Ante el dolor de los demás

Ante el dolor de los demás

Tomado de Ethic.es

«Al oírle un grito de dolor a mi hermano, mi propio dolor se despierta y grita en el fondo de mi conciencia». Miguel de Unamuno, ‘El sentimiento trágico de la vida’.

Al comienzo de la invasión rusa de Ucrania, el periodista de The Associated Press, Mstyslav Chernov, el fotógrafo Evgeniy Maloletka y la productora de campo Vasilisa Stepanenko fueron testigos –después de que el resto de periodistas abandonaran la ciudad– del asedio de las tropas rusas sobre Mariúpol, de los constantes bombardeos rusos sobre hospitales, universidades y otros edificios civiles de la ciudad ucraniana y de las muertes de niños, mujeres y otros civiles indefensos. Testigos de una más entre las barbaries que somos capaces de continuar infligiéndonos los humanos.

El documental 20 días en Mariúpol –ganador del último Óscar como mejor documental, además del Premio Pulitzer 2023 al servicio público, el BAFTA de la Academia Británica de Cine, el premio del público en el Festival de Cine de Sundance y al mejor documental del Sindicato de Directores de Estados Unidos– recoge imágenes que sobrecogen y conmocionan, conmueven e inspiran verdadera compasión, como el llanto inconsolable de los padres abrazados a los cuerpos yacentes y ya inertes de sus hijos muertos, que estas últimas semanas, estamos viendo igualmente reproducido, con el mismo infinito dolor, en Gaza.

En 1938 Virginia Woolf publicó Tres guineas donde reflexiona sobre las causas de las guerras y nos propone como medio de remover nuestras voluntades, mirar imágenes de los males que las guerras conllevan. Al libro de la escritora británica se refiere otra mujer escritora, Susan Sontag en otro libro, Ante el dolor de los demás (Penguin Random House, 2010), imprescindible para quien quiera adentrarse en el estudio de la representación visual de la guerra y la violencia. Tomo prestado el título en este artículo, no ya para llamar la atención de los diferentes motivos de las fotografías de guerra y las cuestiones éticas que rodean las mismas, sino para interpelarme e interpelar al lector sobre el efecto que causan en nosotros esas imágenes. Si las mismas, por tan repetidas –cada día los informativos de la TV nos muestran imágenes de pueblos devastados, de cuerpos mutilados, de padres y madres desconsolados sujetando entre sus manos los cuerpos sin vida de sus hijos– no nos generan más que un escueto comentario, un gesto de desagrado, que ni siquiera dura más que unos segundos pasados los cuales fijamos nuestra atención en otra cuestión, quizás banal, sobre la que gira el noticiario, o provocan en nosotros al menos una reflexión más profunda sobre los horrores de la guerras y nuestra posición ante las mismas.

Ya Aristóteles reflexionó en su Retórica sobre la compasión, ese sentimiento tan propiamente humano, viniendo a definirla como la «tristeza o pena que nos produce la contemplación del mal grave e inmerecido que sufren otros y que también podríamos padecer nosotros o las personas a nosotros más cercanas».

Como indica la etimología, ‘cum passio’ significa padecer juntos, y ese padecimiento compartido presupone personalizar al otro e imaginar su dolor para identificarnos con él

Como indica la etimología, cum passio significa padecer juntos, y ese padecimiento compartido presupone personalizar al otro –reconocerlo como un semejante– e imaginar su dolor para identificarnos con él. De esa personalización que exige la compasión filosofa Unamuno en El sentimiento trágico de la vida para extenderla, además, no solo a nuestros semejantes, sino a otros vivientes e incluso no vivientes, pues –como escribe el pensador español– «para compadecerlo todo, humano, viviente y no viviente, es menester que lo sientas todo dentro de ti mismo, que lo personalices todo».

La capacidad humana para compadecer a nuestros semejantes tiene una base biológica, ya que nuestras percepciones de las reacciones emocionales de los demás activan en nuestro cerebro las mismas neuronas que se activarían de ser nosotros sujetos de esas mismas emociones. Son las neuronas espejo, como las bautizó el neurobiólogo italiano Giacomo Rizzolatti, que se activan no solo cuando el individuo es sujeto de una determinada emoción, sino también cuando observa a un congénere ser sujeto de esa misma emoción.

La compasión, o si queremos llamarla de otra manera más descriptiva, la empatía emocional y su proceso: imaginación, sentimiento, personalización, resulta innata a nuestra propia condición humana, y por lo tanto trasciende cualquier cultura o religión, sirviendo de base a la sociabilidad necesaria para el progreso de la especie.

Precisamente si hemos dado un atributo a Dios en las tres grandes religiones monoteístas es el de ser compasivo y misericordioso. Ya en el libro de las Lamentaciones se dice: «El gran amor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota». Y en el libro de los Salmos: «Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos». Pablo de Tarso instaba a los romanos y a los cristianos de Éfeso a ser compasivos unos con otros, a «gozar con los que gozan y llorar con los que lloran».

Figuras como Mahatma Gandhi o el Dalai Lama han tratado de cambiar el mundo a través de la no violencia inspirados por la compasión. Gandhi hace hincapié en la necesidad de construir las relaciones interpersonales e internacionales sobre los principios positivos de respeto y compasión.

Es cierto que algunos filósofos criticaron la compasión. Spinoza la criticó por cuanto sentimiento pasivo, que disminuye nuestra capacidad de pensar y de obrar. También Descartes y Kant prefirieron el discernimiento racional como guía de la ética. Sin embargo, no existe contradicción entre compasión y racionalidad. La compasión es un sentimiento que nos ayuda a entender e identificarnos con el padecimiento ajeno, y nos abre la oportunidad de reflexionar sobre sus causas y sobre lo que podemos hacer para evitarlas.

La propaganda de guerra priva al enemigo de su condición de semejante, incluso de la condición de ser humano

Ese proceso de imaginar el sufrimiento ajeno y finalmente personalizarlo exige del esfuerzo racional de reconocer al diferente como destinatario de nuestra compasión, expulsando de nuestras mentes el prejuicio reduccionista que categoriza al otro, que sufre, como diferente y, llegado el caso, de su máxima manifestación, la propaganda de guerra que priva al enemigo de su condición de semejante, incluso de la condición de ser humano.

Desde esta perspectiva, la compasión se incardina con la justicia, en cuanto oposición al sufrimiento que se puede causar a otro, y con la generosidad, pues la compasión no solo nos retiene de ofender al otro sino que nos impulsa también a ayudarle. Ambas relaciones las puso de manifiesto Schopenhauer, a quien principalmente debemos en Occidente el valor de introducir la compasión como fundamento de la moral.

La conclusión es que la compasión es un sentimiento específicamente humano que nos ayuda tanto a reflexionar sobre lo que es justo e injusto como a profundizar sobre la propia eticidad de nuestros actos, interpelándonos sobre nuestra frecuente pasividad ante el sufrimiento ajeno, sobre nuestro desinterés o vaga reflexión sobre las causas del mismo y sobre lo que está en nuestras manos para evitarlo.

Tomado de Ethic.es