Deportes de riesgo: el antropólogo David Le Breton explica por qué son tan atractivos para los jóvenes



Los llamados “deportes de riesgo” son muy atractivos para los adolescentes. ¿Pero por qué? El profesor de sociología y antropología David Le Breton explica las razones de esta popularidad.


Por David Le Breton.

Los cambios asociados a la pubertad suelen hacer que los adolescentes se cuestionen su identidad y pongan en tela de juicio cosas que han dado por sentadas. La práctica intensiva del deporte es para algunos jóvenes una forma de protegerse de las cuestiones más serias que rodean estos cambios. La búsqueda de sensaciones y el autocontrol, así como la repetición de las sesiones de entrenamiento, van acompañados de un distanciamiento de un mundo interior difícil de contener. La asistencia regular a un pabellón deportivo, con sus ritos y figuras conocidas, proporciona la seguridad de un mundo comprensible, siempre al alcance de la mano. Uno se prepara para las competiciones, discute las prácticas, encuentra una connivencia inmediata con los compañeros, el reconocimiento mutuo, etc. Así, la actividad deportiva aparece a veces como un espacio de transición en el que se amansan las dificultades de la vida.

Sociabilidad del desempeño

Al crear otras preocupaciones más controlables y concretas -retos, esfuerzos, limitaciones de tiempo, etc.- el deporte se convierte en una forma de suspender el tiempo y las cuestiones propias de la adolescencia. – Al crear otras preocupaciones bien controlables y concretas -retos, esfuerzos, limitaciones de tiempo, etc.- la práctica del deporte se convierte en una forma de suspender el tiempo y las cuestiones propias de la adolescencia. Al tener lugar en un microcosmos bien marcado, fuertemente invertido como si fuera a durar para siempre, es una barrera eficaz contra la sexuación del cuerpo y las nuevas responsabilidades que implica.

A menudo pospone las relaciones románticas o la entrada en la sexualidad hasta más tarde. El cuerpo es controlado y negado en sus aspectos impulsivos en nombre de las limitaciones del entrenamiento y de los sacrificios necesarios para obtener buenos rendimientos.

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Con un calendario riguroso, la actividad deportiva ocupa toda la mente, evitando cualquier proyección hacia el futuro que no sea en forma de calendario a cumplir y una preparación física adecuada para estar en buena forma en el momento de la competición. Proporciona unas directrices, un marco, un estilo de vida, unas aspiraciones, una sociabilidad controlada y un enfoque centrado únicamente en el rendimiento.

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Aventura, despreocupación, determinación, energía, habilidad.

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Aventura, despreocupación, determinación, energía, habilidad.

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Adventure, Carefree, Determination, Energy, Skill.

Más allá de las prácticas más convencionales, las actividades físicas y deportivas experimentaron un profundo cambio en los años 80, que las nuevas generaciones han adoptado. Con las transformaciones tecnológicas, la aparición de nuevos materiales, se amplía el ámbito de las nuevas actividades: deportes de deslizamiento, deportes al aire libre…

El marketing de los fabricantes de instrumentos también podrá explotar las nuevas sensibilidades ligadas a la búsqueda de sensaciones, libertad, apariencia, etc. Como consumidores frenéticos, a la caza de los últimos productos, estos jóvenes entusiastas “juegan” simultáneamente a la rebeldía y a la indiferencia por las normas o reglas sociales. No tienen más referencias que ellas mismas. Invierten especialmente en el mundo del deslizamiento. Fuera de la competición, fuera de la clasificación, fuera de los límites, fuera de los marcadores, fuera de las reglas, autónoma, individual, la práctica es ante todo una búsqueda apasionada de sensaciones.

De la mano del mundo

La participación apasionada en estas actividades es una forma de sentirse vivo a través de una relación física e intensa con el mundo. En este sentido, están relacionados con los comportamientos de riesgo. Es cierto que las segundas son una respuesta al sufrimiento, mientras que las primeras son más bien una búsqueda de la intensidad del ser, pero ambas están en el filo de la navaja y, a través de una puesta a prueba por diferentes medios, a veces piden a la muerte una respuesta sobre el sentido y la legitimidad de la existencia.

Valorados socialmente, no sólo por las generaciones más jóvenes que encuentran en ellos un campo de emulación y comunicación, sino por toda la sociedad que ve en ellos una afirmación lúdica de la juventud. Se alaban los valores de coraje, resistencia, vitalidad, etc.

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Estas actividades llamadas “de riesgo”, en las que jugar con los límites es un hecho fundamental, proporcionan formas de “narcisismo” al alimentar la convicción de estar por encima del montón, de ser un virtuoso y de ser uno de los elegidos. El encuentro cuerpo a cuerpo con el mundo se establece en lugares y circunstancias que el joven decide y que quedan bajo su control, en la medida de su presunta competencia.

El joven experimenta un sentimiento de autoestima, creación y determinación personal en sus logros físicos o deportivos. El miedo así superado induce el júbilo de haber triunfado, y de poseer un tejido poco común. Gracias a sus proezas, tiene la sensación de existir a los ojos de los demás. Busca los límites del sentido, pero de forma lúdica, a diferencia de los comportamientos de riesgo. Intentan descubrir quiénes son y hasta dónde pueden llegar. Experimentan con sus recursos en una sensación de plenitud.

Las actividades físicas y deportivas de riesgo responden a una lógica de confrontación física con el mundo de forma jubilosa, aunque el riesgo de accidente sea siempre el precio a pagar por la intensidad experimentada. No basta con existir, debe sentir que existe.

La búsqueda de límites

Estas actividades están fuertemente invertidas por los chicos en una búsqueda de límites, una búsqueda frenética de sensaciones y reconocimiento. Para ellos, medirse con los demás es un rito íntimo de virilidad que implica superarse bajo su mirada. La prueba tiene un valor de confirmación del valor personal, exige una demostración, con el riesgo de sobrestimar las propias habilidades y ceder a un sentimiento de omnipotencia a menudo peligroso.

La presencia de otros tiende a ponerlo en representación. La búsqueda de proezas o la demostración de la propia destreza ante los demás es también, más allá de la realización personal que proporciona, una línea de defensa narcisista contra el sentimiento de insignificancia.

En este sentido, conocemos la preocupación de los patinadores por fijarse en lugares públicos para realizar su demostración de habilidad. Mediante una fingida indiferencia por parte del adepto, la mirada de los demás es necesaria para la validación de sus talentos. Pero el espectáculo se da “bajo el radar” y no de forma ostentosa en un juego permanente.

La práctica requiere una connivencia amistosa con los otros socios de las justas mutuas. Implica horas sobre la tabla e innumerables caídas antes de lograr por fin el codiciado truco o atrapar por un momento la barandilla de la escalera. Los raspones, los golpes y las fracturas se multiplican mientras la técnica del cuerpo no esté perfectamente dominada, pero tal es el precio a pagar por un sentimiento de arraigo al mundo, la búsqueda de una meta a través de esta ambigua mezcla de destreza y caídas, como si se tratara de una cuestión permanente de encontrar por fin la distancia adecuada con un mundo que se escapa.

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Jugar con la velocidad o el riesgo de caída aprovechando la geografía urbana, por ejemplo bajando a toda velocidad por las pendientes, o mezclándose con el tráfico de coches, posiblemente aferrándose a ellos para experimentar momentos de aceleración y ejercer el virtuosismo burlándose del peligro. Muchas de las prácticas físicas así adoptadas por las nuevas generaciones multiplican las zonas de transgresión y, por tanto, el sentimiento de omnipotencia.

Especialmente entre las generaciones más jóvenes, la frenética búsqueda de límites durante las actividades físicas y deportivas de riesgo marca una creencia personal en el hecho de ser “especial”, de tener algo de lo que los demás carecen, pero al mismo tiempo, al ponerse en situaciones de peligro, buscan constantemente la confirmación de ello. Las fallas narcisistas se llenan en un proceso que siempre debe repetirse.

En su disciplina son soberanos y florecen al doblegar la resistencia de los elementos, al domar la gravedad. Son prácticas de vértigo, o más bien de juego con el vértigo, ya sea en el aire, la tierra, la nieve o el mar, la búsqueda es el dominio del desequilibrio. Una forma intensa y a tientas de encontrar su lugar en el mundo.

La versión original de este artículo se publicó en The Conversation.

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Tomado de http://Notaantrpologica.com/