpreta como confianza; la confrontación, como determinación.

Ventajas políticas del perfil

Alta conexión emocional con votantes.
Dominio de la agenda mediática.
Mensajes simples y directos.
Imagen de autoridad en momentos de crisis.

Riesgos para las instituciones

Especialistas advierten que el liderazgo narcisista puede tensionar las democracias:

Debilitamiento de contrapesos como tribunales, prensa y legislativos.
Decisiones orientadas a la imagen pública más que a políticas de largo plazo.
Polarización social intensa.
Dificultad para reconocer errores, lo que complica la gestión de crisis.

Un rasgo de época, no de ideología

El fenómeno atraviesa derecha, izquierda y populismos de distinto signo. Más que una corriente política, es un estilo de liderazgo adaptado a la era de la hiperexposición mediática, donde la figura del gobernante puede pesar más que las estructuras institucionales.

El desafío para las democracias del siglo XXI no es solo elegir líderes carismáticos, sino mantener instituciones lo suficientemente fuertes para que el poder no dependa exclusivamente de la personalidad de quien gobierna.

Por Alejandro Palma
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