febrero 24, 2021

Balacera en Zapopan y masacre en Tlaquepaque. El impacto de las palabras y del contexto

El día 18 de febrero del 2021 hubo una masacre en la colonia Guayabitos, en Tlaquepaque, Jalisco. Fueron asesinados tres hombres y dos mujeres. Las víctimas, según medios de comunicación, estaban maniatadas y con una bolsa de plástico en la cabeza....

Foto: @_kirahoffmann

El día 18 de febrero del 2021 hubo una masacre en la colonia Guayabitos, en Tlaquepaque, Jalisco. Fueron asesinados tres hombres y dos mujeres. Las víctimas, según medios de comunicación, estaban maniatadas y con una bolsa de plástico en la cabeza. Sus edades oscilan entre los 25 y los 30 años.

Algunos periodistas llamaron a este hecho “multihomicidio”, está claro que la sensación que provoca esta palabra no es la misma que genera la de “masacre”. La colonia Guayabitos es un barrio popular que se localiza cerca del cruce de Av. 8 de julio y Periférico Sur. Colinda con Nueva Santa María y con Lomas de Santa María. Las calles son empedradas o de tierra, hay casas con fachadas sin enjarre y piso de cemento. El acceso en ciertas zonas es complicado para los automóviles. A simple vista es obvio que numerosas familias viven en condiciones de pobreza. Respecto a la finca en donde ocurrieron los asesinatos, los vecinos mencionaron que ahí se reunían a beber y a consumir drogas. 

Es interesante si se compara este hecho con el ocurrido el día 8 febrero en la Av. Real Acueducto, en Zapopan. Más allá de las notables diferencias entre uno y otro, hay un tema de clase y mediático en el fondo. Es lícito decir que ambos acontecimientos son efectos originados por una misma causa o por causas semejantes. La ingobernabilidad, la potestad del crimen organizado, la impunidad, etc. También es patente que uno fue a plena luz del día, con cientos de testigos y con videos que circularon a través de la red. Pero el impacto que producen puede estar motivado por otras razones.

Es escandaloso y preocupante que un hecho así se haya suscitado en una zona comercial. Se convirtió en una noticia que repercutió en toda la sociedad. Sujetos armados entrando a un restaurante y disparando en un lugar en donde no es extraño suponer que la vigilancia policiaca es usual. La conmoción fue significativa sin que se dieran varias víctimas mortales, se sospecha que el fallecido era uno de los delincuentes. Tampoco se conoce la identidad del sujeto que fue secuestrado. Presunto motivo de la balacera. La masacre de la colonia Guayabitos no acarrea el mismo furor no sólo porque no hay videos, sino porque fue algo “normal”.  Una atrocidad que se dio en un sitio en donde es común que esto ocurra. Pese a la crueldad, no hay un eco mediático ni social. Esta noticia es como una fosa más en predio abandonado de Tlajomulco o como el asesinato de alguien que se resistió a un asalto. Es un hecho que cabe en la “cotidianidad” de los últimos años. El otro, aunque hay casos paralelos, como el atentado contra Nájera en mayo del 2018 en Chapultepec, es más raro.

Lo anterior nos demuestra que la violencia ha dejado de impactar a las personas. Son las circunstancias en las que se da esa violencia lo que hace más grave o llevadera la situación. No obstante algo que comparten ambos acontecimientos es la criminalización de las víctimas. Como se ha expresado ya, suponer que lo que les ocurrió fue consecuencia de sus actos, mitiga la inquietud del resto de la población. A pesar de no saber nada de ellos, suponer que son parte de algo ilegal justifica entonces lo que les pasó. Esta conjetura, aunque se puede dar de forma inconsciente, es grave. Implica que las condiciones que se viven son ajenas a todos aquellos que no se inmiscuyen con el crimen. Es una manera de salvaguardarse o de creerse a salvo.

Las horas del día son insuficientes para preocuparse e indignarse con todos los hechos violentos que ocurren. Esta opinión no pretende eso. Simplemente hacer notable que, cuando algo sale de lo que hoy es normal, como una balacera en cierta zona, esto genera un impacto. Y cuando sucede en un lugar en donde es habitual, ya no lo es. Ni para los medios ni para una parte importante de la sociedad. El contexto es, como siempre, algo que minimiza o maximiza un acontecer determinado.

Por otra parte, la relación que se hace entre la violencia e inseguridad con las condiciones sociales es real. Ya sea porque sí exista una concordancia, respaldada con datos oficiales por ejemplo, o por mero prejuicio. Los hechos violentos colisionan de formas distintas en la gente, dependiendo del lugar en que se dieron. Se sobreentiende que ciertos sitios en donde hay una elevada posición social, no deberían ocurrir determinados eventos. Se debería transitar con libertad y con seguridad. Las masacres, los cuerpos abandonados, los tiroteos, son fenómenos que ocurren en otros lugares.

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