Colaboraciones sin permiso
Albert Camus
En diciembre de 1957, al recibir el Nobel de Literatura, Camus estableció que la escritura no representaba para él un placer artístico o un oficio mundano sino una obligación moral. “Cada generación —dijo entonces—, sin duda, se cree consagrada a rehacer el mundo. La mía sabe que no lo conseguirá. Pero su misión tal vez sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Esa misión es un imperativo categórico hoy más urgente que nunca: impedir que la realidad civilizacional se desplome. Los textos aforísticos que siguen provienen del segundo volumen de sus Carnets publicados por Losada en traducción de Mariano Lencera.
En el drama antiguo, el que paga siempre las consecuencias es el que tiene razón: Prometeo, Edipo, Orestes, etcétera. Pero esto no tiene importancia. De todas maneras, con razón o sin ella, todos acaban en el infierno. No hay ni recompensa ni castigo. De aquí proviene —para nuestros ojos oscurecidos por siglos de perversión cristiana— el carácter gratuito de estos dramas. Y también lo patético de estos juegos.
Confrontar con esto: “El gran peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija” (Gide) y la “obediencia” nietzscheana. El mismo Gide, refiriéndose a los desheredados: “Dejadles la vida eterna o dadles la revolución”.
Goethe: “Me sentía lo bastante dios como para descender hasta las hijas de los hombres”.
Para una psicología generosa. Se ayuda más a un ser dándole una imagen favorable de sí mismo que enfrentándolo sin cesar con sus defectos. Normalmente, todo ser se esfuerza por parecerse a su mejor imagen. Puede extenderse a la pedagogía, la historia, la filosofía, la política. Por ejemplo, somos el resultado de veinte siglos de imaginería cristiana. Desde hace 2,000 años se presenta al hombre una imagen humillada de sí mismo. El resultado está a la vista. En todo caso, ¿quién podría decir lo que seríamos si hubiera perseverado en estos veinte siglos el antiguo ideal clásico, con su bella figura humana?
“Vivir y morir delante de un espejo”, dice Baudelaire. No se presta bastante atención a ese “y morir”. En vida, todos lo hacen. Lo difícil es adquirir el dominio de la propia muerte.
Llegado al absurdo, y cuando trata de vivir consecuentemente, un hombre comprueba siempre que la conciencia es la cosa más difícil de mantener del mundo. Las circunstancias casi siempre se oponen a ello. Se trata de vivir la lucidez en un mundo donde la dispersión es regla. Advierte así que el verdadero problema, aún sin Dios, es el de la unidad psicológica (en realidad, el ensayo sobre el absurdo sólo plantea el problema de la unidad metafísica del mundo y del espíritu) y de la paz interior. También advierte que esta paz no es posible sin una disciplina difícil de conciliar con el mundo. Ahí está el problema, justamente hay que conciliarla con el mundo. Se trata nada menos que de realizar la regla en el siglo. El obstáculo es la vida pasada (profesión, matrimonio, opiniones anteriores, etcétera), lo que ya ha acontecido. No eludir ningún factor de este problema.
Es detestable el escritor que habla y saca provecho de lo que no ha vivido nunca. Pero ojo: un asesino no es el hombre más indicado para hablar del crimen (¿no será, sin embargo, el más indicado para hablar de su crimen? Ni siquiera esto es seguro). Entre la creación y el acto hay que suponer cierta distancia. El verdadero artista se encuentra siempre a mitad de camino entre las concepciones de su imaginación y sus actos. Es el que es “capaz de”. Podría ser lo que describe, vivir lo que escribe. El acto en sí lo limitaría: sería sólo “el que hizo”.
Hay dos clases de estilo: Madame de Lafayette y Balzac. El primero es perfecto en el detalle, el otro trabaja en gran escala y cuatro capítulos apenas bastan para dar una idea de su aliento. Balzac escribe bien no a pesar de sus errores gramaticales, sino incluso por ellos.
Siempre hay una filosofía para la falta de valor.
La inteligencia moderna está en plena confusión. El conocimiento se ha dilatado a tal extremo que el mundo y el espíritu han perdido todo punto de apoyo. Es un hecho que estamos enfermos de nihilismo. Pero lo más sorprendente son las prédicas sobre “retornos”. Retorno a la Edad Media, a la mentalidad primitiva, a la tierra, a la religión, al arsenal de las viejas soluciones. Para atribuir a estas panaceas una pizca de eficacia habría que hacer tabla rasa de nuestros conocimientos —hacer como si no hubiéramos aprendido nada—, fingir, en suma, que borramos lo que no puede borrarse. Habría que tachar de un plumazo el aporte de varios siglos y las innegables conquistas de un espíritu que finalmente (es su último progreso) recrea el caos por su propia cuenta. Esto es imposible. La curación tendrá que conciliarse con esta lucidez, con esta clarividencia. Deberá tener en cuenta las luces que conquistamos desde el instante de nuestro exilio. La inteligencia no está confundida porque el conocimiento haya trastornado el mundo. Lo está porque no ha podido adaptarse a ese trastorno. No “se ha hecho a la idea”. Que se haga a ella, y la confusión desaparecerá. El espíritu podrá enfrentarse al desorden con la clara conciencia de que existe. Hay que rehacer toda una civilización.
Montesquieu: “Hay imbecilidades tales que más valdría una imbecilidad mayor”.
Lo que resulta conmovedor en Joyce no es la obra, es el hecho de haberla emprendido. Distinguir así lo patético de la empresa —que nada tiene que ver con el arte— y la emoción artística propiamente dicha.
Nostalgia de la vida ajena. Porque, vista desde el exterior, constituye un todo. En tanto que la nuestra, vista desde el interior, parece dispersa. Todavía perseguimos una ilusión de unidad.
No se acuesta con una prostituta que se le ofrece y que le gusta porque sólo tiene un billete de mil francos y no se atreve a pedirle el vuelto.
La enfermedad es un convento que tiene su regla, su ascesis, sus silencios y sus inspiraciones.
Incumbe al hombre fabricarse una unidad, ya sea apartándose del mundo, ya en el interior del mundo. Así resultan restituidas una moral y una ascesis que aún quedan por precisar.
Vivir con las propias pasiones es también vivir con los propios sufrimientos, que son su contrapeso, su correctivo, su equilibrio y su compensación. Cuando un hombre ha aprendido —y no en teoría— a permanecer solo en la intimidad de su sufrimiento, a superar su deseo de evasión, la ilusión de que otros puedan “compartirlo”, le queda ya poco que aprender.
Pascal. El error proviene de la exclusión.
La pobreza es un estado cuya virtud es la generosidad.
El gran problema por resolver “prácticamente”: ¿se puede ser feliz y solitario?
Nietzsche, con la vida exterior más monótona posible, prueba que el pensamiento por sí solo, ejercido en la soledad, es una aventura terrible.
Los filósofos antiguos (y con razón) pensaban más que leían. Por eso se aferraban tanto a lo concreto. La imprenta ha cambiado todo eso. Se lee más de lo que se reflexiona. No tenemos filosofía sino únicamente comentarios. Es lo que dice Gilson al considerar que a la época de los filósofos que se ocupaban de hacer filosofía ha sucedido la de los profesores de filosofía que se ocupan de los filósofos. En esta actitud hay a la vez modestia e impotencia. Y un pensador que comenzara su libro con estas palabras: “Tomemos las cosas desde su origen”, se expondría a hacer sonreír. Hasta el punto de que un libro de filosofía que apareciese hoy sin apoyarse en una autoridad, cita o comentario, no sería tomado en serio. Y sin embargo…
Toda vida orientada hacia el dinero es una muerte. El renacimiento está en el desinterés.
El hecho de escribir da testimonio de una seguridad personal que empieza a faltarme. La seguridad de que se tiene algo que decir y, sobre todo, de que se puede decir algo —la seguridad de que cuanto uno siente y cuanto es vale como ejemplo—, la seguridad de ser irremplazable y de no ser cobarde. Todo eso es lo que pierdo y empiezo a pensar en el momento en que ya no escribiré más.
Todo pensamiento se juzga por lo que sabe obtener del sufrimiento. A pesar de mi repugnancia, el sufrimiento es un hecho.
No puedo vivir fuera de la belleza. Es lo que me vuelve débil ante ciertos seres.
A propósito del lenguaje. (Parain: lo argumentos que prueban que el hombre no ha podido inventar el lenguaje son irrefutables.) Todo, en cuanto se profundiza, desemboca en un problema metafísico. Así, donde quiera que el hombre se vuelva, se encuentra aislado en lo real como en una isla rodeada por un mar fragoroso de posibilidades y de interrogantes. De esto puede deducirse que el mundo tiene un sentido. Porque no lo tendría, si se limitara a ser, bestialmente. Los mundos felices no tienen razones. Resulta pues ridículo decir: “¿Es posible la metafísica?” La metafísica es.
Cuando se ha hecho lo necesario para comprender bien, aceptar y sobrellevar bien la pobreza, la enfermedad y los propios defectos, aún falta dar un paso.
Los que aman la verdad deben buscar el amor en el matrimonio, es decir, el amor sin ilusiones.
El humanismo no me fastidia: hasta me sonríe. Pero me resulta insuficiente.
Vivir con las propias pasiones supone haberlas dominado.
B.B. “Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una fuerza hercúlea para ser nada más que normales”.
El arte tiene los movimientos del pudor. No puede decir las cosas directamente.
Absurdo. Si uno se mata, niega el absurdo. Si uno no se mata, el absurdo revela por lo general un principio de conformidad que es la negación de sí mismo. Lo que no quiere decir que el absurdo no sea. Quiere decir que el absurdo realmente no tiene lógica. Por eso realmente no se puede vivir en él.
La mayor economía que se puede realizar en el orden del pensamiento es aceptar la no-inteligibilidad del mundo; y ocuparse del hombre.
Me ha costado diez años conquistar lo que hoy me parece inapreciable: un corazón sin amargura. Y como tantas veces ocurre, una vez superada la amargura, la he encerrado en uno o dos libros. Así, siempre seré juzgado por esta amargura que ya no es nada para mí. Pero es justo. Es el precio que hay que pagar.
La reputación. Nos la dan los mediocres y la compartimos con mediocres o con infelices.
No habrá libertad para el hombre hasta que no haya vencido su temor a la muerte. Pero no mediante el suicidio. Vencerlo no significa abandonarse. Poder morir dando la cara, sin amargura.
El clasicismo es el dominio de las pasiones. En los grandes siglos las pasiones eran individuales. Hoy son colectivas. Hay que dominar las pasiones colectivas, es decir, darles forma. Pero al mismo tiempo que se las experimenta, se es devorado por ellas. Por eso la mayor parte de las obras de la época son reportajes y no obras de arte.
Respuesta: si no se puede hacer todo al mismo tiempo, renunciar a todo. ¿Qué quiere decir esto? Que se necesita más esfuerzo y más voluntad que antes. Lo lograremos. El gran clásico de mañana es un vencedor inigualado.
Rebelión. La libertad es el derecho de no mentir. Verdad que se prueba en el plano social (subalterno y superior) y en el plano moral.
Comunicación. El obstáculo para el hombre es que no puede superar el círculo de los seres que conoce. Hace una abstracción de los que están más allá. El hombre tiene que vivir en el círculo de la carne.
Novela. “He concedido a los hombres su parte. Es decir, que he mentido y deseado con ellos. He corrido de un ser a otro, he hecho lo que había que hacer. Ahora, basta. Tengo que arreglar cuentas con este paisaje. Deseo estar a solas con él”.
Heine (1848): “Lo que el mundo persigue y espera ahora se ha vuelto completamente ajeno a mi corazón”.
Antinomias políticas. Estamos en un mundo en el que forzosamente se ha de elegir entre ser víctima o verdugo; y nada más. La elección no resulta fácil. Siempre me ha parecido que en realidad no había aquí verdugos, sino sólo víctimas. Extremando el análisis, naturalmente. Pero es una verdad que no se ha difundido.
Tengo una viva inclinación por la libertad. Y para todo intelectual, la libertad acaba por confundirse con la libertad de expresión. Pero me doy cuenta de que ésta no es la preocupación primordial de un gran número de europeos, porque sólo la justicia puede darles el mínimo material que necesitan y, con razón o sin ella, sacrificarían de buena gana la libertad a esta justicia elemental.
Lo sé hace mucho tiempo. Si me parecía necesario defender la conciliación de la justicia y la libertad era porque a mi entender residía en ella la última esperanza de Occidente. Pero esta conciliación sólo puede lograrse en un clima determinado que hoy casi me parece utópico. ¿Habrá que sacrificar uno u otro de estos dos valores? ¿Qué pensar, en tal caso?
La gente cree siempre que uno se suicida por una razón. Pero bien puede uno suicidarse por dos razones.
A los treinta años, casi de un día para otro, he conocido la fama. No lo lamento. Más tarde hubiera podido causarme pesadillas. Ahora sé lo que es. Muy poca cosa.
Sólo puedo crear gracias a un esfuerzo continuo. Mi tendencia es deslizarme a la inmovilidad. Mi inclinación más profunda, la más segura, es el silencio y el gesto cotidiano. Para escapar a la distracción, a la fascinación de lo maquinal, he necesitado años de obstinación. Pero sé que me mantengo en pie por este esfuerzo mismo, y que si dejase de creer en él un solo instante, rodaría por el precipicio. Así me conservo a salvo de la enfermedad y del renunciamiento, irguiendo la cabeza con todas mis fuerzas, para respirar y para vencer. Es mi manera de desesperar y mi manera de curarme.
Hegel. “Solamente la ciudad moderna ofrece al espíritu el terreno donde puede tomar conciencia de sí mismo”. Significativo. Este es el tiempo de las grandes ciudades. Al mundo se le ha amputado una parte de su verdad, lo que constituye su permanencia y su equilibrio: la naturaleza, el mar, etcétera. ¡Sólo en las calles hay conciencia!
Los límites. Diré, pues, que hay misterios que conviene enumerar y meditar. Nada más.
El existencialismo ha conservado el error fundamental del hegelianismo, que consiste en reducir el hombre a la historia. Pero no ha mantenido la consecuencia lógica, que es negar al hombre toda libertad.
Naturalmente, lo que a mí me interesa no es tanto ser mejor como ser aceptado. Y nadie acepta a nadie. ¿Me ha aceptado ella? Evidentemente no.
Escribir la historia de un contemporáneo curado de su desgarramiento por la sola y larga contemplación de un paisaje.
¿Por qué se bebe? Porque con la bebida todo adquiere importancia, todo se dispone de acuerdo con una línea máxima. Conclusión: se bebe por impotencia y por condena.
El viejo militante comunista que ve lo que ve y no se acostumbra: “No puedo curarme de tener corazón”.
Nadie ha estado tan seguro como yo de conquistar al mundo por medios rectos. ¿Y ahora…? ¿Dónde estuvo la falla, qué flaqueó de pronto y determinó todo lo demás?
Para que un pensamiento cambie al mundo, primero tiene que cambiar la vida de quien lo concibe.
Como las de todos los débiles, sus decisiones eran brutales y de una firmeza irrazonable.
Según Lao Tse: cuanto menos se actúa más se domina.
De Foe. “Había nacido para destruirme a mí mismo”. Id. “He oído hablar de un hombre que, presa de una profunda repugnancia por la conversación intolerable de algunos de sus parientes, decidió repentinamente no hablar nunca más”.
Stendhal: “No habré hecho nada por mi felicidad personal mientras no me acostumbre a soportar que alguien no me haga justicia en su corazón”.
Amigo de C. “Morimos a los cuarenta años, de un balazo en el corazón que nos disparamos a los veinte”.
Vivir es verificar.
Cuando quemaban a Juan Hus, se vio llegar a una dulce viejecita con un haz de leña para añadirlo a la hoguera.
¿Superarlo? Pero el sufrimiento es precisamente aquello a lo que no se es nunca superior.
Nunca he llegado a ver muy claro en mí mismo. Pero por instinto me he confiado siempre a una estrella invisible… Hay en mí una anarquía, un desorden atroz. Crear me cuesta mil muertes, porque se trata de un orden y todo mi ser rehuye el orden. Pero sin él moriría disperso.
Según los chinos, los imperios que se aproximan a la perdición establecen una enorme cantidad de leyes.
Siempre llega un momento en que los seres dejan de luchar y desagarrarse, y aceptan amarse por fin tal como son. Es el reino de los cielos.
Moral inútil: la vida es moral. El que no lo da todo no lo obtiene todo.
Cuando se tiene la suerte de vivir en el universo de la inteligencia, por qué locura se querría entrar en el tumulto y en la casa terrible de la pasión.
¡Si la época fuera solamente trágica! Pero es también inmunda. Por eso hay que denunciarla. Y perdonarla.
Faulkner. A la pregunta: “¿Qué piensa usted de la nueva generación de escritores?”, contesta: “No dejará nada válido. Ya no tiene nada que decir. Para escribir es imprescindible que hayan arraigado en la conciencia las verdades fundamentales, y que la obra se oriente hacia una o hacia todas. Los que no saben hablar del orgullo, del honor, del dolor, son escritores sin trascendencia y su obra morirá con ellos o antes que ellos. Goethe y Shakespeare han resistido a todo porque creían en el corazón humano. Balzac y Flaubert también. Son eternos.
—¿Cuál es la razón de ese nihilismo que ha invadido la literatura?
—El miedo. El día que los hombres dejen de tener miedo volverán a escribir obras maestras, es decir, obras perdurables.
Sí, tengo una patria: la lengua francesa.
Mi robusta constitución para el olvido.
Si tuviera que morir ignorado del mundo, en el fondo de una fría mazmorra, el mar, en el último instante, invadiría mi celda, conseguiría elevarme por encima de mí mismo y me ayudaría a morir sin odio.
Todo logro significa una servidumbre. Obliga a otro más alto.
Tomado de https://morfemacero.com/



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