abril 19, 2021

Carlos Fresneda: “Hay que quitarle el drama a la muerte y empezar a aceptarla”

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Literatura

Jueves,
18
febrero
2021

02:30

El periodista lee un monólogo que relata la pérdida de su hijo Alberto, fallecido con 19 años mientras pintaba un grafiti

Carlos Fresneda en el escenario de 'Diario vivo'.

Carlos Fresneda en el escenario de ‘Diario vivo’.
ÁNGEL NAVARRETE

Alberto Fresneda Carrasco fue arrollado por un tren en Londres mientras pintaba grafitis el 18 de junio de 2018. Tenía 19 años recién cumplidos. Dos amigos más, Harry y Jack, también fallecieron aquel domingo. Otro prefirió volver a casa minutos antes. Carlos Fresneda, su padre y corresponsal de EL MUNDO en Gran Bretaña, relató la tragedia un año después en un libro emotivo, ‘Querido hijo’ (La Esfera de los Libros). Un modo de salir adelante.

Para ahuyentar el dolor (silencioso pero firme), para compartirlo, Carlos Fresneda ha tirado de coraje de nuevo. Esta vez se ha subido a un escenario para contarlo, tal y como tituló Gabriel García Márquez sus memorias. Fue el pasado martes en el Teatro Alcázar de Madrid, dentro del ciclo Diario vivo. “El dolor te deja sin palabras y sin fuerzas. Sólo quieres callar y llorar”, leyó el periodista ante el auditorio que llenaba, guardando las normas de seguridad, el local. Pero lejos de dramatismo, con entereza y determinación, el periodista y escritor concluyó: “Hay que quitarle el drama a la muerte y empezar a aceptarla como parte inevitable de la vida, como un nuevo principio”.

Qué fácil decirlo. Entre medias, Carlos Fresneda y su mujer, Isabel Carrasco, no han estado solos. No sólo porque tienen dos hijos más, Miguel y Julio; también porque siguen contando con el apoyo de personas como Mercè Castro, que perdió un hijo en un accidente. Esta mujer logró la entereza suficiente para relatar su calvario en ‘Volver a vivir’ (RBA). “Ella me dio una valiosa lección: ‘Hay una buena noticia que quiero compartir, y es que un hijo nunca muere”, relató Carlos Fresneda.

Firma de Alberto Fresneda: TRIP.
Firma de Alberto Fresneda: TRIP.

“Los psicólogos suelen hablar de las cinco fases del duelo: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Yo me he atrevido a añadir una sexta fase: el reencuentro, que se produce a veces de una forma mágica”, agregó Carlos Fresneda ante un público que seguía sus palabras sin pestañear. “A mí me ocurrió el verano en que murió Alberto. La primera sensación fue en Hampsted Heath, el parque donde él quedaba con sus amigos y donde reposan ahora sus cenizas. Empecé a sentir a mi hijo como un sol reconfortante y a reconocerle en todos los grafitis que salen a mi paso en cualquier ciudad del mundo”.

Escribir sobre su hijo Alberto ha sido la mejor terapia para Carlos Fresneda. Y un modo de acercarse más a él, “de llegar al fondo de ese adolescente indómito en que se convirtió, de intentar comprender sus razones y de descubrir al mismo tiempo facetas que ni siquiera sospechaba. Fue la investigación más difícil de mi vida”.

Alberto Fresneda, Alby para los amigos, nacido en Nueva York poco antes de la caída de las Torres Gemelas, era videoartista, ‘disc jockey‘, incipiente artista del tatuaje, inventaba diseños de moda, fantaseaba con su propia marca (Hugh Future),dibujaba cómics y, “como tantos chavales de su generación, cumplió con el rito iniciático del grafiti”, evocó su padre. Alberto, Alby, firmaba como Trip.

El lema ‘Duele contarlo, pero duele más no contarlo‘ ha sido el guion por el que transita Carlos Fresneda. De hecho, se está planteando un nuevo libro que acogería historias semejantes, como la de la familia de Ignacio Echevarría, el ‘héroe del monopatín‘, el joven madrileño que por defender a una mujer de un ataque yihadista en Londres en 2017 acabó siendo asesinado por otro terrorista. O el caso de Ben Goldsmith, el filántropo ambiental británico, que perdió a su hija Iris a los 15 años. Con el padre de Ignacio, Joaquín, y con Ben Goldsmith Carlos Fresneda mantiene estrechos vínculos afectivos.

Alberto Fresneda.
Alberto Fresneda.

El pasado miércoles también se contaron otras historias. La pedagoga Anabel Lorente relató cómo acabó siendo devorada por las fauces de las redes sociales, la psicóloga Patricia Fernández Martín detalló su atención telefónica a familiares de enfermos de COVID, la periodista Diane Cambon habló de la relación de su madre con fenómenos paranormales, el fotógrafo Antonio Pérez Río dio cuenta de cómo los turistas miran las obras del Museo del Louvre a través de sus móviles, el periodista Juan Cruz recordó cómo García Márquez fue perdiendo la memoria y la reportera Sandrine Morel habló de la difícil relación con su madre, que está convencida de que el virus es producto de una conspiración. Como la vida misma.

La noticia

Por Carlos Fresneda

La pandemia nos ha dejado una sensación de duelo colectivo. Todos hemos perdido seguramente a un ser querido o a algún amigo cercano en estos meses. Y lo que es peor: muchos no han podido siquiera despedirse de ellos. Esa sensación de desgarro y dolor es aún mayor cuando no podemos decir adiós…

O cuando decimos adiós sin saber que será la última vez, como me ocurrió con mi hijo Alberto un domingo, 18 de junio del 2018, días después de cumplir los 19 años…

Salió a dar una vuelta por la tarde y no volvió. Le dejamos mensajes en el móvil y no respondía. Pasamos la noche en vilo; nos consolamos pensando que se quedó a dormir en casa de algún amigo.

Al día siguiente, cuando salí a comprar al supermercado, me llamó por teléfono mi compañero del periódico, que se llama Alberto como él: “¿Has visto la noticia? Tres hombres mueren atropellados por el tren al sur Londres”. .. “Un triste suceso local”, pensé, con la fría mentalidad del corresponsal que he sido durante treinta años. El lugar del accidente quedaba lejos de casa y no supe hacer la conexión personal.

Pero el teléfono empezó a sonar y sonar. Sus amigos preguntaban sin cesar: “¿Dónde está Alby (así le llamaban)?”.

Mi preocupación iba a más, y horas después llamaron por el portero automático. Era la policía: “¿Es usted el padre de Alberto Fresneda? Lamentamos comunicarle que es uno de los tres jóvenes fallecidos anoche, mientras hacían grafiti en las vías del tren”.

El dolor te deja sin palabras. Solo quieres callar y llorar. Pero alguien tenía que escribir un comunicado de la familia sobre la muerte de Alberto, fue lo que nos dijo la Policía.

De pronto me vi en la tesitura de contar como periodista la muerte de mi hijo, nacido en Nueva York poco antes de la caída de las torres gemelas, con raíces en el sur de España y crecido en el norte de Londres, donde creyó encontrar su lugar en el mundo.

Pero el comunicado de prensa se quedó muy corto y me dejó un agujero en el corazón. De la necesidad de llenar ese vacío surgió una carta dirigida al propio Alberto, a modo de despedida. Esa carta de un par de folios se publicó en El Mundo y fue creciendo noche tras noche hasta convertirse en un libro, Querido Hijo.

Hubo momentos en que pensé que no sería capaz de acabarlo, desbordado por las emociones. Pero me propuse seguir adelante, fiel a un lema que me repetía a mí mismo: “Duele contarlo, pero duele más no contarlo”.

Escribirle fue al final mi mejor terapia. Y también una manera de acercarme a él, de llegar al fondo de ese adolescente indómito en que se convirtió, de intentar comprender sus razones y descubrir al mismo tiempo facetas que ni siquiera sospechaba.

Fue la investigación más difícil de mi vida…

La investigación

Por Carlos Fresneda

A los pocos días de su muerte, los amigos de Alberto se congregaron para dedicarle un altar callejero junto a la estación de Loughborough Junction. Fue un momento muy especial, en el que comprobé lo querido que era mi hijo por ese grupo variopinto al que bautizamos como “las tribus de Alby”.

Al final del acto emotivo, entre lágrimas, alguien a quien no conocíamos nos dijo: “Había un cuarto grafitero con ellos esa noche y escapó a tiempo: quiere hablar con vosotros”…

Pero los días pasaron y no tuvimos noticias de él. Las heridas estaban tan abiertas que investigar lo que lo que ocurrió me dolía. Tuvieron que pasar más de seis meses para sentarme a conversar con sus amigos. Pensé que la mejor manera de hacerlo era de uno en uno. Empezamos a vernos los viernes…

Quedábamos en un café de Camden, el territorio predilecto de Alby. Solíamos sentarnos en una ventana, con vistas al canal. Ante mi sorpresa, descubrí que desde allí se veían no ya uno, sino dos de sus tags con su firma de grafitero: TRIP. Fue como si él mismo nos presentara y nos ayudara a romper el hielo.

Descubrí para empezar que tenía dos novias. Lydia se presentó como su “viuda”, pero tirando del hilo supe que el romance no fue más allá de sus últimas semanas de vida. Su compañera del alma era en realidad Matilda: llevaban saliendo casi dos años y hablaba de él con total fascinación. Su vínculo con Alby llegó a tal punto que al año siguiente se metió a estudiar su mismo curso de artes visuales.

Acabé congeniando con su mejor amigo, Malik, a quien le gustaba bromear diciendo que eran en realidad hermanos gemelos, separados en Nueva York en el momento del nacimiento… e inseparables desde que se reencontraron en Londres. Malik fue además el pegamento que unía a todos sus amigos, y un gran ejemplo de compasión y madurez ante la tragedia.

Akira fue el mejor amigo de Alberto hasta los 16 años. La edad de la fricción dejó paso a la edad de los peligros. “Hicimos muchas locuras, pero juntos tuvimos las mejores experiencias de nuestras vidas”, recordaba Akira, que llegó a verle casualmente horas antes de su muerte. Como homenaje le dedicó un podcast, Buntai Sessions, con sus canciones favoritas y los testimonios de sus amigos.

Fueron al final dos meses de encuentros en pleno invierno, más de veinte entrevistas que me ayudaron a redescubrir a mi hijo… Como videoartista, como disc jockey o como incipiente artista del tatuaje. Llegó a hacer incontables diseños de moda y a imaginar su propia marca, High Future. Era un virtuoso de los comics y un aficionado al monopatín. Como tantos chavales de su generación, cumplió con el rito iniciático del grafiti…

Con sus amigos grafiteros de “tripulación”, Duke y Stone, me adentré en el callejón entre las vías del tren donde se adiestraron en West Hampstead. Ahondé también en las vidas de Lover (Harry) y KBag (Jack), los dos jóvenes que murieron con él.

Y hablé finalmente con Daniel, el cuarto grafitero que estuvo con ellos hasta minutos antes del accidente… “!Vámonos, esto es peligroso y no merece la pena quedarse aquí”, les dijo con la experiencia de sus 29 años. No le hicieron caso. Se marchó por su cuenta y se enteró de la muerte de sus amigos al día siguiente.

El sentimiento de culpa le persigue desde entonces.

El reencuentro

Por Carlos Fresneda

A los artistas del grafiti les une un fortísimo sentimiento de hermandad. Con el tiempo he llegado a apreciar ese impulso que les lleva a jugarse la vida y a dejar su firma en las vías del tren. Entre ellos se llaman “escritores”, y su sueño es “llegar a todos los sitios”…

Alberto cumplió sin duda su objetivo. Al cabo de todo este tiempo, sus tags ubicuos de TRIP me persiguen todos los días al salir de casa, como eterno recordatorio de su paso por la vida… También me acompañan los grafitis que hacen sus colegas usando su nombre para recordarle.

Convocar a todos sus amigos y escribirle un libro fue una manera de reencontrarme con él, de recuperar aquella mirada de niño avispado e inquieto y recortar esa distancia insalvable que se abre entre padres e hijos en la adolescencia, cuando toca rebelarse.

Mi mujer, Isabel, contribuyó a cerrar las heridas con un bello epílogo que tuvo también algo de reencuentro familiar, al que se sumaron mis otros dos hijos, Miguel y Julio, que han llevado el trauma con una entereza envidiable…

Los psicólogos suelen hablar de las 5 fases del duelo: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. Yo me he atrevido a añadir una sexta fase: el reencuentro, que se produce a veces de una manera mágica.

A mí me ocurrió el verano en que murió Alberto. La primera sensación fue en Hampstead Heath, el parque donde él quedaba con sus amigos y donde reposan ahora sus cenizas.  Desde entonces he sentido siempre a mi hijo como un sol reconfortante, como una fuerza interior. Y he llegado a reconocerle en todos los grafitis que salen a mi paso en cualquier ciudad del mundo.

En este camino he coincidido con muchos padres que se han reencontrado a su manera con sus hijos. Me hice amigo de Joaquín, el padre de Ignacio Echeverría, el héroe del monopatín que perdió la vida en el atentado del puente de Londres.

Hablé con Laura, la hermana de mi cuñada Ana, que vivió cinco años con su hijo -también Ignacio- temiendo que cada día podía ser el último por una enfermedad incurable. Llamé a Mercè Castro, autora de “Volver a vivir”, que perdió a su hijo Ignasi en un accidente de tráfico y me dio la lección más valiosa que he recibido en todo este tiempo:

“Hay una buena noticia que quiero compartir, y es que un hijo nunca muere”.

Llegados a este punto, tengo una buena noticia que daros: hay que quitarle el drama a la muerte y empezar a aceptarla como parte inevitable del ciclo de la vida, como un nuevo principio. El dolor que hemos sentido estos meses tiene que dejar paso a una profunda apreciación por todo lo que aún tenemos.

Nuestros seres queridos siguen en el fondo vivos, muy vivos, dentro de nosotros.

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