Charles Cumming, el nuevo rey de las novelas de espías: «Para ser un buen espía tienes que ser implacable»

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Literatura


Entrevista

Actualizado Sábado,
22
enero
2022

00:42

La novela de espías tiene nuevo rey, este autor escocés residente en Madrid que destripa como nadie las miserias de la política internacional

Charles Cumming.
Charles Cumming.Javi Martínez

En un mundo en el que John le Carré no puede seguir destripando las miserias de la política internacional y los resortes psicológicos y morales de los agentes secretos, editoriales y aficionados al género de espionaje andan a la caza de su sucesor. Entre los mejor situados en la imposible tarea de relevar al maestro, junto a Frederick Forsyth y Mick Herron, Charles Cumming (Ayr, Reino Unido; 1971) ocupa un lugar destacado. Autor de diez novelas hasta la fecha, ahora publica en nuestro país Conexión Londres (Ed. Salamandra), tercera y última entrega de la trilogía protagonizada por Thomas Kell, espía del MI6 caído en desgracia en busca de venganza y redención.

Cumming está en Madrid, pero no como parada fugaz de una gira promocional, sino porque vivió en la capital entre 2001 y 2003 y ha vuelto para pasar una temporada en busca de inspiración para su próxima novela. El autor de En un país extraño acude puntual a la cita en una terraza madrileña y podría pasar por agente secreto por su aspecto corriente, aunque sus dos metros y pico de altura lo delatarían en una persecución a las primeras de cambio. Aún así, a punto estuvo de acabar como uno de los personajes de sus novelas: «A través de un conocido de mi familia, el MI6 contactó conmigo cuando tenía 25 años. Tras varios meses pasando distintas pruebas y entrevistas con agentes secretos retirados y psicólogos, no me consideraron idóneo para el puesto, probablemente porque para ser un buen espía tienes que ser implacable. Hace falta una cierta frialdad que yo no tengo para huir, engañar y llevar una doble vida. Soy un sentimental», dice casi a modo de excusa.

Ya que no podía ser espía, el joven Cumming, educado en Eton y licenciado en Literatura inglesa, decidió llevar esa experiencia a las páginas de Spy by Nature, su primera incursión en el género, inédita en nuestro país. «Mi idea era escribir sobre un espía que tiene que hacer la colada, pagar sus facturas, se está divorciando y bebe demasiado, porque lo que siempre me ha interesado es el lado humano de este mundo secreto, más allá de la pura acción», explica. De ahí que Thomas Kell haga suya la frase de un libro de Le Carré, utilizada como lema vital: «Espiar es esperar». Eso da pie al sostenido aumento del suspense hasta llegar al trepidante final. Lo que hace que el lector pase las páginas como si estuviera bajo el influjo de una extraña hipnosis son las corrientes subterráneas de las relaciones personales de los espías, sus agudas reflexiones sobre política internacional y los constantes guiños al propio Le Carré, Eric Ambler o Graham Greene, la Santísima Trinidad británica de la literatura de espionaje.

En Conexión Londres, el nudo gordiano de la trama recae en la necesidad de Kell de ajustar cuentas con Minasian, agente del SVR ruso al que considera culpable de la muerte de su novia, hechos narrados en Complot en Estambul, la anterior entrega de la serie. Así, se pone en marcha una «triste danza de sexo y deseo, de amor y traición», en la que pronto se revela el punto débil del espía ruso: Minasian oculta a su mujer, hija de un oligarca, y al propio servicio secreto para el que trabaja, la relación homosexual que mantiene con un ciudadano alemán. «En Rusia, que se descubra que eres gay supone el fin de tu carrera, lo ven como algo repulsivo, entre otras cosas porque se aleja de esa imagen de macho alfa de la que su propio presidente siempre presume», asegura Cumming.

A la espera de los últimos acontecimientos en torno a Ucrania, el escritor escocés considera a Vladimir Putin como uno de los mayores peligros para la estabilidad internacional: «Ha decidido llevar la política interior y exterior de Rusia con la psicopatología propia de un despiadado agente de la KGB. Tiene una peligrosa paranoia con que las ex repúblicas soviéticas se conviertan al islamismo y se transformen en un foco de violencia que amenace la integridad de su país. También es un régimen corrupto y asesino, como ha demostrado sobradamente en los últimos años», en referencia a los casos de Litvinenko o Skripal.

Aparte de los antagonistas, versiones actualizadas de Smiley y Karla que se odian y se admiran a partes iguales, el tercer personaje en discordia de la novela es Sahid Kahn, hijo de inmigrantes musulmanes nacido en Leeds, dispuesto a atentar en suelo inglés contra los que considera infieles. «Quería intentar entender por qué alguien nacido en Inglaterra decide viajar a Siria para luchar contra Al Asad y por qué está dispuesto a volver a casa con la idea de convertirse en mártir en un ataque suicida», explica Cumming. «Tras documentarme llegué a la conclusión de que tiene mucho que ver con la vergüenza de hombres jóvenes que se sienten incapaces de funcionar de manera exitosa dentro una cultura predominantemente blanca, entre otras cosas porque han crecido dentro de una visión muy conservadora del Islam. Su sexualidad está reprimida y eso les genera un conflicto interior enorme».

En el fondo, Kell, Minasian y Kahn no son tan distintos, en su rol de meros peones en el tablero internacional, demasiado humanos como para ser infalibles: «Son capaces de amar y odiar, de ser cobardes y valientes, astutos y estúpidos. Cuando se elimina la política, la ideología y la idiosincrasia de la raza y la etnia, todos somos iguales. Todos estamos divididos», concluye este consumado jugador de ajedrez, haciendo referencia al título original del libro, A Divided Spy, «Un espía dividido». La clave no está entonces en Egipto, Bélgica, Inglaterra, Rusia o Polonia, escenarios de los acontecimientos narrados en la novela, sino en esa línea invisible que une a unos personajes en busca de sí mismos.

Conexión Londres (Salamandra) ya está a la venta. Puede comprarlo aquí.

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