‘Destello bravío’ irrumpe como un vendaval en Málaga para ponerlo todo patas arriba

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Actualizado Lunes,
7
junio
2021

00:56

La película de Ainhoa Rodríguez, presentada previamente en el Festival de Rottterdam, se confirma como la gran revolución del cine español después de la pandemia

La cineasta Ainhoa Rodríguez y el productor Lluis Miñarro en la presentación de 'Destello bravío'.
La cineasta Ainhoa Rodríguez y el productor Lluis Miñarro en la presentación de ‘Destello bravío’.Carlos Diaz MartinEFE

Cuenta Carmen Valverde, mujer de Tierra de Barros, que ‘Destello bravío’ puso a su pueblo patas arriba. Al pueblo, a ella y a cada una de las ideas preconcebidas sobre la mujer de pueblo. Y sobre el propio cine incluso. En efecto, la película que arrancó su andadura en el pasado Festival de Rotterdam en calidad de única película española a competición allí se confirmó el domingo en el Festival de Málaga como lo que es: revolución y sueño, milagro y espanto. Todo empezó como un taller en el que la debutante directora quería poner en marcha muchas de sus ideas concebidas, preconcebidas y hasta postconcebidas sobre el poder del cine no tanto para cambiar conciencias sino para crearlas incluso. Y así, tras muchas dudas, tras muchos caminos a ninguna parte, lo que surgió y ahora se ve es una relectura del propio tiempo y del mismo deseo en la carne y la mirada de unas mujeres que se enfrentan al hecho cinematográfico y quién sabe si a sus propias vidas por primera vez y para siempre.

Dice Ainhoa que el pueblo que retrata es un pueblo que “sueña con su infancia perdida y que sueña con recuperarla”. También dice que las mujeres que allí aparecen “aguantan el peso de las tradiciones heredadas y lo hacen porque poseen una fuerza física, soñadora y sexual capaz de mover montañas”. Y mientras habla, a tientas, va dibujando el escenario a la vez rural y mágico, a la vez nuevo y eterno, en el que se desarrolla su película; una película que crea sentido a la vez que avanza; una película cuyo único argumento es el poder del cine para dar la palabra.

Imagen de 'Destello bravío'
Imagen de ‘Destello bravío’

Fueron en todal dos años y medio de trabajo. Más concretamente, el rodaje le llevó 9 meses ‘incrustada’ en los pesares, rutinas y, sobre todo, deseos de un pueblo transformado de repente en el universo entero. La película cuenta la historia de Isa, de María, de Cita y de tantas otras. También hablan los hombres, pero lo hacen más y mejor, por su claridad, ellas. La primera monologa consigo misma y se deja mensajes en una grabadora para cuando se pierda su memoria. La segunda regresa al que fue su pueblo de nacimiento para batallar en una guerra perdida contra su soledad. Y la tercera vive sin vivir en sí atrapada en el púlpito abigarrado de santos y vírgenes en el que ha convertido su casa. Hay más, pero todas son vidas solas asediadas en la misma medida por la apatía de una España que se vacía y el deseo ardiente de que todo cambie. Como un destello bravío.

“No me interesa hacer una teoría de la mujer en los pueblos”, comenta la directora por aquello de situar y explicar, aunque sea en negativo, lo dirigido. Y sigue: “La idea es ofrecer un espejo en el que deberíamos mirarnos. Lo mismo que les sucede a las mujeres de mi película, les podría ocurrir a las mujeres del barrio de Salamanca de Madrid. Vemos cómo un pueblo, hombres y mujeres, se aferra a sus tradiciones milenarias como la última de las opciones ante el fin del tipo de vida tradicional, de la vida tal y como la conocen”. Pausa. “Pero más allá de la especificidad de lo rural, lo que cuenta es la persistencia de determinadas estructuras y hábitos patriarcales. Y eso vale igual en el campo que en la ciudad”. Otra pausa (ésta quizá más profunda). “Al final, a todos nos une la necesidad de fabular para encontrar el sentido de la vida; a todos nos define la huella de la infancia perdida y la búsqueda de la belleza”, concluye.

La película hace honor al rastro que deja en sus declaraciones Rodríguez. Construida a medio camino entre el documental y la ficción, cada uno de los personajes se interpreta a sí mismo (o a sí misma, mejor) para indagarse, cuestionarse y, dado el caso, ser otra distinta. Y, sin embargo, igual. La historia se construye desde la realidad hacia mucho más allá, quizá el propio infinito. “Estar allí en el pueblo durante tanto tiempo resultaba tan intenso como agotador”, recuerda la directora. Y, en efecto, tanto la intensidad como el propio agotamiento están incorporados a la piel propia de la película hasta convertirla en un animal extraño y deslumbrante tan único como perfectamente vivo.

Por un momento, ‘Destello bravío’ recuerda hasta la exasperación, por deslenguada y furiosamente divertida, al Almodóvar de ‘Volver’. A ratos, la imagen se desconfigura y cambia de significado hasta transformarse en alegoría. En una ocasión, la descomposición de los límites que tanto gusta a Lars Von Trier se impone con una rara voracidad báquica y emerge el deseo femenino con fuerza liberadora. Y siempre, la magia en crudo y sin más lirismos que los necesarios se impone con un rigor resplandeciente. No es realismo mágico. Es la magia de la propia realidad. Como un destello. Bravo destello.

Cartel de 'Destello bravío'
Cartel de ‘Destello bravío’

Que la película irrumpa cuando hace nada Sonsoles leyó en la televisión de Castilla León su poema que el azar quiso que fuera de sexo explícito y revolución implícita se antoja cualquier cosa menos casualidad. Las mujeres de ‘Destello bravío’ junto con Sonsoles están aquí para poner España entera patas arriba.

“Hay una necesidad de trascender la rutina que en los pueblos se presenta de forma abrupta y adopta la manera de la fabulación religiosa o, incluso, esotérica. Pero esa necesidad está siempre ahí”, reflexiona Ainhoa Rodríguez y no queda otra que creerle. La película acaba como un relámpago transfigurado en un ave rapaz que se cuela en un salón. Hasta llegar aquí, ‘Destello bravío’ se propone como un radiante y cegador ejercicio de cine. Un soberbio milagro extremeño. Todo empieza ahora, todo irrumpe como un relámpago indomesticable.

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