El asesinato de un mago

El asesinato de un mago

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Todo crimen es un texto, y el de Ioan P. Culianu, un apenas maduro y brillante intelectual rumano experto en magia renacentista y profesor de Historia de las Religiones, asesinado el 21 de mayo de 1991 en los sanitarios del campus de la universidad de Chicago donde era catedrático, fue un texto ritual que alguno de sus colegas definió como una humillación simbólica y física, una mancha y una impureza realizadas en un sitio escatológicamente profano para terminar cualquier vida. 

          Hasta hoy no se sabe quién ajustició a Culianu con un tiro en la nuca y dejó ese maligno mensaje con su muerte. Tampoco de dónde partió la instrucción para hacerlo, pero todo indica que el autor de Eros y Magia (Siruela, Madrid, 1999), el precoz erudito que reemplazaría pedagógica e intelectualmente a Mircea Eliade, su maestro en cierto modo y amigo personal —también en cierto modo: la relación entre los dos era más compleja que la de una amistad o la de un magisterio—, fue ejecutado por la policía política rumana, la Securitate, un instrumento de inteligencia y control sobreviviente del régimen dictatorial comunista de Ceausescu derrocado en diciembre de 1989. 

          Organismo de extrema derecha nacionalista y fanático dirigido por comunistas, autónomo en sentido estricto, que parece haber sido el manipulador de la insurrección revolucionaria contra el dictador y su esclerótico gobierno a pesar de pertenecerle teóricamente, y el verdadero poder tras el escenario después de la “democratización” rumana, la Securitate preocupaba a Culianu, exiliado prestigioso y conocido desde tiempo atrás.

          “El peligro político para Ioan Culianu empezó con su narrativa”, dijeron después del asesinato algunos de sus paisanos escritores. Ted Anton, el penetrante reconstructor de esa inmolación en El caso del profesor Culianu, Siruela, Madrid, 2000), observa que un aprendiz de artes mágicas —y el especialista era mucho más que eso— no podía dejar de jugar con esas artes en sus textos. Diría Voltaire que la mayor desgracia para un escritor no es ser envidiado o ignorado por sus colegas o despreciado por los poderosos, sino ser juzgado por los imbéciles. Acaso mayor tragedia sería la de un escritor como Culianu, quien era atentamente leído por los servicios de inteligencia secretos de su país. “Todo se paga en este mundo —escribiría premonitoriamente años antes—, y las facultades supranormales son las que más caro se hacen pagar”. 

          Son ejemplares en ese sentido —“impactantes”, dice el investigador Anton— ciertos textos narrativos de Culianu que detallaban, como si las conociera, las intrigas entre bastidores de los grupos de inteligencia, o el auge político de una nueva extrema derecha rumana, o la misteriosa desaparición de figuras clave después de la revolución. 

       Las acciones acontecían en un país ficticio, “Jormania”, la historia contada describía el descarrilamiento de un proceso revolucionario luego de la apresurada y sospechosa muerte del viejo dictador, y resultaba inquietante y llamativa porque mezclando hechos reales con otros imaginarios deslizaba ambiguas pero inteligentes alusiones a la existencia de un conocimiento más profundo sobre los hechos políticos, que llevaba a los lectores atentos a preguntarse cuánto más sabía y ocultaba el autor acerca del verdadero y no visible estado de las cosas.

          Sus artículos políticos semanales, implacables y sardónicos, estaban calculados para transponer “intencionadamente el límite del peligro”. Sus observaciones eran claras y sus opiniones lógicas, pero el tono de mordacidad despectiva que empleaba en ellos contra ciertos hombres públicos rumanos, a los que veía como instrumentos de la manipulación policíaca soviética o bien como piezas de la extrema derecha comunista local, pretendía llevar la indignación del público lector más allá del pensamiento consciente e influirlo políticamente contra el poder oculto de la recién fundada república rumana. 

        Esa técnica provenía de los filósofos del Renacimiento que Culianu había estudiado, sobre todo del monje dominico Giordano Bruno, quemado en la hoguera por la Inquisición católica en 1600. Los dos serían asesinados por sus escritos, y quinientos años después Culianu aprendió en Bruno que esa magia era el prototipo de los sistemas impersonales de los medios de comunicación, de la censura indirecta y de los trusts que ejercen un control oculto sobre las masas occidentales. 

       El mago de Bruno postulaba que para controlar inadvertidamente a otros solamente debía conocerse perfectamente a los sujetos y sus deseos, tarea exigente y difícil, y utilizar un gran instrumento manipulador: el eros, aquello que se quiere, aquello que alcanza las cosas más insospechadas en la vida de cualquiera y es la voluntad principal de todos. El odio sólo resulta su reverso. 

        Culianu estudió a Bruno y su magia de psicología de masas, un antecedente de las formas de persuasión que hoy se conocen como técnicas publicitarias, y aplicó al siglo XX y a la escena política rumana contemporánea operaciones de contramagia mediante sus artículos políticos y sus narraciones fantásticas, artefactos cargados de un sentido metatextual que iban más allá del escribir sobre las cosas y significaban, a pesar del riesgo fatal, participar en ellas. 

       Y la contribución que le costó la vida consistió en entender el Estado occidental como un Estado Brujo basado en y actuante según los mismos principios de control emocional e imaginativo, colectivos e individuales descubiertos por el monje dominico exclaustrado que influyó en la arquitectura del teatro Globe de Shakespeare mientras estuvo refugiado en Inglaterra. El teatro, ya se sabe, es imaginación mágica colectiva.

          A través de la magia del Renacimiento —basada en el arte de la memoria y en complejos sistemas simbólicos, en actos influyentes sobre el imaginario común—, Culianu se rebeló, política y esotéricamente, contra la construcción única de la realidad comunista u occidental, contra las técnicas de la publicidad que penetran la vida imaginativa de los sujetos y siembran deseos, miedos, frustraciones, pautas emocionales indispensables para ejercer el control del modo colectivo de pensar, de desear, de odiar sin darse cuenta de ello. Culianu se rebeló contra la historia de nuestros días.

          El mes de abril previo a su muerte, después de haber hecho público su apoyo político al rey rumano y publicarse una incendiaria entrevista donde se manifestaba contra la extrema derecha comunista y el régimen, cuando Culianu habia decidido regresar a Rumanía y aceptar el puesto de director de un Instituto Oriental —el mismo ofrecido cincuenta años atrás a Mircea Eliade antes de que marchara al exilio—, la presión llegó a su límite y confesó a sus cercanos que lo seguían y recibía amenazas, que se sabía en peligro y tenía miedo de volver a su país. Los culpables pertenecían a las fuerzas ocultas en el gobierno. 

          Días después lo mató un asesino solitario del que nada más se tiene un retrato robot y una denuncia extraoficial sobre su pertenencia a la Securitate rumana, hasta hoy presunta responsable del complot criminal. Pero son los magos negros evidenciados quienes asesinan a los magos blancos que los ponen en evidencia y así luchan contra su poder de manipulación. Parece obvio: la política ocurre en un escenario mágico y oculto que no se suele ver.

       El crimen, señaló Anton, planteaba lo que el propio Culianu llamaría un mysterium. Y desde las artes mágicas que estudió toda su vida traspasó el límite entre el juego y la realidad. Aunque él jugara sus asesinos no.

       En Eros y magia en el Renacimiento este inusual erudito, que en sus opiniones periodísticas combinaba la expresividad de un poeta con la profundidad de un experto en ciencias políticas, escribió: “La especial dignidad de la humanidad proviene no de su obediencia sino de su oposición al mundo”. En ello radicó la suya.

Tomado de https://morfemacero.com/

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Todo crimen es un texto, y el de Ioan P. Culianu, un apenas maduro y brillante intelectual rumano experto en magia renacentista y profesor de Historia de las Religiones, asesinado el 21 de mayo de 1991 en los sanitarios del campus de la universidad de Chicago donde era catedrático, fue un texto ritual que alguno de sus colegas definió como una humillación simbólica y física, una mancha y una impureza realizadas en un sitio escatológicamente profano para terminar cualquier vida. 

          Hasta hoy no se sabe quién ajustició a Culianu con un tiro en la nuca y dejó ese maligno mensaje con su muerte. Tampoco de dónde partió la instrucción para hacerlo, pero todo indica que el autor de Eros y Magia (Siruela, Madrid, 1999), el precoz erudito que reemplazaría pedagógica e intelectualmente a Mircea Eliade, su maestro en cierto modo y amigo personal —también en cierto modo: la relación entre los dos era más compleja que la de una amistad o la de un magisterio—, fue ejecutado por la policía política rumana, la Securitate, un instrumento de inteligencia y control sobreviviente del régimen dictatorial comunista de Ceausescu derrocado en diciembre de 1989. 

          Organismo de extrema derecha nacionalista y fanático dirigido por comunistas, autónomo en sentido estricto, que parece haber sido el manipulador de la insurrección revolucionaria contra el dictador y su esclerótico gobierno a pesar de pertenecerle teóricamente, y el verdadero poder tras el escenario después de la “democratización” rumana, la Securitate preocupaba a Culianu, exiliado prestigioso y conocido desde tiempo atrás.

          “El peligro político para Ioan Culianu empezó con su narrativa”, dijeron después del asesinato algunos de sus paisanos escritores. Ted Anton, el penetrante reconstructor de esa inmolación en El caso del profesor Culianu, Siruela, Madrid, 2000), observa que un aprendiz de artes mágicas —y el especialista era mucho más que eso— no podía dejar de jugar con esas artes en sus textos. Diría Voltaire que la mayor desgracia para un escritor no es ser envidiado o ignorado por sus colegas o despreciado por los poderosos, sino ser juzgado por los imbéciles. Acaso mayor tragedia sería la de un escritor como Culianu, quien era atentamente leído por los servicios de inteligencia secretos de su país. “Todo se paga en este mundo —escribiría premonitoriamente años antes—, y las facultades supranormales son las que más caro se hacen pagar”. 

          Son ejemplares en ese sentido —“impactantes”, dice el investigador Anton— ciertos textos narrativos de Culianu que detallaban, como si las conociera, las intrigas entre bastidores de los grupos de inteligencia, o el auge político de una nueva extrema derecha rumana, o la misteriosa desaparición de figuras clave después de la revolución. 

       Las acciones acontecían en un país ficticio, “Jormania”, la historia contada describía el descarrilamiento de un proceso revolucionario luego de la apresurada y sospechosa muerte del viejo dictador, y resultaba inquietante y llamativa porque mezclando hechos reales con otros imaginarios deslizaba ambiguas pero inteligentes alusiones a la existencia de un conocimiento más profundo sobre los hechos políticos, que llevaba a los lectores atentos a preguntarse cuánto más sabía y ocultaba el autor acerca del verdadero y no visible estado de las cosas.

          Sus artículos políticos semanales, implacables y sardónicos, estaban calculados para transponer “intencionadamente el límite del peligro”. Sus observaciones eran claras y sus opiniones lógicas, pero el tono de mordacidad despectiva que empleaba en ellos contra ciertos hombres públicos rumanos, a los que veía como instrumentos de la manipulación policíaca soviética o bien como piezas de la extrema derecha comunista local, pretendía llevar la indignación del público lector más allá del pensamiento consciente e influirlo políticamente contra el poder oculto de la recién fundada república rumana. 

        Esa técnica provenía de los filósofos del Renacimiento que Culianu había estudiado, sobre todo del monje dominico Giordano Bruno, quemado en la hoguera por la Inquisición católica en 1600. Los dos serían asesinados por sus escritos, y quinientos años después Culianu aprendió en Bruno que esa magia era el prototipo de los sistemas impersonales de los medios de comunicación, de la censura indirecta y de los trusts que ejercen un control oculto sobre las masas occidentales. 

       El mago de Bruno postulaba que para controlar inadvertidamente a otros solamente debía conocerse perfectamente a los sujetos y sus deseos, tarea exigente y difícil, y utilizar un gran instrumento manipulador: el eros, aquello que se quiere, aquello que alcanza las cosas más insospechadas en la vida de cualquiera y es la voluntad principal de todos. El odio sólo resulta su reverso. 

        Culianu estudió a Bruno y su magia de psicología de masas, un antecedente de las formas de persuasión que hoy se conocen como técnicas publicitarias, y aplicó al siglo XX y a la escena política rumana contemporánea operaciones de contramagia mediante sus artículos políticos y sus narraciones fantásticas, artefactos cargados de un sentido metatextual que iban más allá del escribir sobre las cosas y significaban, a pesar del riesgo fatal, participar en ellas. 

       Y la contribución que le costó la vida consistió en entender el Estado occidental como un Estado Brujo basado en y actuante según los mismos principios de control emocional e imaginativo, colectivos e individuales descubiertos por el monje dominico exclaustrado que influyó en la arquitectura del teatro Globe de Shakespeare mientras estuvo refugiado en Inglaterra. El teatro, ya se sabe, es imaginación mágica colectiva.

          A través de la magia del Renacimiento —basada en el arte de la memoria y en complejos sistemas simbólicos, en actos influyentes sobre el imaginario común—, Culianu se rebeló, política y esotéricamente, contra la construcción única de la realidad comunista u occidental, contra las técnicas de la publicidad que penetran la vida imaginativa de los sujetos y siembran deseos, miedos, frustraciones, pautas emocionales indispensables para ejercer el control del modo colectivo de pensar, de desear, de odiar sin darse cuenta de ello. Culianu se rebeló contra la historia de nuestros días.

          El mes de abril previo a su muerte, después de haber hecho público su apoyo político al rey rumano y publicarse una incendiaria entrevista donde se manifestaba contra la extrema derecha comunista y el régimen, cuando Culianu habia decidido regresar a Rumanía y aceptar el puesto de director de un Instituto Oriental —el mismo ofrecido cincuenta años atrás a Mircea Eliade antes de que marchara al exilio—, la presión llegó a su límite y confesó a sus cercanos que lo seguían y recibía amenazas, que se sabía en peligro y tenía miedo de volver a su país. Los culpables pertenecían a las fuerzas ocultas en el gobierno. 

          Días después lo mató un asesino solitario del que nada más se tiene un retrato robot y una denuncia extraoficial sobre su pertenencia a la Securitate rumana, hasta hoy presunta responsable del complot criminal. Pero son los magos negros evidenciados quienes asesinan a los magos blancos que los ponen en evidencia y así luchan contra su poder de manipulación. Parece obvio: la política ocurre en un escenario mágico y oculto que no se suele ver.

       El crimen, señaló Anton, planteaba lo que el propio Culianu llamaría un mysterium. Y desde las artes mágicas que estudió toda su vida traspasó el límite entre el juego y la realidad. Aunque él jugara sus asesinos no.

       En Eros y magia en el Renacimiento este inusual erudito, que en sus opiniones periodísticas combinaba la expresividad de un poeta con la profundidad de un experto en ciencias políticas, escribió: “La especial dignidad de la humanidad proviene no de su obediencia sino de su oposición al mundo”. En ello radicó la suya.

Tomado de https://morfemacero.com/