Almudena Sánchez: “La depresión es el estado más cercano a la muerte que hay”

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Literatura

Almudena Sánchez narra su sufrimiento en su nueva novela, ‘Fármaco’, que ofrece como una guía de comprensión para otros enfermos

Almudena Sánchez.
Almudena Sánchez.JAVIER BARBANCHO

Actualizado Sábado,
15
mayo
2021

01:12

Fármaco, de Almudena Sánchez (Random House), parece un libro fácil de explicar: una mujer joven tiene depresión. Al principio, en las grietas de la enfermedad, encuentra momentos fugaces de lucidez en los que escribe a mano notas desesperadas. Poco a poco, gracias a las medicinas, amplía esas líneas, las hilvana como recuerdos de una infancia, ni feliz ni desdichada. Pasan las páginas y esa escritura caótica encuentra una estructura: se convierte en una gran sesión de autoterapia primero y, después, en algo bastante parecido a una novela en la que un personaje viaja de un punto, la enfermedad, a otro, la salud.

«Estoy bien, no tomo nada. Lo que pasa es que la depresión no se olvida. Está constantemente en tu vida; lo está cuando la sufres y también después», explica Sánchez. «Vivo con un terror constante a que vuelva. Todos los días pienso: ‘Y si esto me vuelve a pasar, ¿qué hago?’. Me salta la alarma al mínimo síntoma, es un terror absoluto. Creo que otra depresión sería lo peor que podría pasarme. Sería un infierno, prefiero cualquier enfermedad física… que se pueda curar».

Otra depresión sería lo peor que podría pasarme

Almudena Sánchez se dió a conocer en 2017 con La acústica de los iglús (Caballo de Troya), un libro de relatos líricos y vitalistas. «Tenía otros libros en la cabeza, pero me vino la depresión». Y la depresión se impuso a todo. «La depresión es un misterio, un asunto que no sabemos cómo tratar. Pensamos que ocurre si te ha pasado algo: si se te ha muerto alguien, si tu familia ha tenido un accidente terrible, si has pasado una ruptura… Si no ocurre eso, si eres joven y estás deprimida, viene la incomprensión. ‘¡Pero si debería estar disfrutando de lo mejor de la vida!’. Pero la depresión ocurre, a menudo sin un motivo aparente y hay que aceptarlo. El cáncer también ocurre».

Continúa la descripción: «Tienes depresión y te alejas. Te vuelves un poco poco egoísta. Tú no quieres estar. Ni en el mundo, ni con los demás… Quieres romper lazos y suicidarte, voy a decir esa palabra, suicidarte con calma, sin que nadie pase un gran duelo. No es que quieras hacer daño, sólo quieres desvincularte, no estar. Y para no estar, cuanto menos contacto con los demás, mejor. Pero los demás vienen a ti y te quieren ayudar y hablarte y cada palabra suya es una carga más pesada. Tú sólo quieres estar contigo misma porque a ti misma sí te entiendes».

Almudena Sánchez.
Almudena Sánchez.JAVIER BARBANCHO

«La depresión que me diagnosticaron era endógena, pero me cuesta creer que todo responda a un gen. Sí, seguro que hay un gen que tiende a la depresión, seguro que había una descompensación en el cerebro, un líquido que faltaba. Lo que sea. Pero eso no lo explica todo. Me puse a buscar y me salió la infancia… ¿Por qué? La depresión es el estado más cercano a la muerte que hay. Dejas de dialogar con la vida y empiezas a dialogar con la muerte. Tu tema ya no es la amistad, ni el sol, sino cómo morirte. Estás muy cerca de la muerte y en ese momento rememoras la infancia. Creo que pasa igual en la vejez. Entonces, tomas conciencia del carro con el que cargas y en el que acumulas traumas… Yo creo que eso también es innegable que es un factor».

Sánchez dice que su libro es un texto optimista. «Es un elogio a la ciencia y a los fármacos. Es lo contrario a una romantización de la enfermedad. La ciencia va rapidísimo, cura lo que era incurable. Pero las personas seguimos sin entender nada de la depresión. Ojalá que el libro sea un bálsamo para entender a la próxima persona con depresión que tengamos cerca».

De modo que junto a la química y la ciencia, está la intimidad. «Yo no hice terapia. Sólo me medicaron. Hablaba un poco con mi psiquiatra, media hora. Bueno, al principio, no, al principio sólo lloraba. Él salía de la habitación, volvía a entrar, me levantaba, me sentaba… Cuando pude hablar empecé a referirme a las cosas de mi infancia, a las perspectivas precarias que tenía de trabajo y tal. Empecé a soltar peso».

Y a expresar su soledad: «En la depresión tienes una herida invisible que nadie entiende porque nadie ve. Ni yo la veía: pensaba ‘mañana estaré mejor’. Pero al día siguiente no estaba mejor, y así tres años. Si hubiese tenido una rodilla rota y no pudiese correr, enseñaría mi escayola. Pero deprimida no podía enseñar nada. Eso era atroz… ».

Tienes depresión y te alejas, te vuelves un poco egoísta, quieres romper lazos y suicidarte

En parte, la curación llegó en paralelo a la comprensión de la enfermedad. A medida que las medicinas hicieron efecto, Sánchez empezó a leer sobre la depresión. «Yo quería estar mejor; recordé que lo que más me gustaba era escribir y volqué en escribir y leer mi deseo de curarme. Tomaba una pastilla y tenía un momento lumínico entre millones de sombras. Escribía. Cuando empecé a acumular material, busqué libros sobre la depresión. No libros de autoyuda, porque no me creo eso de ‘sal de la depresión en 10 días’. Sino libros clínicos y literarios. El libro de Andreu Salomon [El demonio de la depresión] fue importante».

¿Y qué encontró? «Sobre todo, perplejidad. Ese no saber cómo tratar, qué hacer. A mí me pasa. Tengo una amiga con depresión desde hace años y no hace más que hablar de morirse, del futuro sin trabajo que nos espera. Se va una tarde entera a El Corte Inglés a ver cuchillos, a comprar un cuchillo. Ahora que estoy bien me doy cuenta de lo difícil que es llevar eso. Hay que ser fuerte para estar a su lado. Tiene 30 años, es terrible si lo pienso».

Dos personajes secundarios acompañan a Sánchez en su viaje. Su abuela y su psiquiatra. «Me dijeron que era probable que alguien en mi familia hubiese tenido depresión. Era mi abuela. Yo no la conocí, pero lo sabía. Fui consciente de los fármacos que ella no tuvo y yo sí. Fui a su tumba y tuve una especie de conexión espiritual muy fuerte con ella».

¿Y el médico? «Yo no quería ir al psiquiatra, tenía miedo. No es lo mismo ir al psiquiatra que ir al traumatólogo. La primera visita al psiquiatra la apuntas en tu vida… y, a la vez, la escondes. Él era duro conmigo. Bueno, más que duro, era serio. Creo que estaba preocupado. Yo lloraba una hora entera. Y él no podía hacer otra cosa más que esperar y prescribir. Y así hasta que pudimos construir una relación muy positiva».

Sólo queda nombrar a los fármacos que dan título al libro: Vandral Retard y Rexer Flas, cuya combinación tiene un apodo: California rocket fuel. También para la depresión hay bromas.

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