enero 18, 2022

Abdulrazak Gurnah, Nobel de Literatura 2021: «Es una tragedia que no lleguen las vacunas a África»

El escritor reflexiona sobre los grandes temas que mueven su literatura: las migraciones, el sentido de pertenencia y el desarraigo Leer#ExpresionSonoraNoticias Tomado de http://estaticos.elmundo.es/elmundo/rss/cultura...

Literatura

Actualizado Sábado,
1
enero
2022

11:44

El escritor reflexiona sobre los grandes temas que mueven su literatura: las migraciones, el sentido de pertenencia y el desarraigo

El escritor Premio Nobel Abdulrazak Gurnah.
El escritor Premio Nobel Abdulrazak Gurnah.picture allianceMUNDO

«Escribo de migraciones, pertenencia y desarraigo porque tengo esa experiencia, pero también porque es parte de nuestra realidad contemporánea». Abdulrazak Gurnah, un escritor africano afincado en Inglaterra durante muchos años, ganó el Premio Nobel de Literatura el pasado 7 de octubre «por su comprensión inflexible y compasiva de los efectos del colonialismo y el destino de los refugiados en la brecha entre culturas y continentes».

Nacido en Zanzíbar en 1948, entonces protectorado británico, Gurnah abandonó su archipiélago cuando tenía 18 años y se refugió en Inglaterra del clima de violencia que estalló inmediatamente después de la independencia y de la llamada Revolución de Zanzíbar. Una hostilidad dirigida en particular contra las minorías asiáticas y árabes. En Inglaterra, Gurnah completó sus estudios y luego enseñó inglés y literatura poscolonial en la Universidad de Kent, pero también volvió a su historia en 10 novelas y varios cuentos.

¿Cómo fue la mañana del 7 de octubre?
Recibí la noticia de la Academia Sueca a media mañana. Estaba en la cocina, bebiendo una taza de té y pensando «¿qué voy a comer hoy?», cuando el teléfono sonó. No sabía el número y pensé que iban a intentar venderme algo. La persona del otro lado, hablando muy cortésmente, me dijo: «Le han concedido el Nobel». «¿Es una broma? ¿A quién?», le respondí. El interlocutor, siempre muy cortés, me dijo que el anuncio se haría a mediodía. Como eso era casi inmediatamente, me conecté al sitio web de la Academia y llegué en el momento justo en el que estaban diciendo mi nombre. Entonces pensé «¡Debe de ser verdad!». Instantáneamente, el teléfono comenzó a sonar. Estaba solo en la casa. La primera persona a la que llamé fue a mi esposa. ¡Estaba en el parque con nuestro sobrino y tampoco me creyó!
¿Está cambiando su vida?
Desde ese momento muchos quisieron felicitarme, muchos periodistas me buscaban. Y muchas editoriales quieren traducir y publicar mis libros. Es un período bastante exigente pero es maravilloso.
¿Se reconoce en los motivos del fallo del Nobel?
Sí, estoy feliz porque, aunque son unas pocas líneas y no pueden describir el trabajo de una vida, hablan de una «comprensión rigurosa y compasiva de los efectos del colonialismo y el destino de los refugiados» y eso me complace mucho.
¿Por qué se fue de Zanzíbar con 18 años?
En ese momento, el Gobierno fue muy violento contra cualquiera que no estuviera en su línea. Sobre todo, contra las antiguas élites de gobernantes de Omán. Muchos de los que abandonaron Zanzíbar en ese momento se iban por su ascendencia o por su lealtad política, para no ser encarcelados o asesinados. Muchos se fueron porque no soportaban el estado de terror en el que vivían. En ese momento no me habría llamado refugiado, no en el sentido que tenía esa palabra entonces, que refugiado era alguien que huía porque estaba amenazado por la guerra y el hambre. Hoy, el término se usa de manera más amplia. En ese momento tenía quizás un valor más noble que las razones por las que me fui. Mi decisión, en el fondo, se debió a que no podría continuar estudiando allí. Tenía 18 años, tenía curiosidad, quería realizarme y en Zanzíbar, en ese momento, era imposible. Me dije: «Esto no es lo que quiero, me voy». Y eso es lo que hice.
¿Cuánto ha influido la experiencia personal en su literatura?
Cuando haces algo así, no piensas en las consecuencias. De lo que no te das cuenta en ese momento es de lo que dejas atrás. Hay algo trágico, algo que sólo entiendes cuando llegas y empiezas a pensar en las personas que quizás no vuelvas a ver. Te asalta una nostalgia profunda. Por lo general, pasa mucho tiempo antes de que las cosas empiecen a ir bien, antes de que puedas decir que valió la pena. Entras en un proceso doloroso. ¿Mi experiencia? Le respondo con una idea: ya no es solo mi experiencia. Es algo sobre lo que puedo escribir con cierta conciencia porque lo he pasado, pero también trato de escuchar lo que dicen otras personas, sus historias, lo que sienten. Por eso escribo sobre ciertos temas: porque tengo experiencia de ellos, pero también porque están frente a nosotros todos los días, están sucediendo, son nuestra realidad.
¿Se siente ya un «afroeuropeo», como dice Léonora Miano?
Me siento a la vez: africano y europeo. He vivido y trabajado en Inglaterra durante tantos años que es mi hogar, pero Zanzíbar también es mi sitio. No usaría «afroeuropeo» porque sugiere una identidad que ya es una síntesis de otra cosa. Soy africano, soy europeo y podría ser otra cosa. Por ejemplo, si termino viviendo en el Caribe, de donde viene mi esposa, podría pasar que yo también me sintiese caribeño. No quiero simplificar la complejidad.
Sus protagonistas se enfrentan, a menudo, al racismo sistémico. ¿Usted también lo vivió?
Hay racismo en Europa, en Estados Unidos, en todas partes. Obviamente, fue peor en el pasado, hubo esclavitud, cuando las personas podían ser propiedad. Pero hoy, hablando del Reino Unido, que es la realidad que mejor conozco, vivimos a espasmos: hay periodos en los que las cosas parecen calmarse. Entonces pasa algo y entonces reaparece el pánico y la ansiedad. La prensa enloquece. Lo que me preocupa es que el Estado parece incapaz de responder con humanidad.
¿Cómo lo explica?
Parecen tener miedo del votante, o al menos de ese votante que grita y se enfurece. Y los medios de comunicación hacen su parte, fomentando una histeria periódica que se dirige, según toque, a afganos, pakistaníes, gitanos… Por otro lado, en la sociedad, en una escala más amplia, hay más comprensión: personas de diferentes orígenes crecen juntas, los niños van a las mismas escuelas, ven juntos el fútbol y admiran a muchos jugadores negros… Digamos que estamos siempre dando dos pasos adelante y uno atrás.
¿Cómo evalúa la gestión europea de la migración?
Creo que hay espacio para tratar a quienes se encuentran en dificultades de manera más humana que la que han aplicado los gobiernos europeos más intransigentes. No es que no sepan lo que es ser un refugiado. No es que no sean lo suficientemente ricos para ayudar. No es que la gente que busca refugio llegue con las manos vacías. Es su decisión.
¿Es importante la memoria del colonialismo en nuestro presente?
Es esencial y creo que la ficción puede ayudar. Hay muchos estudiosos que trabajan en la historia colonial, pero la imaginación popular no va por allí. La gente común no lee investigación histórica. Es normal, ¿por qué habría de hacerlo? Un novelista salva esa brecha porque la ficción humaniza los hechos. No los endulza, los hace comprensibles, reales.
La ficción es útil, pero la realidad es dura.
No es raro que alguien no quiera mirar la parte sórdida de su historia. Nadie quiere, pero la realidad te obliga a hacerlo en algún momento. Realidades como la crisis de refugiados en Europa. Movimientos como Black Lives Matter y #MeToo han obligado a mucha gente a cuestionarse a sí mismos. Creo que hoy en día hay una conciencia mayor. Y que esto condiciona, sobre todo, a los jóvenes.
En sus libros las culpas coloniales son claras. Pero representa un mundo complejo, sin buenos y malos. Hay blancos que viven en la miseria.
Por desgracia, la miseria está en todas partes. En Zanzíbar teníamos una comprensión limitada de lo que significaba ser británico: sólo conocíamos a los funcionarios y leíamos lo que nos daban de leer. En un contexto de colonialismo solo ves lo que los colonizadores quieren que veas, la ilusión que quieren proyectar. Ignorábamos las diferencias de clase, la desigualdad y la pobreza que también existen en el Reino Unido.
Su idioma original es el suajili. El literario es el inglés, a veces entretejido con palabras de suajili y árabe. ¿Cómo llegó a este resultado?
Hasta los 13 años, en Zanzíbar, la educación era en suajili. El inglés se daba en la hora de lengua extranjera. Los profesores de secundaria ya eran británicos y daban las lecciones en inglés, pese a que los alumnos no lo hablábamos con fluidez. Sin embargo, pronto descubrí que tenía éxito escribiendo en inglés. Cuando fui a Inglaterra, no lo hice para estudiar literatura. Si vienes de países como el mío, crees que tienes que hacer una ingeniería. Pero, al llegar, al acceder a los libros, entendí que esa era mi pasión. Al leer en inglés, fue natural escribir en inglés, porque escribir es tener una conversación con los autores que lees. Si hubiera tenido la misma oportunidad con el francés, quién sabe, tal vez habría escrito en ese idioma. Pero los británicos llegaron antes y me colonizaron.
Ngugi wa Thiong’o decidió no escribir en el idioma de los colonizadores.
Está bien, pero no todo el mundo tiene que hacerlo. Tarde o temprano sucederá, puede que sea un cambio generacional inminente, parte del proceso histórico por los que hemos pasado todos los pueblos colonizados. Puede que pronto se considere una locura escribir en inglés si ya tienes tu idioma. Así que está bien que Ngugi siga adelante, pero no quisiera que nadie más dijera: «No puedes escribir en otros idiomas que no sean tu lengua materna». Hay quienes han usado otros idiomas y han florecido.
En sus libros hay también orientalismos, evocaciones de Las mil y una noches, influencias indias y persas…
Todos estos son elementos que vienen del lugar donde nací a la orilla del Océano Índico. Allí, como cuenta la historia de En la orilla, la gente ha ido y venido durante siglos, y ha llevado en su tránsito historias y conocimientos. Sabíamos más de lugares como Calcuta y Kuala Lumpur que de París o Roma. Había una especie de cosmopolitismo completamente independiente del occidental.
Anders Olsson, director del Comité Nobel, relacionó su novela Paraíso (1994) con El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. ¿Cómo le suena?
Soy un lector de Conrad, lo enseñé en la universidad. Y soy consciente de que algunos temas sobre los que escribió se pueden superponer al mío. La metáfora del «corazón de las tinieblas» que usó para el título no es un invento suyo. Era una imagen que utilizaba Europa para representar a África, para decir que, cuanto más se adentraba alguien en el centro del continente, más salvaje se volvía la realidad. Esta idea, que creo que todavía está presente en algún tipo de pensamiento europeo, la utilizó Conrad remontando el río Congo hacia el corazón del continente, donde ocurren las escenas más tremendas de su libro. En Paraíso imagino ese mismo viaje y descubro que no es el corazón de las tinieblas sino un lugar donde la gente va y viene, comercia y vive.
Conrad denunció el imperialismo europeo en África, su abismo, pero su vida no está libre del pecado del racismo.
Conrad fue racista, ¿pero quién no lo fue en ese momento? Incluso los autores más humanos, incluso Charles Dickens, hablaron desde un punto de vista racista. Lo que no se recuerda a menudo sobre Conrad es que, cuando era joven, vivía en una parte de Polonia ocupada por los rusos. Su padre murió en Siberia por conspirar contra Moscú. O sea que Conrad también sabía lo que era el imperialismo.
La voz de África cada vez llega con más nitidez pero las vacunas no llegan.
Es una tragedia porque los informes dicen que las vacunas existen. Lo que no existe es la capacidad de pagarlas en los países pobres. Los fabricantes de vacunas y sus gobiernos deben mostrar más humanidad. Al final, será ventajoso para todos ser generosos.
¿Qué futuro ve?
Mientras tengamos países con un poder tan desigual respecto al resto de naciones, ¿cómo van a dejar de interferir? Si les interesa, harán todo lo que han hecho hasta ahora. En cuanto a África, algunas cosas están progresando, muchas otras no. Aún queda mucho por hacer, es difícil ser optimista, pero vamos en camino.

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