septiembre 14, 2021

Carlos Pérez Siquier: “Moriré con las fotos puestas”

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Actualizado Martes,
14
septiembre
2021

12:24

Con motivo del fallecimiento del fotógrafo, EL MUNDO republica esta entrevista en la localidad almeriense de Olula del Rio en julio de 2017

Carlos Pérez Siquier.
Carlos Pérez Siquier.JOSÉ AYMA

Carlos nos invitó a pasar. Miró, habló justo, miró como mira un fotógrafo, mirando para su foto imaginada. Nos embelesó la salpicadura agreste de sus cabellos blancos, tan torrenciales como…, no sé quizás como la luz que riega Almería. El espacio mostraba el tránsito del fotógrafo que muda. Concha llevaba su cresta a lo alto, vestía con seda blanca una discreción dulcificada con carmín rojo. El mobiliario de la casa estaba tapado para soportar la ausencia con sábanas de algodón, también blancas. Carlos se movía despacio, arrastrando la luz, quizás para sentir la sombra densa, igual que aquella con la que conto La Chanca en los cincuenta. La voz delicada, modulada con inteligencia, ejercía una cierta hipnosis. Carlos consiguió su foto, mujer con blusa blanca contra sábanas blancas y carmín rojo, solo entonces Carlos me prestó atención. Ya estoy. Entendí su silencio.

Tuve delante al ejecutivo de corbata diaria, fotógrafo de fin de semana por pura pulsión en otro tiempo. El empleado de banco que se acercó a la Chanca a ratos libres, para contar la realidad cotidiana de sus habitantes, sin artificios tal y como los veía, sin juicios de valor, solo mostrando la dignidad de sus gentes. El fotógrafo solitario, tachado de tendencia tenebrista, al estilo Goya, Valdés Leal o Solana, que abofeteo la visión idílica que el régimen franquista quería proyectar fuera de España. Lucida puya a los reaccionarios patrios

Tuve delante una pata de Afal, la otra fue José Maria Artero. Levantaron un Grupo fuera de los estereotipos, con declaración rupturista, leitmotiv definido por sondeos continuos hacía las periferias de vanguardia, donde cocía verdad contestataria. Inconformes, díscolos, amalgama de fotógrafos diferentes unidos en la fractura, con una forma muy distinta de ver lo que sucedía en España. Oriol Maspons, Ramón Masats, Ricardo Terré, Gabriel Cualladó, Alberto Schommer, Joan Colóm…, fueron compañeros, hermanos de viaje.

Tuve delante al fotógrafo, que cazó con su Rolleiflex, señoras embutidas en trikinis haciendo artística y deseable la lorza ibérica. Cazó hombres de pelo en pecho, con tueste bonito, del que solo se coge en la Costa del Sol, gentes que se dejaban hacer porque eran otros tiempos. Enlució a todo color el gris tristón de una sociedad que quería respirar distinto, arriesgando un ejercicio que pilló por sorpresa a creídos y descreídos. En la pulsión descubrió un código poco sondeado en la fotografía española, definido por vistazos rápidos, encuentros salpicados de color, milimétricamente encajados en el límite cuadrado. Acotó el conflicto con una mirada heterodoxa, educada en sentir imaginaciones, pulsiones cromáticas de belleza hipnótica. Cortes arriesgados, fotos anti-playa, vendetta irónica y sublime contra los correctos. Fotografías, que al verlas colgadas en una exposición, Martin Parr, preguntó dos veces si habían sido hechas de verdad a principios de los setenta, creo que Joan Fontcuberta le sacó de la incredulidad.

Tuve delante al hombre que paró en el bar Antonio. Isleta del Moro, hombres a la puerta, sentados, calzando abarcas, mirada de mujer desde el umbral que busca algo. Paso cambiado a un blanco y negro más amable, distinto que el de la Chanca. La costa retratada virgen, antes de ser violada por el hormigón vacacional.

Tuve delante al fotógrafo que puso el enfoque a infinito cuando, indios y vaqueros, buenos, feos y malos, caballeros del medievo, ocuparon el desierto de Tabernas. Hormiguitas diminutas, estrellas de Hollywood apagadas en la inhóspita belleza de Almería. Enfoque al primer plano para buscar la identidad hostil de inanimados figurantes de trapo. Extras baratos.

Clip, tuve mi retrato. Carlos nos enseñó sus últimas fotos con emoción de principiante. Algunas inéditas, apuntes, hechas con una compacta, archivos JPG, copias de trabajo impresas en el chino de la esquina. Eran fotografías de su propia sombra aquí y allá, quizás pensando que un hombre sin sombra no existe o auto convenciéndose de la propia existencia. Saca la cámara digital del bolsillo, enciende la pantalla LCD, pasa las fotos de Concha y nos muestra las últimas, las que hizo antes de que llegáramos. Disparos fugaces de auténtica maestría. “De la tarjeta a la copia, yo no toco nunca una foto después de hecha, no hay posproducción”. De nuevo en vanguardia, con hambre de foto, calzando botas de fotógrafo de calle, me suelta “moriré con las fotos puestas”.

Carlos Pérez Siquier caminando en este spaghetti western hispano que solo reconoce a los buenos, cuando han abandonado la ciudad convertidos en leyenda

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