Stiglitz, en su último libro The Road to Freedom: Economics and the Good Society (2024), plantea una visión contraria al llamado neoliberalismo a través del concepto de capitalismo progresista. Para el autor, el sistema económico implementado en los últimos 40 años —caracterizado por la desregulación de la economía, la venta de empresas estatales y la apertura “irrestricta” del comercio internacional— provocó la crisis financiera de 2008, en la que el Estado tuvo que rescatar a los bancos, socializando sus pérdidas; favoreció la venta de empresas públicas a personas cercanas al poder político; y contribuyó al aumento de la desigualdad global absoluta, lo que implica que el comercio internacional benefició principalmente a los países ricos.
El punto central del libro es reconocer la idea de que toda acción política que brinda libertad a una persona se la quita a otra, lo que en inglés se denomina trade-off, un concepto que, lamentablemente, no tiene una traducción precisa al español. Esto quiere decir, por ejemplo, que otorgar a una empresa la libertad de contaminar le quita a alguien el derecho a vivir libremente en un medio ambiente sano, y que conceder a las empresas farmacéuticas el derecho a imponer costos excesivamente altos por medicamentos les quita a las personas la libertad de vivir de forma saludable.
Más allá del posicionamiento sobre el fracaso del neoliberalismo y de las recomendaciones que ofrece para la concepción de un capitalismo progresista —el cual se asemeja a la socialdemocracia escandinava—, una parte relevante del libro es la necesidad de una lucha ideológica por el significado de la palabra libertad.
En los últimos años, la derecha ha utilizado el concepto de libertad como estandarte de su lucha por el poder político. De acuerdo con esta postura, toda intervención del gobierno constituye una violación a la libertad de las personas. Si bien argumentos como la reducción de impuestos generales, la simplificación de reglas burocráticas y la disminución del número de servidores públicos pueden sonar deseables, la realidad es que la historia y la práctica han demostrado que la reducción de impuestos beneficia principalmente a quienes concentran la mayor parte del capital económico y que ese beneficio no “gotea” hacia abajo, como se ha afirmado. Asimismo, la reducción de burócratas de la que se habla nunca llega a concretarse; por el contrario, la burocracia y el poder económico terminan fusionándose, anulando los contrapesos entre el poder político y el poder económico.
La libertad puede ser un concepto maleable e interpretable, pero no admite demasiadas ambigüedades. O estamos de acuerdo en beneficiar al gran empresario en detrimento de los intereses de la clase trabajadora; o aceptamos que se favorezca a las grandes farmacéuticas por encima de la salud de las personas; o justificamos la libertad de que un país invada a otro por su petróleo, o consideramos que se trata de una violación clara a la libertad de los pueblos.
La realidad política actual está marcada por el quebrantamiento del orden internacional cooperativo que la mayoría conocimos desde nuestro nacimiento. Si bien la carrera por la supremacía internacional nunca cesó, los instrumentos de dominio eran más sutiles, como la conquista cultural o la intromisión política encubierta. Sin embargo, puede encontrarse un rayo de luz en el hecho de que, al enfrentarnos a un escenario en el que la intención de dominio es explícita y conlleva, como hemos visto, invasiones militares, las posturas políticas se facilitan: o estamos de un lado o del otro.
Tomado de http://radiosonora.com.mx/feed



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