▲ Arely Escobar estuvo en el hospital mes y medio, después otros 45 días en recuperación en su casa. Desde entonces no ha podido volver a trabajar en el área de seguridad, en la que atendía prevención de pérdidas.Foto La Jornada
Sanjuana Martínez
Periódico La Jornada
Domingo 22 de febrero de 2026, p. 10
“Muérete, muérete, muérete”, gritó Gabriel Alejandro González Castillo a Arely Viridiana Escobar Sánchez, luego de lanzarle alcohol y prenderle fuego delante de sus tres hijas y quemarla en 70 por ciento de su cuerpo.
Era el 18 de mayo de 2024 y todo ocurrió en su casa ubicada en Chimalhuacán. El agresor, ex policía y guardia de seguridad, huyó y fue detenido el 25 de junio del año pasado en Oaxaca e ingresado en el penal de Neza-Bordo, en el estado de México.
A pesar de la gravedad de las heridas, se le tipificó una falta solamente de “lesiones”, hasta que el abogado de la víctima, Maximiliano Carranza García, de Provimex, províctimas México, logró reclasificar el delito de la carpeta CHA/CGO7MA/009/144523/24/05 a intento de feminicidio en grado de tentativa.
Sin embargo, la lucha de Arely, sobreviviente de feminicidio, no termina ahí. En la audiencia celebrada el pasado miércoles, la jueza Rosa María Franco Gutierrez, del juzgado de control, de juicio oral y de ejecución de sentencias del Distrito Judicial de Nezahualcóyotl, ofreció al imputado el “beneficio” de aceptar su culpa a cambio de la reducción en 50 por ciento de su pena por la tentativa de feminicidio, un delito tipificado con 46 años y ocho meses de prisión.
“Voy a luchar porque le den la pena máxima, no es justo. Ese beneficio es un derecho que él no merece. Me salvé porque yo logré echarme el garrafón de agua. ¿Cómo es posible que le quieran dar un beneficio? Él sigue siendo un peligro para mí y para mis hijas y para las demás mujeres”, dice al borde de las lágrimas en entrevista con La Jornada.
Dice que su ex pareja es reincidente porque antes intentó quemar a su madre: “Ellos estaban peleando y él estaba muy enojado y agarró el encendedor y se lo prendió en el cabello rizado. Alcanzó a quemar el pelo de su mamá, pero lo empujé. Yo fui testigo, pero nunca pensé que me hiciera lo mismo. No sé si estaba muy enamorada. ¿La autoridad tal vez cree que si él sale libre antes de tiempo no va a seguir agrediendo mujeres?”
Añade: “Yo no me iba a salvar. Estoy viva de milagro y porque pude echarme agua. Él lo que quería era matarme. Y no lo digo yo, lo dice mi hija de apenas cinco años que vio todo. Ella se echa la culpa porque no me ayudó a apagarme. Y ahora me dice: ‘mi papá te gritaba muérete, muérete, muérete’”.
Etapa de negación
Arely cuenta que su noviazgo con Gabriel Alejandro duró sólo mes y medio y a continuación decidieron vivir juntos. Ella ya tenía una niña de un año de edad, de una relación anterior a la que él adoptó como propia, pero muy pronto surgieron los problemas de violencia verbal.
“Me decía: ‘no sabes hacer nada, no te voy a tratar como princesa’. Luego en un enojo me empujó, aunque me pidió perdón diciendo que se desesperó y que no lo iba a hacer otra vez. Fue mentira, las agresiones fueron cada vez más fuertes: me pegaba, me dejaba moretones, una vez me dejó el ojo morado.”
Después de unos años, Arely cuenta que ya no se reconocía a sí misma. “Me vi al espejo una vez que me pegó y dije ¡ya basta!. Ya no me reconocía, me quitó todo. Ya no era la Arely que decía soy valiosa, yo puedo más que nadie. Fue cuando empecé a abrir los ojos poco a poco”.
Cuenta que no le pegaba cuando estuvo embarazada de sus otras dos hijas: una de casi cuatro y otra de dos años. “Él no quería tener varones, sólo niñas. En esas etapas de los embarazos era todo amor, pero después de dar a luz era distinto, cambiaba, se volvía muy agresivo conmigo”.
Comenta que Gabriel Alejandro quería más a su hijastra que a sus propias hijas, algo que la empezó a preocupar. “Así como lo veía tan mal sicológicamente, pensaba que tal vez quería hacer algo a mi hija. No sé, era rara su actitud de quererla más a ella”.
Noche fatídica
La noche del 18 de mayo de 2024 fue muy complicada porque Gabriel Alejandro decidió emborracharse con sus amigos en casa. Cuenta que él tomaba alcohol todos los días. Y cuando ella le reclamó se puso tan agresivo que decidió hablar a la patrulla para intentar calmarlo. Los policías se tardaron más de una hora en llegar.
“Empezamos a discutir y me aventó, y gracias a unas rejas no me caí al piso de abajo. Me agarró del cabello y me empezó a pegar. Mi hija gritaba: ‘suelta a mi mamá’ y él le dijo: ‘tú mamá me vino a provocar’. Y gritó: ‘a ver, llámale a la policía, a ver quién te protege’”.
Cuando llegaron los policías, Gabriel Alejandro llamó a su mamá para decirle que los policías se lo iban a llevar. “El oficial se enojó y le dijo: ‘no diga mentiras, señor; en primer lugar, nada más venimos hablar con usted y, en segundo lugar, ni lo estamos agrediendo ni nos lo vamos a llevar, la señora nos habló para que te cambies de cuarto’”.
Los policías se retiraron advirtiéndole que si se ponía otra vez agresivo se lo iban a llevar. Arely acompañó a los uniformados a la salida de su casa y uno de ellos le dio su celular por si lo necesitaba. “Nunca pensé que iba a volverles a llamar”.
Cuando entró se dio cuenta de que su entonces pareja ya estaba rompiendo las carreolas y buscando los documentos de las tres niñas, amenazándola de que se las iba a llevar y que nunca más iba a saber de ellas. “Por eso tampoco lo dejaba, me tenía muy amenazada con quitármelas y con meterme a la cárcel porque decía que me iban a inventar un delito de posesión de droga. Le tenía miedo”.
“Muérete, muérete”
Señala que ya estaba preparando bolsas con la ropa de las niñas para irse e intentó contener su ira, pero él le gritó: “hija de la chingada, hiciste tus mamadas, vas a ver como te va a ir’. Abrió la puerta, me aventó con mi hija. Cuando volteo a ver su cara, lo vi fuera de sí con una cara muy fea llena de odio”.
A continuación, él le dijo: “¿Quieres arder?” Ella no supo qué responder, sólo se quedó pasmada. “Agarra el alcohol, lo abre y me lo lanza desde la cabeza, en todo el cuerpo; me cayó también en los ojos y no veía nada. Me fui a la cama como pude. Tomé una cobija para limpiarme la cara, pero ya cuando reaccioné él estaba encima de mí intentando prender el encendedor y yo tapándolo con la cobija, pero vi que mi brazo derecho ya se estaba quemando”.
Cuenta que estaba en la cama donde dormían dos de sus hijas y por eso su primer impulso fue levantarse para poner a salvo a las pequeñas. “Sabía que si me quedaba en la cama, mis hijas también se iban a quemar”.
Como pudo, expresa que empezó a gritar: “¡ayuda, ayuda; me está quemando!, ayúdenme a apagarme, mientras él gritaba: ‘muérete, muérete, muérete”. Yo corrí a la cocina, abrí la llave, pero salía un chorrito y sólo me pude apagar la cara. No podía apagarme más, pero me acordé y vi el garrafón y me lo eché encima. Me acordé de mi papá, es militar capacitador y siempre nos decía que sólo con tierra o agua podíamos apagar las llamas”.
Cuando abrió los ojos vio a su ex pareja enfrente. “No sé si me quería ayudar o me quería quitar el garrafón, pero cuando vio que reaccioné, corrió hacia la puerta y quería llevarse a mi niña grande que presenció todo. Ahí me di cuenta de que mi brazo seguía ardiendo, quemándose. Agarré a mi hija para protegerla y antes de irse, él me vio, supo lo que me había hecho”.
Dolor indescriptible
Arely cuenta que en ese momento entró su vecina, quien al verla quedó desconcertada y no reaccionaba. “‘Me quemó, Mary, me quemó’, le dije y en ese momento le pedí ayuda para llamar a la patrulla. Tenía mis dedos hinchados. No sentía nada”.
Añade: “fue horrible, no se lo deseo a nadie. Esto que pasamos las mujeres quemadas por nuestras parejas con ácido, químicos, gasolina… es horrible. Cuando llegaron los policías, Mary me tomó una foto porque ellos estaban abajo y querían ver cómo estaba. Esas fotos son ahora pruebas”.
Recuerda que las policías que venían con los patrulleros carecían de capacitación con perspectiva de género. “Le dije a una de ellas: ‘ya me están ardiendo mucho las quemaduras, por favor llamen a la ambulancia’. Sentía un dolor tremendo que no puedo explicar, mientras la policía me seguía pidiendo mis datos, pero el oficial le dijo: ‘hay que llamar a la ambulancia porque se nos puede morir aquí’”.
Manifiesta que, a pesar del inmenso dolor por las quemaduras, lo que más le preocupaba era dejar a sus tres hijas, en ese momento con edades de seis meses, dos y cinco años, pensando que si Gabriel Alejandro regresaba, se las iba a llevar. “Recuerdo que le dije a mi niña grande: ‘voy al doctor, cuida a tus hermanitas, no te vayas a ir con tu papá, por favor. Te amo, si sale algo mal, recuerda que las amo’”.
Recuperación y justicia
Camino al hospital, Arely sufrió dos infartos. El dolor que sentía era inmenso. Estuvo en el hospital mes y medio, después otro mes y medio en recuperación en su casa. “Luego empezó un largo proceso de injertos. No se me quitaba el olor a quemado. Fui al hospital de quemaduras de Xochimilco. Me hicieron una limpieza profunda, me operaron; me quitaron piel de la pierna buena para poner los injertos en las zonas quemadas”.
Refiere que su recuperación ha sido muy dolorosa y que desde entonces no ha podido volver a trabajar en el área de seguridad, en la que atendía prevención de pérdidas. Tampoco es posible que haga una vida normal debido a la depresión y a la falta de movilidad de uno de sus brazos. “Casi no puedo moverlo. Me sigue doliendo, no puedo estar en el sol ni en el frío. Sigo con las mismas cicatrices, voy a tardar años en recuperarme. Los tratamientos son muy caros”.
Afortunadamente, ha recibido el apoyo de la Fundación Carmen Sánchez. “Ellas me acompañan para que vaya sanando, estoy muy agradecida. Voy a seguir peleando para que él se quede en la cárcel con la pena completa”.
Tomado de https://www.jornada.com.mx/



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