abril 10, 2021

Adelanto de ‘Biografía de la inhumanidad’ de José Antonio Marina: ¿Por qué no hemos conseguido librarnos de la crueldad?

El miércoles se publica 'Biografía de la inhumanidad' (Ariel), un ensayo que aborda la crueldad humana a lo largo de la Historia. José Antonio Marina escoge un extracto en exclusiva para los lectores de EL MUNDO Leer#Sonora #Expresion-Sonora.com Tomado de...

Los humanos, a pesar de nuestros indudables logros, no hemos conseguido liberarnos de la crueldad, del daño voluntariamente infligido, de las matanzas colectivas, las guerras, los genocidios. La atrocidad es un componente esencial de la cultura humana. Estamos tan acostumbrados a este hecho, que hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él, de escandalizarnos o de rebelarnos. Tal vez por aquello que se atribuye a Stalin: “Una muerte es una tragedia. Cien mil muertes son una estadística”.

La

admiración por nuestra inteligencia implosiona al comprobar que la crueldad, la brutalización programada, el horror son también productos de esa inteligencia. Los animales son feroces, pero no crueles. ¿A qué obedece esa sucesión de progresos y colapsos, esa incapacidad de evitar el horror? Hablar de un enfrentamiento entre el bien y el mal, es demasiado abstracto. Creo que, por su desmesura, el estudio de la violencia extrema, de la crueldad masiva puede revelarnos algunas claves de la evolución humana. En ella actúan mecanismos psicológicos individuales y sociales, estructuras institucionales, manipulaciones estratégicas que conviene explicar. Son comportamientos que, por su dimensión, crueldad, o violencia producen espanto. Desde el punto de vista legal se los denomina “crímenes contra la humanidad”, “crímenes de lesa humanidad”, “genocidios”, “limpieza étnica”, “asesinatos masivos”.

Los horrores de la guerra pueden explicarse por la situación excepcional que se vive, capaz de despertar y exacerbar todas las pasiones. Pero

es más difícil explicar los asesinatos en masa sistemáticos, fríos, burocráticos

. Es lo que hace que el exterminio nazi de los judíos sea de una negrura impenetrable. Los genocidios documentados no pueden explicarse diciendo que los perpetraron una pandilla de sádicos. No: los ejecutaron ciudadanos bien integrados socialmente, que en una situación excepcional cometieron atrocidades y que después volvieron a su vida normal. ¿Qué les pasó? ¿Qué impulso atávico se impone en esas situaciones atroces? James Waller ha intentado analizar en su libro

Becoming Evil

los inquietantes mecanismos psicológicos y sociales que permitieron a personas “normales” participar en masacres, y volver a llevar después unas vidas pacíficas y vulgares. ¿Cómo son posibles rupturas tan radicales y a la vez reversibles? Al hablar del Holocausto, le interesó, y a mí también, conocer a quienes llevaron a cabo tan atroz tarea. En las matanzas nazis participaron entre cien mil y quinientos mil asesinos. ¿De dónde salieron? No había tantos psicópatas en Alemania. Christophe Browing, en un patético ejemplo de microhistoria, estudió a los miembros del “Batallón de Policía de reserva 101”, una unidad de policía de Hamburgo que fue trasladada a Polonia en junio de 1942. En 16 meses, sus 500 hombres participaron al menos en el fusilamiento de 38.000 judíos y en la deportación a Treblinka de otros 45.000. Eran individuos normales, de edad media, considerados demasiado viejos para el combate, con muy poco adoctrinamiento o entrenamiento, que sufrieron una transformación. En El nazi perfecto, Martin Davidson ha intentado comprender el historial nazi de su abuelo, un dentista vulgar que no dejó de ser vulgar por colaborar en atrocidades. Es la misma banalidad que descubrió con espanto Hannah Arendt en Albert Eichman. Davidson considera que lo que explica las atrocidades nazis es que la compasión desapareció. Más aún: fue sistemáticamente erradicada. Los genocidios muestran la locura asesina de individuos que no eran asesinos. En Ruanda, entre

75.000 y 210 000 hutus participaron en la matanza de 800.000 tutsis

. Helene Dumas ha intentado descubrir cómo pudo ocurrir tal atrocidad, para lo que ha estudiado minuciosamente lo sucedido en Shyorongi, una ciudad de 50.000 habitantes donde convivían pacíficamente hutus y tutsis, pero donde dos terceras partes de los tutsis fueron asesinados por sus propios vecinos. Esto es lo que espantó a Dumas . El historiador Jan Gross estudia un caso similar en Neighbors. Un día de julio de 1941,

la mitad de la población de la pequeña ciudad polaca de Jedwabne mató a la otra mitad

, 1600 hombres, mujeres y niños, por ser judíos. Los metieron en un granero y los prendieron fuego. A la chica más guapa, Gitele Nadolny, le cortaron la cabeza y jugaron con ella en la calle. Las estructuras de la convivencia, construidas durante siglos, lo que he llamado el “capital social” de una comunidad, se desploma trágicamente y emergen pasiones atroces”.

“Al comprobar esos sucesos horribles perpetrados por nuestros civilizados contemporáneos, surge una pregunta inquietante. ¿Somos animales con un precario revestimiento moral?

Los “optimistas históricos” insisten en los progresos conseguidos

. Como se esfuerza en mostrar Steven Pinker en cientos de páginas, nuestros ángeles buenos (empatía, autocontrol, moral y razón) están triunfando sobre nuestros ángeles malos (agresividad, depredación, sadismo, venganza). Pero no explica los interminables episodios de violencia extrema. Otros investigadores han señalado que junto a los procesos civilizatorios hay otros descivilizatorios, que son a mi juicio movimientos regresivos, es decir, que activan esquemas de acción dormidos.

Es imposible no recordar en este punto la opinión que Sigmund Freud expuso en su libro El malestar de la cultura. Las experiencias de la primera guerra mundial, con sus matanzas masivas, impensables hasta aquel momento, con su explosión de fuerzas destructivas, representó para él el final de la ilusión del progreso imparable de la humanidad. Concluyó que, si la represión civilizadora cesa, emergen los impulsos destructivos, el instinto de muerte. “Entonces -escribe- se muestra que los hombres cometen acciones de crueldad, perfidia, traición y barbarie cuya posibilidad se habría considerado antes de cometerse tales actos incompatibles con el correspondiente nivel cultural”. En esa misma línea, un famoso sociólogo, Norbert Elias, que concibió la historia como un continuo progreso cultural, advirtió:

“La civilización no es un estado permanente

, sino un proceso precario que puede revertirse por completo”. Esa es también la opinión de Gehlen, un gran antropólogo: los humanos podemos regresar a la vida instintiva. Para concluir, cambiaré de ciencia. Norman Doidge, un conocido psicólogo, ha planteado descarnadamente la situación: “La civilización -escribe- es un conjunto de técnicas mediante las cuales el cerebro del cazador-recolector aprende a reorganizarse a sí mismo. Y este frágil equilibrio entre funciones cerebrales “altas” y “bajas” se rompe cuando estallan guerras fratricidas en las que salen a la luz los instintos más brutales y primitivos, y el robo, la violencia y el asesinato se convierten en algo cotidiano. Puesto que el cerebro plástico siempre puede hacer que funciones que ha unido se vuelvan a separar, la regresión a la barbarie siempre es posible, y la civilización siempre será algo frágil y vulnerable que debe enseñarse con cada generación, como si de algo nuevo se tratara”.

¿Podemos evitar que esas regresiones se produzcan? Vamos a buscar la respuesta en el estudio de la evolución de las culturas. Seguimos el consejo de François Furet: “Hay que acercarse a la Historia con una pregunta por contestar”. En este caso, la pregunta es

¿cuáles son los procesos psicológicos y sociales que conducen a la deshumanización y tras ella al horror?

“La historia de la atrocidad -y también la de la grandeza- está llena de personas que se creyeron investidas de una misión, a la que fueron capaces de sacrificarlo todo y de sacrificar a todos. Ya en el Evangelio, Jesús advierte a sus discípulos: “Llegará el tiempo en que os perseguirán creyendo hacer así una ofrenda a Dios”. La

insensibilidad

provocada por las “guerras sagradas”, aquellas que se hacen para implantar valores superiores, viene de lejos. Alphonse Dupront ha estudiado el “hombre en estado de cruzado”. La historia de las Cruzadas está llena de matanzas y horrores, pero -indica Dupront- no hay en esos guerreros de Dios el sentimiento de que se esta destruyendo algo. Todo lo que hace depende de un orden superior y marcha hacia él. Para ello necesita superar el orden presente. Cuando los cruzados cayeron sobre Jerusalén asesinaron a 30.000 personas en tres días. “Se veían montañas de cabezas, manos y pies” -escribió el cronista provenzal Raimundo de Aguilera- “La sangre llegaba a las rodillas. De hecho, que aquel lugar estuviera empapado por la sangre de los infieles constituía el justo y esplendido juicio de Dios”.

“No despachemos este asunto con rapidez, extendiendo un certificado de fanatismo y crueldad. Muchos de los que cometieron esos crímenes eran seres espirituales, que creían estar haciendo un obsequio a Dios. Esta capacidad de equivocarse da una profundidad trágica a lo que de otra manera sería solo salvajismo. San Bernardo de Claraval predica la Cruzada, escribe el discurso a los templarios, mitad monjes mitad soldados, explicándoles que matar sarracenos es una ofrenda a Dios, pero ese mismo Bernardo es el exquisito escritor místico, el fundador de la espiritualidad cisterciense, que educa en la dulzura para poder saborear la “sabiduría amada”, el Verbo de Dios. La historia nos indica que la santidad puede volverse cruel”. Y eso es terrible.

El progreso ético de la humanidad se ha basado en fomentar sentimientos compasivos y sociales, establecer normas morales de comportamiento, y crear instituciones protectoras. Todas estas barreras se van desplomando en el descenso a los infiernos. Aparece la perversión de los sentimientos, la insensibilidad,

la falta de compasión

, la crueldad. Hay también una erosión de los sistemas morales. “En las situaciones de violencia extrema -guerras, genocidios, limpiezas étnicas, etc.- hay una desconexión moral, esos sistemas normativos dejan de controlar la conducta. El último freno antes del abismo desaparece. Arendt, Baumann, Kelman sostienen que quedan abolidas las inhibiciones morales que impedían el paso a la atrocidad. Señalan como erosionadores de esas barreras los hechos que ya he mencionado: que la violencia sea ordenada o permitida por las autoridades competentes, que se vuelvan rutinarias, que las víctimas de la violencia sean previamente deshumanizadas y que los perpetradores se hayan deshumanizado también. Hilberg en

The Destruction of the european jews

escribe: “Matar no es tan difícil como solía ser. El aparato administrativo da facilidades para movimientos rápidos y concertados y para asesinatos masivos eficientes. Como produce tantas víctimas, hace falta un alto grado de especialización y con la división del trabajo la carga moral es demasiado segmentada entre los participantes. El perpetrador puede matar a sus víctimas sin tocarlas, sin oírlas, sin verlas”.

Las instituciones son la última barrera de seguridad

inventada por los humanos para detener el deslizamiento hacia la atrocidad. O para poner en marcha y mantener funcionando el ascensor civilizatorio. Parece evidente que solo con instituciones adecuadas se puede evitar los genocidios. Parece evidente que solo con instituciones adecuadas se puede alcanzar la felicidad política”.

“He contado el deslizamiento hasta los infiernos. He descrito los procesos de deshumanización, de pérdida de sentimientos, de desconexión moral, de embrutecimiento, porque quería comprender la maldad extrema. Una y otra vez ha aparecido un sapiens arcaico y salvaje, apenas protegido por las creaciones culturales: los sentimientos prosociales, las normas morales y las instituciones políticas. La ascensión de nuestra especie ha sido una epopeya colosal, pero al estudiar sus colapsos el paisaje se volvía desolador como después de una batalla.” Pero no todo el mundo se dejó arrastrar por el tobogán que conducía al horror. Con ese terrible paisaje al fondo, “es el momento de recordar ,y explicar si se puede, la

innegable presencia de los justos a lo largo de la historia

. Son los que no cedieron, los que actuaron contra corriente, los héroes grandes o pequeños, los que dieron testimonio de dignidad y compasión, los mártires, los que mantuvieron el vuelo de nuestra especie. En el Génesis hay una historia inquietante y conmovedora. Abraham intenta convencer a Jehová para que no destruya la ciudad de Sodoma, para que no mueran justos por pecadores. El Señor le dice que no la destruirá si hay en ella cincuenta justos. Abraham regatea. ¿y si solo hay cuarenta? Tampoco. Abraham no debe tener mucha confianza y sigue negociando ¿Y si solo hay diez? La moraleja de la fábula es que solo los justos pueden salvar la ciudad.

Entre tantos horrores, quiero recordar algunas figuras que justifican al ser humano. Por ejemplo, Janusz Korczak (1878-1942), educador, director durante treinta años de la Casa de Huérfanos de Varsovia, donde atendía a niños judíos, hasta que, en agosto de 1942, los nazis desalojaron a los 200 niños, los metieron en un tren y los mandaron a Treblinka. Korczak no quiso abandonarles cuando todos lo hacían, les acompañó y murió con ellos.

Quiero también recordar dos casos de

valentía colectiva

. El pueblo francés de Le Chambon, de 5.000 habitantes, situado en la zona montañosa de Auvernia, desde 1940 a 1944 salvó a mas de 5.000 personas de la persecución nazi. Alrededor de 3500 eran judíos, pero también ayudaron a algunos republicanos españoles huidos de los campos de concentración. El segundo ejemplo está protagonizado por una nación entera. A finales de agosto de 1943, las fuerzas de ocupación alemanas deciden trasladar a campos de concentración a los 7800 judíos residentes en Dinamarca. Cientos de ciudadanos se movilizan para avisar a todos los judíos para que huyan de sus casas y se escondan. La Universidad cerró en protesta por la amenaza de deportación y los obispos de Dinamarca redactaron una declaración que se leyó en todos los pulpitos de la nación. Con la implicación de miles de personas, 7200 judíos pudieron trasladarse a Suecia. Solo 600 fueron hechos prisioneros”.

Los mecanismos que llevan a la atrocidad están claros, la posibilidad de desactivarlos, también.

¿Tendremos la inteligencia suficiente para evitar caer de nuevo en la inhumanidad?

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